Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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¿Y ahora qué me queda?
Te intentaste suicidar once días después de la fecha de fallecimiento de Santiago.
Once días, Mateo. Como las once cajas que me habían quedado de Santy después de perderlo.
Y vos lo sabías. Vos y muy pocas personas lo sabían.
Yo no podía creer que lo hubieras intentado, y mucho menos en esa fecha.
Si bien había prometido, hacía mucho tiempo, no volver a verte, ya no podía seguir cumpliendo esa promesa. Esa tarde de invierno se sintió más fría que todas las anteriores. No sabía cómo reaccionar: me temblaba todo el cuerpo, el corazón me latía con fuerza, respiraba entrecortado. Las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. No podía creerlo. No quería creerlo.
Empecé a llamar a todos nuestros conocidos. Nadie sabía nada. Y los que posiblemente sabían no querían involucrarse. Llamé a tu familia como último recurso y, como era de esperarse, nadie me contestó. Fui hasta la casa de tus padres, pero me amenazaron con llamar a la policía. Ni siquiera me abrieron la puerta.
Tardé unas horas en saber el nombre del psiquiátrico al que te habían derivado, donde estabas internado. Conseguí el teléfono, me hice pasar por un familiar directo tuyo y pregunté por los horarios de visita. Me dijeron que durante las primeras setenta y dos horas no podías recibir visitas y que me presentara después de ese período.
Fueron días muy difíciles. No podía dejar de pensar en vos: en cómo estabas, en qué te había pasado, en si estabas bien. En el porqué de todo eso. En qué te había llevado hasta ahí.
Estuviste cerca de tres meses internado en el psiquiátrico, por haber atentado contra tu vida, por tu estado deplorable y por la pérdida notable en tu capacidad de comunicación. Te la pasabas tirado, mirando por una gran ventana que daba a una pared de ladrillos, la que separaba al psiquiátrico del patio del vecino. A veces desviabas la mirada hacia el techo blanco, marcado por la humedad del cuarto donde estabas hacía semanas.
Nunca contestabas cuando te hablaban. Solo mirabas. Pasaban médicos, enfermeros y otros pacientes por tu habitación, pero vos ya no querías hablar con nadie. Incluyéndome a mí.
Nunca te levantaste para el horario de visita. Igual, yo iba todos los días a verte. Te gustaba pasar horas en la cama, mirando por la ventana: a veces el cielo estaba nublado, otras gris, otras estrellado, y otras simplemente celeste, inmenso y soleado. Mirabas con esos ojitos que me enamoraron, los mismos que ya no brillaban. Estabas ausente, como fuera de tu cuerpo.
Todos los días que fui a verte te abrazaba con fuerza, aunque vos permanecías indiferente. Charlaba horas con vos. Te contaba de mi vida antes de conocerte, de mi adolescencia, de mi infancia, de mi familia. Todo lo que no pude contarte antes, te lo conté en esas semanas. Pero nunca me respondías.
A veces me acostaba junto a vos y te tomaba de la mano. Jugaba con tus dedos. Sentía tus largas y delgadas piernas junto a las mías; siempre fuiste mucho más flaco que yo. Y a veces, sin darte cuenta, cruzabas tus piernas sobre las mías.
Había días en que ocupabas toda la cama y yo terminaba sentado en el piso, de espaldas a vos. Y, de pronto, sentía tu mano en mi cabeza, jugando con mi pelo. Ese pequeño gesto me alegraba las tardes. Me hacías tan feliz con tan poco.
Solía pasar por el kiosco a comprarte las golosinas que siempre llevabas en el morral que usabas todos los días, o que guardabas en el cajón de la mesa de luz de nuestra habitación. Junté todos los libros que habías dejado sin terminar y los llevé a tu cuarto del psiquiátrico. Sabía que no los leías, así que los días en que no tenía nada para contarte, me sentaba a leerte.
Mi mejor momento del día era cuando llegaba la hora de ir a visitarte. Había días en que me quedaba más tiempo; uno de los enfermeros me dejaba quedarme con vos en la habitación. Y al momento de irme me costaba dejarte. Todos los días llegaba con la esperanza de que volvieras a ser vos. Que me hablaras. Que me miraras.
Y un día de primavera, sin esperarlo, después de que llegué, mientras te abrazaba, me susurraste al oído:
—Gracias.
Ese día, con los ojos llenos de lágrimas, supe que todo volvía a empezar.
Fueron semanas de terapia, para vos y para mí. Semanas complicadas, pero poco a poco todo fue mejorando. De repente estabas más presente. Y tu sonrisa empezó a volver, día a día.
Nunca pregunté durante esos meses por tu familia ni por tu novia. Solo sabía que yo había sido tu única visita todo ese tiempo. El día que te dieron el alta se comunicaron primero con ellos. Esperé dos horas en la sala de espera, pero nadie llegó a buscarte. Entonces hablé con los médicos, les expliqué que habíamos tenido una relación de años y que yo me iba a hacer cargo de vos. Firmé el alta, tomé tu bolso y te llevé a mi casa.
El primer día en casa estabas atento a todo. Observabas cada rincón como si nunca hubieras estado ahí. Todo olía rico y estaba muy ordenado, como aquella vez que perdí a Santiago y mis amigos me habían dado una mano enorme. Esta vez había sido igual. Sabían que pasaba mis días entre el trabajo y la clínica, y que tenía poco tiempo para el resto, así que venían casi a diario a ayudarme con la limpieza y las compras.
Me senté frente a vos y te pregunté qué querías hacer. Me dijiste que querías tomar una cerveza, que hacía mucho tiempo no tomabas una. Como ya no tomabas medicación, acepté. Y, como aquella noche de las velas azules, mandé a pedir hamburguesas completas, papas fritas y un volcán de chocolate de postre.
Busqué por toda la cocina las horribles velas azules, que sabía que estaban guardadas en algún lado. Al fin las encontré y, mientras vos te cambiabas en la habitación, yo preparaba la mesa.
Cuando saliste, no aguantaste la risa al ver que las velas azules horribles estaban otra vez prendidas, después de tantos años guardadas. Reímos como dos tontos.
Yo más que vos, porque había esperado demasiado tiempo para volver a escuchar tus carcajadas. Tu risa.