Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 15
Capítulo 15
Me mudé ese lunes con una maleta.
En casa había dicho que, por el nuevo puesto, me convenía quedarme más cerca del trabajo. Mi madre preguntó con quién iba a vivir. Le di una explicación incompleta y le prometí volver el fin de semana. Lo peor fue que me ayudara a doblar una blusa para que no se arrugara en el camino.
Al llegar a Villa Serena, Damián llevó la maleta a la recámara principal. Yo había dado por hecho que dormiría en un cuarto de visitas. Lo dejé acomodarla junto al vestidor y me metí a bañar sin plantear la pregunta.
Bajo el agua recordé otro cuarto, un verano de seis años atrás, cuando los dos teníamos dieciocho. Mi vestido de manta se cerraba con un listón y a él le costó deshacer el nudo. Antes de seguir me preguntó si estaba segura. Después me recogió el pelo con el mismo listón, jugando, y me dijo al oído que si me lo soltaba iba a volverlo loco.
Cerré la llave.
No me inquietaba solamente acostarme con Damián otra vez. Me inquietaba querer que se pareciera a aquella tarde, descubrir que una parte de mí había seguido esperándolo sin consultarme.
Salí con el camisón puesto y una toalla sobre los hombros. Él estaba junto a la puerta, sin camisa. Me acercó por la cintura y apoyó la cara en mi cuello. Yo sujeté la toalla para que no cayera; al sentir su boca, olvidé por un momento que estaba mojándole el pecho con el pelo.
—Todavía trae ropa —murmuró.
—Es un camisón. Sirve para dormir.
—Qué idea tan triste.
Me hizo reír y luego me dio vergüenza que fuera tan fácil. Intenté apartarme para dejar la toalla.
—Suélteme, señor Carvajal.
Aflojó los brazos, pero siguió frente a mí.
—Puede decirme Damián. Estamos casados.
—Ya le digo Damián cuando hace falta.
—Muy poco.
La sonrisa le duró hasta que me vio mirar hacia la cama. Se apartó del paso y señaló el pasillo.
—Hay otro cuarto enfrente. Si quiere dormir ahí, no voy a buscarla.
Me quedé quieta. Él tampoco parecía cómodo después de decirlo; trató de recuperar el tono burlón.
—Le doy tres segundos para decidir.
Salí al pasillo con la toalla aún en las manos. Damián se quedó en el umbral.
—No necesito que me cuente —le dije.
Asintió, muy breve, y cerró la puerta.
Oí el clic de la manija. El otro cuarto estaba a unos pasos. Podía entrar, secarme el pelo y dormir sin darle explicaciones a nadie. Habíamos firmado un acuerdo para convivir, no para que él decidiera por mi cuerpo.
Pero yo quería volver a la recámara. No al recuerdo del verano, por mucho que me empeñara en compararlos: a ese hombre que había cerrado la puerta y estaba esperando mi decisión del otro lado.
Toqué.
Abrió enseguida. Dejé la toalla sobre una silla y lo besé antes de que pudiera hacer otro comentario. Me sostuvo por la cintura y fue conmigo hacia la cama.
Al recostarme reconocí la forma en que me apartaba el pelo del cuello. Algunas cosas seguían siendo familiares; otras me ponían nerviosa, como la atención con que se detenía a mirarme entre un beso y otro. Yo llevaba años acostumbrándome a no ser vista por él y ahora no sabía dejar de pensar en cómo me vería.
Batalló con el broche del camisón.
—Déjeme ayudarle —susurré, tratando de no reírme.
—Espere. Este sí lo sé abrir.
No pudo a la primera. Soltó un «carajo» bajito y apoyó la frente en mi hombro. Terminé riéndome de verdad; él alzó la cara, ofendido por juego, y volvió a intentarlo.
—Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto yo.
Dejé de reír. Él encontró el broche en ese momento y no me miró. Quise preguntarle cuánto tiempo. Me dio miedo arruinar lo que estaba ocurriendo con una pregunta que podía contestar mal.
Deslizó los tirantes por mis hombros. En la puerta del vestidor había un espejo y alcancé a verme junto a él, bajo una luz demasiado clara.
—Apáguela —pedí.
—Quiero verla.
—Damián.
Al oír su nombre levantó los ojos hacia mí. La burla desapareció de su cara. Apagó la lámpara más cercana y quedó encendida la del otro lado de la cama, suficiente para seguir viéndonos sin que yo sintiera encima toda la habitación.
—¿Así?
Asentí y volví a buscarlo.
Nos reconocimos despacio. Yo seguía esperando que en algún momento se impusieran los seis años, que algo resultara ajeno; en cambio, hubo una torpeza al movernos que nos hizo sonreír y después la calma de poder decirle dónde, de pedirle que esperara, de sentir que me escuchaba.
Cuando se inclinó hacia el buró, me besó antes de separarse.
—Espérame tantito.
Buscó la protección sin dramatizarlo, volvió a mi lado y me acarició la cara. Aquel cuidado sencillo me permitió dejar de estar pendiente de cada cosa que hacía yo. Por un rato no tuve que convencerme de que había tomado una buena decisión.
Más tarde, mientras todavía estaba cerca de mí, me tomó la mano izquierda. Sentí algo frío en el anular.
Abrí los ojos.
Era un aro liso de platino. Lo giró apenas para acomodarlo y se puso otro igual. Luego juntó nuestras manos sobre la sábana.
Había dicho que lo compraría al día siguiente. Lo miré sin saber desde cuándo lo tenía preparado. La pregunta que me salió fue otra.
—¿Es parte del trato? Para que la gente lo crea.
Damián pasó un dedo sobre mi anillo.
—Sí. Para eso.
Quería que lo negara. No podía reprocharle que aceptara la explicación que yo misma le acababa de ofrecer. Dejé mi mano junto a la suya y él no la soltó hasta que volví a acercarme.
Después apoyé la cabeza en su hombro. Lo oí decir «Rena» contra mi pelo, sin pedirme nada. Me quedé ahí, todavía despierta, escuchando cómo su respiración se hacía más lenta.
Nos levantamos para bañarnos antes de dormir. El agua estaba tibia y me apoyé en su pecho mientras él me apartaba el pelo de la cara. Hablamos poco. No necesitaba llenar ese rato de palabras para que durara.
Al salir, Damián quiso cambiar las sábanas y colocó la primera al revés. Se dio cuenta demasiado tarde, cuando ya había metido dos esquinas.
—Deje, yo le ayudo.
—Puedo.
Tiró del lado equivocado y soltó la esquina que acababa de ajustar. Me senté en la orilla para no estorbarle. Me gustaba verlo insistir en algo que no sabía hacer; también me dolía pensar en cuánto había extrañado una escena así de tonta.
—Antes me las arreglaba —dijo, al notar que sonreía.
Antes. En aquel cuarto caluroso, con la cama pequeña y la sábana que se salía de una esquina. Entonces yo no entendía hasta qué punto él estaba viviendo de una manera distinta de la que conocía.
Me levanté y tomé el otro extremo.
—Pues arrégleselas de ese lado. Yo hago este.
La tendimos entre los dos. Damián me abrazó por detrás cuando terminé de alisarla y me quedé un momento apoyada en él antes de acostarnos.
Me despertó una vibración en el buró.
Busqué el teléfono a tientas. Fernanda Bravo.
Rechacé la llamada. Damián dormía con una mano sobre la almohada; el anillo seguía allí. Me dispuse a dejar el teléfono boca abajo, pero la pantalla volvió a encenderse.
Esta vez era un mensaje. Me incorporé para leerlo sin despertarlo.