"Él fue mi primer amor y yo el suyo, estuvimos juntos en nuestros peores y mejores momentos, sin embargo ahora me estaba cambiando por alguien más joven."
Karla nunca estuvo preparada para descubrir la infidelidad del hombre que consideraba el amor de su vida, y mucho menos para ser echada a la calle tras una vida entera de entrega. Por si fuera poco, el desprecio de sus propios hijos —al no encajar en su ideal de madre— termina de destrozar su mundo. Con el corazón roto y la vida en ruinas, Karla se encuentra en un punto de no retorno: dejar que el dolor la consuma o reunir las fuerzas para sanar y reconstruirse desde cero.
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Quiero cuidarte y protegerte
Al escuchar la voz de Armando, no pude evitar pensar que había venido directamente al taller después de leer mi mensaje.
Puse algo de distancia entre Johan y yo, y me giré para enfrentarme a mi exmarido. Parecía más que furioso: su rostro estaba completamente rojo, sus ojos despedían veneno y sus puños se apretaban a los costados como si en cualquier momento fuera a lanzarse a golpear a Johan.
Levanté una ceja ante su actitud. Después de todo, su indignación me resultaba risible.
¿Por qué estaba tan enojado cuando él había hecho exactamente lo mismo? Claro, según su lógica, si lo hacía él estaba bien, pero si lo hacía yo era un pecado.
— ¿Qué haces aquí? —le pregunté, aunque sabía de sobra la respuesta.
— Vine por los niños. No puedes llevártelos así como así —escupió con rabia—. Ellos no quieren estar contigo; no quieren estar con una cualquiera como tú, que se anda besuqueando con cualquier bastardo. ¿Ese es el ejemplo que le vas a dar a Karina?
— Más respeto, señor. Cuide sus palabras, usted es el menos indicado para... —intervino Johan, dando un paso al frente.
Le hice una leve seña con la mano a Johan para que guardara silencio. Luego, me crucé de brazos sobre el pecho mientras encaraba a Armando.
— No seas ridículo. No me los llevé a la fuerza ni por medio de manipulaciones, como lo hiciste tú al llenarles la cabeza de basura. Ellos mismos me rogaron que me los llevara. No querían regresar contigo ni con esa mujer. No querían seguir siendo maltratados.
Armando me lanzó dagas con la mirada. Parecía que haberle dicho que los niños ya no querían estar a su lado había tocado su fibra más sensible y enferma.
— ¿De qué maltrato hablas, estúpida? De seguro todo es una invención tuya. Si en la casa ellos estaban perfectamente bien. Devuélveme a mis hijos ahora mismo si no quieres pudrirte en la cárcel por secuestro.
— ¿Dices que contigo estaban bien? Entonces dime, ¿por qué Karina se veía tan triste? ¿Por qué me diría que esa mujer le jalaba el cabello? Su cuero cabelludo todavía está rojo y tiene marcas de uñas en la piel. ¿A eso le llamas estar bien? Y no hablemos de Kian: el maltrato psicológico al que lo has sometido no tiene perdón de Dios. Denúnciame si quieres, Armando; ya no me voy a dejar amedrentar por ti. Es más, seré yo la que te pondrá una denuncia a primera hora por todo el daño que nos has causado.
— ¡Eres una mentirosa! ¡Tus palabras están llenas de mentiras! ¡Perra! —bramó él, fuera de sí—. ¿A quién vas a denunciar? ¿Sabes siquiera quién soy? Una poca cosa como tú no puede hacer nada. ¡Nada!
Armando no se tomó nada bien mis reclamos. Se acercó rápidamente a mí y alzó la mano con la clara intención de darme una bofetada. Todo pasó tan rápido que no habría sabido cómo esquivarlo, pero Johan, que estaba a mi lado, intervino en un parpadeo atrapando la muñeca de Armando en el aire con una fuerza descomunal. De no ser por él, estaba segura de que ahora estaría tirada en el suelo.
— El poca cosa es otro —enunció Johan con una seriedad glacial.
La dulce sonrisa que había adornado su rostro momentos atrás había desaparecido por completo, dejando un ceño fruncido y una mirada infinitamente fría. La forma en que podía transformarse en dos personas totalmente diferentes solo cambiando su expresión me dejó atónita. Cómo en un instante podía parecer el hombre más dulce del mundo y al siguiente el líder peligroso de una banda criminal era algo digno de admirar.
— Tú… tú… no te metas —tartamudeó Armando, perdiendo por completo su aura intimidante. Después de todo, Johan no solo imponía por su elegancia, sino porque era considerablemente más alto y robusto que él.
— ¿Y qué quiere? ¿Que me quede de brazos cruzados viendo cómo maltrata a una mujer? ¿A la madre de sus hijos? —cuestionó Johan, soltándole la muñeca con un empujón despectivo—. ¿Acaso cree que soy un animal? Yo también soy hijo de una mujer. En vez de estar aquí perdiendo el tiempo con reclamos absurdos, debería buscar un buen abogado. Ya sea que los niños se queden con usted o con Karla, eso lo decidirá un juez. Usted no puede simplemente venir a imponer su voluntad; por algo existen las leyes.
— ¡Maldito infeliz! No te metas donde no te llaman. Solo porque ella te está abriendo las piernas te comportas como un gallito —escupió Armando, sobándose la muñeca—. Claro que voy a conseguir un abogado, y es ella la que debería estar aterrorizada. Mujerzuela, vete preparando para rogar por mi perdón. Quizás, si me gusta tu disculpa, considere no mandarte a la cárcel.
Tras decir aquello, se alejó a pasos apresurados. Sabía muy bien que me esperaban muchas batallas por librar, pero me sentía lista para enfrentar lo que viniera. Ya no iba a callar ni a soportar nada en silencio.
— Gracias —le dije a Johan, sintiendo un ardor de vergüenza en las mejillas por todo lo ocurrido y por las bajezas que había tenido que escuchar de boca de Armando.
— No tienes nada que agradecer, Karla —respondió suavemente—. Te lo dije, quiero cuidarte y protegerte. No solo a ti, también a tus niños. Sabes que ese hombre no se quedará tranquilo tan fácilmente, ¿verdad?
— Lo sé —asentí con firmeza—. Y estoy dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.
— Me alegra. Cuentas con todo mi apoyo. Mañana me gustaría acompañarte a la fiscalía, si no es un inconveniente para ti.
— Está bien. Aunque no quiero incomodarte.
No sabía por qué estaba siendo tan formal; bueno, sí lo sabía. La timidez por el beso que nos habíamos dado y la tensión del momento me hacían actuar como una adolescente en lugar de una mujer de casi treinta años.
— ¿Quién dice que me incomodas? En todo caso, la incómoda debes ser tú —sonrió él con ternura—. Ya sabes, puedo ser un poco agobiante cuando alguien me gusta. Así que avísame si necesitas espacio o si he cruzado alguna línea. No quiero que nuestra relación se vuelva extraña por algo que yo haga. Y si me lo permites, será mejor que te lleve a casa de Regina.
Alcé las cejas ante su elección de palabras.
— ¿"Relación"? ¿Y qué tipo de relación se supone que tenemos? —le pregunté mientras me subía a su auto llena de sonrisas—. Vivo cerca, pero aprecio el gesto.
— Una relación en la que yo trato de enamorarte y tú me dejas hacerlo—sentenció, dejando escapar una risa contagiosa.
Mi corazón sufrió un pequeño microinfarto ante la letalidad de la risa de Johan. No me podía seguir engañando; no podía negar que Johan me estaba empezando a gustar, y mucho.
Quizás esto es a lo que llaman inevitabilidad.
¿Cómo no sentirme atraída por alguien que emanaba un aura tan protectora y amable? ¿Cómo no caer rendida ante alguien que me trataba con un respeto y un aprecio que jamás había conocido? ¿Cómo no querer abrirle la puerta a este pedazo de sol que había aparecido en mi vida justo cuando todo era tormenta?
Karla cada vez que ve a Johan, también aplica para Johan cada vez que ve a Karla:
Armando y Cristel que quieren ahora 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓
Ahora llegará acompañada de Johan y Armando se agarrará de allí veremos qué pasará en la fiscalía.
Karla lo mejor que te ha pasado es haber salido de ese parásito bueno para nada tienes ahora a tus hijos, a Johan que te está conquistando y de paso te ganas la lotería mejor imposible.
Karla se acaba de ganar la lotería ya tiene el dinero para montar su propio taller, comprar una casa y darle una buena vida a sus hijos.