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PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Completas
Popularitas:644
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Conozco su juego

Los días siguientes transcurrieron con una calma que Cal valoraba más que cualquier lujo. Sin quejas, sin exigencias, sin esa sensación constante de estar caminando sobre cáscaras de huevo. Sabía, sin embargo, que esa paz no duraría para siempre. Conocía demasiado bien a Ruth y a Rose. Sabía que el orgullo herido tarde o temprano cedería paso a la necesidad. Y no se equivocó.

Esa mañana, los golpes en su puerta llegaron firmes y autoritarios. Antes de que pudiera invitarlas a pasar, entraron. Ruth caminó con la cabeza erguida, como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí, mientras Rose se mantenía a su lado, con esa expresión de ofendida resignación que ya conocía de sobra.

—Esto es inaceptable —dijo Ruth, sin perder tiempo en saludos—. Nos han mirado con desdén. Nos han negado lo que siempre tuvimos. Cal, no puedes cortarnos así como así. Tenemos una posición que mantener. Esto es mezquino. Reanuda los pagos hoy mismo. No es una petición. Es lo justo después de todo lo que hemos compartido.

Cal no se alteró. Se apoyó en el borde de su escritorio, con las manos en los bolsillos, y las miró con serenidad.

—¿Justo? —repitió en voz baja—. Lo justo sería cumplir lo acordado. Lo justo sería que cada quien pagara sus propias deudas. Pero ven, siéntate. Mira bien esto.

Abrió un cajón y extendió sobre la mesa los pagarés, uno por uno, dejando que las firmas quedaran a la vista.

—Aquí está cada centavo que he adelantado, cada gasto que he cubierto, cada favor que he hecho. Y aquí están las fechas en que ustedes mismas prometieron devolverlo. No les estoy pidiendo algo irrazonable. Solo les digo que se acabó el crédito ilimitado. Lo que necesiten de ahora en adelante, lo pagarán por su cuenta. Y lo que ya deben, se paga según lo pactado.

El rostro de Ruth se endureció, y su voz se volvió cortante y venenosa.

—¡Eres un hombre vulgar! Un nuevo rico que confunde tener dinero con tener clase. Nos humillas porque sabes que no tenemos el efectivo a mano. Qué fácil es ser cruel cuando se tiene la bolsa llena. Mi familia tiene historia, tiene raíces que tú jamás entenderás. No necesitamos tu caridad, ni tus condiciones, ni que nos hagas sentir pequeñas por algo que es solo mala suerte.

Cal sonrió, una sonrisa tranquila pero que no cedía ni un milímetro.

—¿Mala suerte o malas decisiones? —preguntó con calma—. Prefiero ser quien soy, que una mujer que presume de abolengo pero no tiene dónde caerse muerta y aun así exige que otros resuelvan sus problemas. Tu cuna no llena la despensa, Ruth. Tu historia no paga a los acreedores. Y venir a insultarme con una mano mientras pides dinero con la otra… eso no es distinción. Eso es necesidad mal disfrazada de orgullo.

Rose dio un paso adelante, con los ojos brillantes de indignación contenida.

—¿Y cómo nos atreves a hablar así? —dijo ella—. Crees que porque pagaste todo, nos debemos a ti. Crees que todo se compra. Qué pena me das, Cal. Tienes mucho dinero, pero nada más.

—No te confundas —respondió él, mirándola directamente a los ojos—. No creo que el dinero lo sea todo. Simplemente sé que en este caso, es la única verdad que hay entre nosotras. Si no fuera por él, ¿estarías aquí? ¿Me hablarías si no necesitaras nada de mí? No respondas. Ya conozco la respuesta. Y la conozco porque me la has demostrado cada vez que no he podido darte lo que querías.

Señaló la puerta con un gesto firme.

—Ahora, por favor, salgan de mi habitación. Si necesitan algo, acudan a mi asistente y negocien los pagos. Pero no vuelvan a venir a exigirme como si yo fuera el culpable de su situación. Cada quien construyó su propia vida. Y esta mía, la administro yo.

Salieron murmurando, con la cabeza alta pero los pasos apresurados, y cuando la puerta se cerró tras ellas, Cal suspiró. No había ganado una batalla, solo había defendido su territorio. Sabía que esto no terminaría aquí. Conocía su estilo: primero la exigencia, luego la queja, después la difamación. Estaba preparado. No porque supiera el futuro, sino porque conocía su naturaleza. Y eso era más que suficiente.

Se sentó, tomó un puro, lo encendió y dejó que el humo llenara el espacio entre él y el mundo.

—Que digan lo que quieran —murmuró—. Las palabras cuestan poco. Y por eso, valen lo mismo.

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