Años después, Chiara y Markus han construido algo más que un imperio: tienen una hija que se convierte en lo único que realmente los une.
Pero los enemigos del pasado no han desaparecido.
Las guerras que comenzaron años atrás vuelven con más fuerza, y esta vez el precio es mucho más alto. Traiciones, venganzas y viejos secretos provocan una caída devastadora.
Muchos aliados mueren, las familias se destruyen y el imperio que tanto costó mantener empieza a desmoronarse.
Chiara tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida: seguir luchando por el poder o salvar a lo único que queda de su mundo: su familia.
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Capitolo 3
...🥀...
Valeria regresó a la residencia con las bolsas en ambas manos y una sensación incómoda que se instalaba en su pecho.
Intentaba convencerse de que todo había sido producto del cansancio, una calle vacía, un auto oscuro, unos pasos que quizá nunca existieron, nada más.
Al menos eso quería creer. Entró a la cocina y dejó las botellas sobre la encimera con más fuerza de la necesaria.
Charlotte apareció detrás de ella pocos segundos después.
—Veo que trajiste bastante.
Valeria no respondió enseguida.
—Nuestros amigos querían diversión.
Charlotte la observó con atención.
—¿Y tú?
—Yo quería dormir.
—Eso ya lo sé.
Valeria comenzó a sacar las botellas de las bolsas.
Charlotte siguió mirándola.
—¿Pasó algo?
—No.
—Valeria.
—Charlotte.
—Te conozco.
Valeria soltó el aire.
—No pasó nada.
Charlotte cruzó los brazos.
—Entonces deja de mirar hacia la ventana cada cinco segundos.
Valeria se quedó inmóvil.
No se había dado cuenta.
Miró hacia el cristal.
Desde allí podía verse parte de la calle.
Nada.
Solo algunos vehículos estacionados y las luces de las casas de los vecinos.
—Solo estoy cansada.
—¿Segura?
Valeria tomó una de las botellas.
—Regresa con los demás. Yo llevo esto.
Charlotte dudó unos segundos.
Finalmente asintió.
—Está bien.
Pero antes de salir volvió a mirarla.
—Si necesitas algo, me dices.
—Lo haré.
Charlotte regresó a la sala.
Valeria permaneció sola.
Se acercó lentamente a la ventana.
Nada.
Nadie.
Sacudió la cabeza.
—Estás imaginando cosas.
Tomó las bebidas y regresó a la fiesta.
Durante las siguientes horas consiguió olvidarlo.
La música aumentó.
Las conversaciones se mezclaron.
Algunos de sus amigos terminaron bailando sobre los muebles mientras Charlotte amenazaba con echarlos de la casa si rompían algo.
Valeria incluso consiguió reír.
Por algunas horas volvió a sentirse normal.
Cuando el último invitado finalmente se marchó, eran casi las tres de la mañana.
Valeria cerró la puerta.
—Nunca más.
Charlotte soltó una carcajada.
—Eso dices todos los años.
—No celebro todos los años.
—Precisamente por eso.
Valeria negó con la cabeza.
—Voy a dormir.
—Buenas noches, cumpleañera.
—No vuelvas a llamarme así.
—Buenas noches, cumpleañera.
Valeria solo rodó los ojos y se dio vuelta.
Charlotte rio.
Subió las escaleras y entró en su habitación.
Se quitó los tacones, dejó el teléfono sobre una mesa y caminó hacia la terraza.
Abrió las puertas de cristal.
El aire frío de Londres golpeó su rostro.
Se abrazó a sí misma.
Desde allí podía observar gran parte de la zona residencial.
Todo estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Volvió a recordar aquel automóvil.
Los pasos.
La sensación de estar siendo observada.
Valeria entrecerró los ojos.
Nada.
Cerró las puertas.
Corrió las cortinas.
Y se acostó.
Sin embargo, aquella noche tardó mucho más de lo habitual en quedarse dormida.
Los siguientes días transcurrieron con aparente normalidad.
Valeria volvió a la empresa.
Reuniones.
Contratos.
Inversiones.
Llamadas.
La rutina consiguió ocupar nuevamente su cabeza.
Hasta el martes.
Al salir del edificio encontró un automóvil negro estacionado frente a la acera.
No le habría prestado atención si no fuera porque algo en él le resultó familiar.
Se detuvo.
Miró durante algunos segundos.
Vidrios polarizados.
Modelo alemán.
Completamente oscuro.
Un automóvil común.
Podía haber cientos iguales en Londres.
Valeria continuó caminando.
No ocurrió nada.
El auto permaneció estacionado.
Dos días después volvió a verlo.
Esta vez cerca de su residencia.
Valeria estaba dentro de su propio automóvil cuando lo identificó.
Redujo ligeramente la velocidad.
El auto estaba estacionado al otro lado de la calle.
Ella siguió conduciendo.
Miró por el retrovisor.
El automóvil no se movió.
—Coincidencia.
Lo dijo en voz alta.
Necesitaba escucharlo.
La tercera vez fue diferente.
Valeria había salido a correr temprano.
El cielo apenas comenzaba a aclararse.
Llevaba auriculares y una sudadera gris.
Se encontraba a varias calles de la residencia cuando sintió nuevamente aquella sensación.
Bajó el volumen.
Continuó caminando.
Un automóvil avanzaba lentamente detrás de ella.
Valeria no volteó inmediatamente.
Aceleró el paso.
El auto también.
Giró hacia otra calle.
El automóvil hizo lo mismo.
El corazón comenzó a latirle más rápido.
No corrió.
No quería demostrar que estaba asustada.
Tomó otra calle.
El automóvil volvió a seguirla.
Valeria se detuvo.
El auto también.
Esta vez se giró completamente.
Durante varios segundos ambos permanecieron inmóviles.
Valeria intentó distinguir quién estaba dentro.
No pudo.
Los cristales eran demasiado oscuros.
Sacó su teléfono.
El automóvil arrancó.
Desapareció al final de la calle.
Valeria permaneció allí algunos segundos.
Su respiración estaba agitada.
Ya no parecía una coincidencia.
Cuando llegó a la residencia, abrió la puerta rápidamente y la cerró detrás de ella.
Se quedó apoyada contra la madera.
Intentó recuperar el aliento.
—¿Val?
Valeria levantó la mirada.
Charlotte estaba en la sala con una taza de té.
Vestía un albornoz blanco y tenía el cabello recogido.
—Pareces haber visto un fantasma.
Valeria no respondió.
Charlotte dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué pasó?
Valeria caminó hacia ella.
—Me están siguiendo.
Charlotte frunció el ceño.
—¿Qué?
—Alguien me está siguiendo.
—¿Estás segura?
Valeria pasó una mano por su cabello.
—Desde mi cumpleaños siento que alguien me observa.
Charlotte cambió completamente de expresión.
—¿Desde aquella noche?
—Sí.
—¿Y por qué no me dijiste?
—Porque pensé que estaba siendo paranoica.
—¿Qué pasó hoy?
Valeria se sentó.
—El mismo automóvil apareció otra vez.
Charlotte permaneció de pie.
—¿El mismo?
—Negro. Vidrios oscuros.
—Eso no significa que sea el mismo.
Valeria levantó la mirada.
—Me siguió durante tres calles.
Charlotte dejó de responder.
—Yo cambié de dirección. Él también.
—¿Viste quién conducía?
—No.
—¿La matrícula?
Valeria negó.
—No pude.
Charlotte se sentó frente a ella.
—Tienes que hablar con tu padre.
Valeria soltó una pequeña risa sin humor.
—Perfecto.
—¿Qué?
—Eso es exactamente lo que quería evitar.
—¿Por qué?
—Porque mi padre va a convertir Londres en una base militar si se entera.
—Tal vez tenga una razón.
—Charlotte...
—Valeria.
Se miraron.
Charlotte habló con seriedad.
—Si alguien te está siguiendo, esto ya no tiene gracia.
Valeria guardó silencio.
Sabía que tenía razón.
Tomó su teléfono.
Buscó el nombre de Markus.
Dudó.
—Llámalo.
Valeria presionó el botón.
—déjame sola Charlotte, esta conversación tiene que ser privada.
Charlotte asintió y se retiró mientras Valeria esperaba en Lombardía. Se encontraba Markus sentado detrás de su escritorio, revisando unos documentos, cuando su teléfono comenzó a vibrar.
Miró la pantalla.
Valeria.
Sonrió.
Contestó.
—¿Qué hiciste ahora?
Valeria no respondió inmediatamente.
La sonrisa desapareció del rostro de Markus.
—Valeria.
—Padre.
—¿Qué pasó?
Ella respiró profundamente.
—Creo que alguien me está siguiendo.
Markus dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Qué quieres decir?
—He visto el mismo automóvil varias veces.
—Londres está lleno de automóviles.
—Lo sé.
—Puede ser prensa.
—No es prensa.
Markus guardó silencio.
Valeria continuó.
—Hoy me siguió.
—¿Estás segura?
—Sí.
Markus se levantó lentamente.
—¿Estás en casa?
—Sí.
—¿Charlotte está contigo?
—También.
—Entonces no salgas sola.
Valeria cerró los ojos.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Porque es lo lógico.
—Padre, no quiero que conviertas esto en algo enorme.
—No estoy convirtiendo nada en nada.
—Te conozco.
Markus caminó hacia la ventana.
—Valeria.
Su voz cambió ligeramente.
—Hazme caso por una vez.
—Siempre te hago caso.
—Eso es mentira.
Ella sonrió apenas.
Pero la sonrisa desapareció rápido.
—Padre...
—¿Sí?
—¿Hay alguna razón por la que alguien quisiera seguirme?
Markus quedó completamente inmóvil.
El silencio se extendió.
Valeria lo notó.
—Padre.
—Probablemente no sea nada.
—Eso no fue lo que pregunté.
Markus cerró los ojos.
—Yo me encargo.
—Markus.
Ella pocas veces utilizaba su nombre.
—Valeria, quédate en casa esta noche.
—¿Y mañana?
—Mañana hablamos.
La llamada terminó.
Valeria observó la pantalla.
Charlotte se encontraba frente a ella.
—¿Qué dijo?
Valeria dejó el teléfono sobre la mesa.
—Que probablemente no sea nada.
Charlotte arqueó una ceja.
—¿Y tú le crees?
Valeria miró hacia la ventana.
—No.
Markus dejó lentamente el teléfono sobre su escritorio.
Su expresión había cambiado completamente.
Abrió un cajón.
Sacó otro teléfono.
Marcó un número.
Ricci contestó después del segundo tono.
—¿Jefe?
—Necesito que investigues algo.
—dígame
—Valeria cree que alguien la está siguiendo.
Silencio.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé todavía.
Markus caminó hasta la mesa.
—Quiero cámaras de seguridad. Tráfico. Matrículas. Registros alrededor de la empresa y de su casa.
—¿Quieres que pongamos seguridad?
Markus no dudó.
—Por el momento, investiga lo que está pasando.
—Como tú digas, pero haré todo lo posible.
—Entonces hazlo bien.
Ricci soltó una pequeña risa.
—Entendido.
—Y Ricci.
—¿Sí?
La mirada de Markus se endureció.
—Quiero saber quién está detrás antes de que vuelva a acercarse a mi hija.
—Lo tendrás.
La llamada terminó.
Markus permaneció algunos segundos mirando el teléfono.
Una sensación que creía haber olvidado volvió a instalarse en su pecho.
Miedo.
No por él.
Por ella.
Y mientras él pensaba en eso en el continente de Asia, Rusia. La nieve cubría los terrenos alrededor de una antigua base industrial
Dentro de una habitación iluminada únicamente por una lámpara, Leonid observaba varias fotografías extendidas sobre una mesa de Valeria, haciendo su rutina, diría, en su empresa, haciendo ejercicio, entrando a su casa, riendo con Charlotte. Eran decenas, pero haciendo énfasis en su rostro, idéntico al de sus padres, cosa que lo carcomía por dentro.
Uno de sus hombres permanecía frente a él.
—Ya comenzó a notar que la estamos siguiendo.
Leonid tomó una fotografía.
—Era cuestión de tiempo, salió tal y como lo planeamos con Klaus.
—¿Retiramos la vigilancia?
Leonid sonrió.
—No.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—Ahora empieza lo interesante.
—¿Cuál es el siguiente movimiento?
Leonid caminó hacia la ventana.
—Ninguno.
El hombre frunció el ceño.
Leonid se giró.
—Quiero saber cuánto tarda Markus en reaccionar.
—¿Y después?
Leonid observó nuevamente las fotografías.
Sus ojos se detuvieron en una imagen donde Valeria aparecía sonriendo.
—Después descubriremos cuánto está dispuesto a perder para protegerla.
El hombre asintió.
Leonid tomó la fotografía.
La dobló por la mitad.
—Continúen.
Aquella noche, Valeria estaba nuevamente frente a la ventana de su habitación.
Miró la calle.
Nada.
El automóvil había desaparecido.
Las aceras estaban vacías.
Por primera vez en varios días sintió un pequeño alivio.
Quizá su padre tenía razón.
Quizá había exagerado.
Cerró las cortinas.
Apagó la luz.
Y se alejó.
A cuatro calles de allí, dentro de un automóvil completamente oscuro, un hombre levantó una cámara.
Tomó una última fotografía de la residencia.
Miró la pantalla.
Guardó la cámara.
Después encendió el motor.
La vigilancia apenas acababa de comenzar.
...CONTINUARÁ......