NovelToon NovelToon
Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Cap 7: Compañeros de batalla

La primera semana en el instituto de Damián Montero se sintió como un mes.

No porque fuera aburrida, todo lo contrario. Cada día era una maratón de doce horas donde discutíamos fórmulas, revisábamos datos, corregíamos hipótesis y volvíamos a discutir. Montero no me trataba como a una asistente. Me trataba como a un adversario que tiene la mala costumbre de tener razón de vez en cuando.

—El pH de disolución debería ser 6,5, no 6,8 —dijo el miércoles por la mañana, señalando mi informe con el dedo como si fuera una mancha en su mesa.

—A 6,5 pierdes estabilidad en la cadena lateral fluorada. Te lo demostré ayer con los datos de cromatografía.

—Tus datos de cromatografía tienen un margen de error del dos por ciento.

—Y tu hipótesis tiene un margen de error del cien por ciento, porque no funciona.

Julia, desde su escritorio al otro lado del laboratorio, nos miraba como quien mira un partido de tenis. Llevaba tres días así, ida y vuelta, servicio y devolución, sin que ninguno de los dos cediera un milímetro.

Lo extraño era que, al final de cada discusión, algo avanzaba. Nuestras peleas producían resultados. Cada vez que Montero demolía una de mis propuestas, me obligaba a encontrar una mejor. Y cada vez que yo señalaba un error en su razonamiento, él lo corregía en silencio y al día siguiente aparecía con una versión mejorada, como si la discusión nunca hubiera ocurrido.

Era agotador. Era brillante. Era lo contrario de trabajar con Sebastián Girón, que aceptaba todo lo que yo le daba sin cuestionar porque no tenía la capacidad de entenderlo.

El jueves a mediodía, el laboratorio olía a reactivos y a frustración cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Hermanita! ¿Se puede saber por qué no has contestado mis mensajes en tres días?

Nicolás Valdés entró al sexto piso como si fuera el dueño del edificio. Traía una bolsa térmica en una mano, lentes de sol en la otra y esa sonrisa de telenovela que usaba para desarmar a cualquier persona en un radio de veinte metros.

Julia casi se cae de la silla. Los dos investigadores del fondo levantaron la cabeza. Y Montero, que estaba calibrando un espectrómetro con la concentración de un relojero suizo, se detuvo.

—Nico, estoy trabajando —dije, pero ya estaba sonriendo. Era imposible no sonreír cuando Nicolás aparecía.

—Trabajar es lo que hago yo. Tú llevas cuatro días encerrada en este refrigerador con olor a hospital sin comer una comida decente. —Puso la bolsa térmica sobre mi escritorio—. Te traje arroz con pollo del restaurante de la señora Carmela. Y flan de postre, porque Gabi dice que no estás comiendo suficiente azúcar.

—Gabriel me conoce.

—Gabriel te espía. Que es diferente pero igualmente útil. —Nicolás miró alrededor del laboratorio con la expresión de un hombre que está evaluando una propiedad inmobiliaria—. Entonces este es el famoso instituto del genio insoportable. Más chico de lo que imaginaba.

Montero se acercó. O más bien, apareció, no escuché sus pasos hasta que ya estaba a dos metros de nosotros. Para ser un hombre de su tamaño, se movía con un silencio inquietante.

—¿Puedo ayudarte en algo? —dijo, con un tono que dejaba claro que la única ayuda que quería darle era la indicación de dónde estaba la puerta.

Nicolás lo miró de arriba abajo. Montero le sostuvo la mirada. El aire entre ellos se volvió denso, dos hombres acostumbrados a intimidar, midiéndose por primera vez.

—Nicolás Valdés. Hermano de tu nueva investigadora. Vine a traerle el almuerzo, porque aparentemente en este lugar no alimentan a la gente.

—La cafetería está en el primer piso. Abre a las doce.

—Sí, la vi al entrar. Ofrece sándwiches que parecen fabricados en una cárcel. Mi hermana merece algo mejor.

—Tu hermana es una investigadora, no una turista. Si quiere sándwiches de cárcel, los come. Si no le gusta, hay otras instituciones con mejor cocina y peores laboratorios.

Nicolás entrecerró los ojos. Después, para mi sorpresa, sonrió.

—Me caes bien, Montero. Eres un cretino, pero al menos eres un cretino directo. —Se inclinó hacia él y bajó la voz, aunque no lo suficiente—. Pero escúchame bien: si le haces la vida imposible a mi hermana, tus pizarras blancas van a ser lo único que te quede. ¿Estamos?

Montero no parpadeó.

—No tengo ningún interés personal en tu hermana. Es una investigadora competente. Nada más.

—Ajá. —Nicolás me guiñó un ojo—. «Competente». La última persona que él calificó como «competente» ganó un premio internacional de farmacología. Disfruta tu arroz, hermanita.

Se fue con la misma energía con la que llegó. La puerta se cerró y el laboratorio recuperó su silencio habitual.

Montero me miró.

—¿Tienes más hermanos que vayan a aparecer sin aviso?

—Solo uno más. Pero ese es más callado.

—Bien. Dile al ruidoso que la próxima vez haga cita.

Volvió a su espectrómetro. Yo abrí la bolsa térmica. El arroz con pollo de la señora Carmela estaba perfecto.

El viernes trabajamos hasta las once de la noche.

No fue intencional, un lote de datos de la cromatografía arrojó resultados inesperados, y Montero quería verificar cada lectura antes de cerrar. Yo me quedé porque los datos eran míos y no iba a dejar que alguien más los interpretara.

A las nueve, Julia se despidió con cara de disculpa. A las diez, el último investigador apagó su lámpara. A las once, solo quedábamos nosotros dos en todo el sexto piso, rodeados de pantallas encendidas y tazas de café vacías.

Hacía frío. El aire acondicionado del instituto estaba programado para apagarse a las ocho, pero las corrientes del sistema de ventilación seguían circulando. Yo tenía los brazos cruzados sobre el teclado, tratando de concentrarme en los números mientras mis dedos se ponían cada vez más fríos.

Algo cayó sobre mis hombros.

Una bata de laboratorio. Limpia, pesada, con un ligero olor a café y a desinfectante.

Levanté la vista. Montero ya estaba de vuelta en su escritorio, como si no se hubiera movido. No me miró. Seguía tecleando con la misma velocidad de siempre.

No dije nada. Me puse la bata, me quedaba enorme, como un abrigo, y volví a los datos.

Diez minutos después, la puerta del laboratorio se abrió. Era un investigador del cuarto piso que había olvidado su laptop. Entró, nos vio a los dos, Montero en su escritorio, yo envuelta en su bata, y abrió los ojos como si acabara de presenciar un fenómeno paranormal.

—Buenas noches —dijo, agarró su laptop y se fue casi corriendo.

Montero no levantó la vista.

—Mañana todo el instituto va a pensar que dormimos juntos.

—¿Te importa?

—No. —Pausa—. ¿A ti?

—No.

Silencio. Los datos parpadeaban en la pantalla. Afuera, Santa Aurelia brillaba como un circuito eléctrico bajo la lluvia.

—Tus datos están bien —dijo Montero después de un rato, sin levantar la vista—. La variación del lote tres es por contaminación del reactivo, no del procedimiento.

—Lo sé. Cambié el reactivo hace una hora.

Otra pausa. Más larga.

—No está mal, Valdés.

Viniendo de Damián Montero, eso equivalía a un premio Nobel.

Esa noche, mientras guardaba mis cosas, noté algo.

Estaba organizando los archivos de la base de datos del instituto, los que Montero por fin me había dado acceso completo después de que rompí su récord, cuando una carpeta del archivo histórico llamó mi atención. Proyectos colaborativos, quince años atrás.

No la estaba buscando. Solo estaba cerrando ventanas.

Pero ahí estaba. Un proyecto de investigación farmacológica clasificado como «interno-confidencial», fechado hace quince años. Dos investigadores principales.

El primero: Ricardo Valdés.

Mi padre. En un proyecto de investigación farmacológica. Mi padre, que era financista, no científico. Mi padre, que siempre dijo que su único vínculo con la medicina era firmar los cheques.

El segundo nombre me heló la sangre.

Celina Déniz.

Nunca había escuchado ese nombre. Pero estaba ahí, en letra pequeña y oficial, junto al nombre de mi padre, en un proyecto que llevaba quince años archivado.

Copié la referencia del archivo. Cerré la ventana. Apagué mi computadora.

Algunas noches descubres que el hombre más difícil del país te prestó su bata sin que se lo pidieras. Y otras noches descubres que tu padre tiene secretos que no sabías que existían.

Esta noche fueron las dos cosas.

Continuará...

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play