Un matrimonio que ninguno eligió. Un hombre que no la ama. Y un secreto que cambiará sus vidas para siempre.
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CAPÍTULO 20 — Para la próxima, te llevo de almohada
La puerta de la mansión se abrió cerca de la medianoche. Aitana entró con el bolso sobre el hombro y los zapatos en una mano.
Su cabello estaba completamente mojado y algunas gotas todavía caían sobre su ropa.
Se veía tranquila, incluso de buen humor, como si no tuviera ninguna preocupación en la cabeza. Había pasado una noche agradable y no tenía intención de explicar cada detalle de su salida. Lo único que quería era subir a su habitación, descansar y olvidarse por unas horas de todo lo que había ocurrido durante las últimas semanas.
Sin embargo, Gael estaba en el salón y claramente no parecía estar pensando en dormir. Había intentado mantenerse ocupado, pero desde hacía rato miraba el reloj sin querer admitir que estaba esperando que Aitana regresara. Cuando escuchó la puerta, levantó la mirada inmediatamente y se quedó observándola.
Lo primero que llamó su atención fue su cabello mojado; después miró a Alessandro, que acababa de entrar detrás de ella. Una molestia inexplicable volvió a aparecer en su rostro. —¿Otra vez llegas con él? —preguntó finalmente, intentando aparentar indiferencia.
Aitana dejó sus zapatos junto a la entrada y lo miró con calma. —Buenas noches para ti también, Gael. Él ignoró su comentario y volvió a mirar su cabello. —¿Dónde estaban? —preguntó. Aitana sonrió ligeramente, porque sabía perfectamente que aquella pregunta escondía mucho más de lo que él quería reconocer. —Salimos. Conversamos, nos divertimos y después regresamos. No veo cuál es el problema.
Gael se levantó del sofá y caminó unos pasos hacia ella. —Soy tu esposo. Aitana sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder. —Y tú mismo me enseñaste que eso no significa que tengas derecho a decidir sobre mi vida. Gael guardó silencio. La respuesta le molestó porque no encontraba una forma de contradecirla. Él había sido quien había repetido una y otra vez que aquel matrimonio no significaba nada para él, pero ahora parecía incomodarle que Aitana actuara exactamente como si aquellas palabras fueran ciertas.
Alessandro observó la discusión desde un lado y decidió no intervenir. Sabía que Alonso había conseguido exactamente lo que buscaba: Gael estaba reaccionando. Sin embargo, Alessandro también sabía que no debía llevar el juego demasiado lejos. Aitana era su amiga y todo aquello tenía que mantenerse bajo control. —Creo que será mejor que me vaya —dijo finalmente. Aitana asintió y lo acompañó hasta la puerta. —Gracias por la noche. Alessandro sonrió. —Nos vemos pronto.
Cuando la puerta se cerró, Aitana regresó al salón. Gael seguía allí, mirándola con una expresión difícil de descifrar. Después de unos segundos señaló su cabello. —¿Por qué tienes el pelo mojado? Aitana se encogió de hombros. —Porque me mojé. —Eso ya lo sé —respondió él, un poco frustrado—. Te pregunté por qué. Ella soltó una pequeña risa. —Entonces tendrás que acostumbrarte a no saberlo todo.
Gael apretó la mandíbula. No entendía por qué aquella actitud le molestaba tanto.
Antes Aitana intentaba explicarle cada cosa que hacía, buscaba su aprobación y se preocupaba por lo que él pudiera pensar.
Ahora simplemente hacía lo que quería y seguía con su vida. Lo peor era que parecía estar perfectamente bien sin necesitarlo.
Aitana tomó su bolso y comenzó a subir las escaleras. Cuando ya estaba a punto de desaparecer, se detuvo y miró hacia atrás.
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—Ah, Gael. Él levantó la mirada. —¿Qué? Aitana se encogió de hombros y dijo con total naturalidad: —Para la otra, te llevo de almohada.
Gael se quedó completamente quieto.
Aitana no explicó nada más. Simplemente continuó subiendo las escaleras mientras él permanecía abajo intentando entender por qué aquella frase había conseguido molestarlo tanto. Se pasó una mano por el cabello y negó con la cabeza, tratando de convencerse de que no le importaba.
—Me da igual —murmuró para sí mismo.
Pero aquella noche, cuando finalmente se fue a su habitación, no pudo evitar pensar en Aitana, en su sonrisa, en su cabello mojado y en la tranquilidad con la que había entrado a aquella casa después de pasar la noche fuera. Gael seguía creyendo que la odiaba.
Todavía no estaba enamorado de ella. Pero cada día le resultaba más difícil fingir que su presencia le era indiferente.