En el mundo empresarial laodicense y en la mafia londinense, un matrimonio estable no es solo amor: es poder, reputación y dominio.
Jed Bennett, heredero del temido linaje formado por Harry Bennett y Jessika Brown, ha cargado durante años con el peso de un imperio dividido entre negocios legales y el bajo mundo. Aunque gobierna con inteligencia y sangre fría, hay algo que aún se resiste a aceptar: un matrimonio por conveniencia que lo convierta en el indiscutible sucesor del trono mafioso.
Cuando su padre concreta su compromiso con Rianna, hija de una poderosa familia criminal, todo parece encajar. Ella es brillante, letal y digna del apellido Bennett. La alianza promete estabilidad, expansión y respeto. Y contra todo pronóstico, la química entre ellos comienza a florecer.
Pero el equilibrio se rompe el día en que Steicy, la joven y talentosa estratega de la cadena hotelera familiar, deja caer accidentalmente un anuncio que lo cambia todo: “Se vende virginidad”...
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Impaciente...
Dos ejecutivos disminuyeron la voz apenas ella cruzó el corredor principal.
Los murmullos comenzaron casi de inmediato. —¿Esa no es Rianna Morris?
—Claro que sí…
—Dios, esa mujer parece salida de una portada de revista.
—¿Qué hace aquí?
—¿Vendrá por el señor Bennett?
A Rianna aquello no le molestaba, al contrario, estaba acostumbrada a atraer miradas e inducir comentarios.
Apenas cruzó la puerta del despacho de Jed, algo en ella cambió, poco a poco iba aprendiendo a conocer a su prometido. Jed Bennett estaba… ligeramente desencajado.
Era algo mínimo, casi imperceptible, pero para alguien como él, acostumbrado a la perfección absoluta y al control total de sus emociones, aquel pequeño quiebre era gigantesco.
Rianna lo estudió en silencio mientras se acercaba.
La tensión en su mandíbula. La forma en que tamborileaba apenas los dedos sobre la mesa. La mirada ligeramente perdida por momentos.
Algo le estaba pasando, eso no era normal.
—Hola, bombón —saludó ella con una sonrisa coqueta.
Jed se puso de pie automáticamente. —Hola, Rianna.
Le dio un beso breve en la mejilla y ella sostuvo su mirada un instante más de lo habitual. Analizándolo, intentando descubrir qué demonios lo tenía así.
Porque jamás lo había visto distraído, Jamás. —¿Todo bien? —preguntó con aparente ligereza.
—Sí, ¿por qué?
Rianna sonrió apenas. —Porque pareces preocupado, o ansioso, algo poco común en ti.
Jed soltó una pequeña risa nasal. —Estoy trabajando demasiado.
Ella no le creyó del todo.
Pero tampoco insistió. —Entonces deberías alimentarte mejor —dijo tomando su bolso Chanel—. Vamos, hice una reservación.
Minutos después ambos abandonaron las oficinas bajo las miradas curiosas de empleados y ejecutivos.
Y los murmullos empeoraron, porque juntos se veían absurdamente perfectos, poderosos, elegantes. inalcanzables.
El auto los llevó hasta uno de los restaurantes más prestigiosos y exclusivos de Londres, un lugar frecuentado por empresarios, políticos y celebridades donde la privacidad costaba tanto como la comida.
La iluminación cálida, el sonido suave del piano y las enormes lámparas de cristal creaban una atmósfera sofisticada y elegante.
Apenas entraron, varias miradas se desviaron hacia ellos. Rianna caminaba a su lado con absoluta naturalidad.
Como si ya perteneciera oficialmente a su vida, como si el apellido Bennett ya estuviera unido al suyo.
Los llevaron hasta una mesa privada cerca de los ventanales con vista a la ciudad. Cuando el mesero les entregó las cartas, Rianna dejó la suya a un lado y lo miró fijamente.
—Jed, sé que hoy es un día sumamente ocupado para ti y lamento haberte pedido que pospusieras el almuerzo con tus clientes, pero necesito decirte algo importante.
Él levantó la vista de inmediato. —¿Pasa algo? ¿Estás bien? ¿Tu abuelo está bien?
La preocupación genuina en su voz suavizó un poco la expresión de Rianna.
Porque incluso si Jed no correspondiera lo que en ella se había despertado... Siempre cuidaba de ella.
—Estoy bien —respondió con calma—. Pero he estado pensando y creo que deberíamos posponer la boda al menos tres meses.
Jed arqueó apenas una ceja.
—Una de las razones es que quiero que mi vestido lo diseñe Sara Thompson y ahora mismo está completamente absorta con la preparación del desfile para la Semana de la Moda en París.
Rio para si misma. —Sí, ya sé… suena superficial.
—Un poco —admitió él con su habitual tono serio.
Ella sonrió. —Pero no es lo más importante. Mis hermanas están teniendo problemas en Noruega. Los viejos enemigos de mi madre comenzaron a moverse otra vez… y quieren hacerles daño.
El semblante de Jed cambió de inmediato. Serio. Protector. Atento. —¿Qué tan grave es?
—Lo suficiente para que tenga que viajar personalmente.
Jed apoyó ambos brazos sobre la mesa. —Podrías traerlas aquí.
—Ya lo intenté. Pero no quieren dejar Noruega… ni a Kendrick.
Él entendió perfectamente, la familia siempre era prioridad.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó sin dudar—. Puedo acompañarte si quieres.
Rianna lo observó durante unos segundos y otra vez sintió ese pequeño vacío absurdo de querer a un hombre que todavía no era capaz de verla como ella deseaba.
—No, bombón. No es necesario. Varios hombres del abuelo viajarán conmigo y en Noruega tengo aliados.
Luego sonrió con picardía. —Además, aprovecha estos tres meses extra de soltería… porque después ya no tendrás tantas libertades como ahora.
Jed enarco una ceja.—Eso también aplica para ti. En una de esas conoces al amor de tu vida y ambos viven felices para siempre.
Rianna enarcó apenas una ceja, porque, en el fondo, pensó exactamente lo mismo que llevaba pensando hacía mucho tiempo.
"Ya conocí al amor de mi vida, solo que el idiota todavía no lo sabe o se niega a reconocerlo"...
🌋🌋🌋
Para Steicy, el día se había ido demasiado rápido.
Quizá porque llevaba horas intentando no pensar demasiado en lo que ocurriría esa noche.
Aunque la decisión ya estaba tomada y no pensaba dar marcha atrás, el miedo seguía ahí.
Pesado. Constante. Asfixiante.
Porque sabía perfectamente que, después de aquella noche, algo dentro de ella cambiaría para siempre.
Y eso la aterraba un poco. No sabía cómo actuar. No sabía qué decir. Ni siquiera sabía cómo debía comportarse frente a un hombre como Jed Bennett en una situación así.
Cada vez que pensaba en ello, sentía un vacío en el estómago.
Para Jed, en cambio, las horas transcurrieron con una lentitud desesperante.
Miró el reloj tantas veces durante el día que, de haber podido desgastarlo con la mirada, seguramente ya habría desaparecido de su muñeca.
Intentó trabajar, intentó revisar contratos, responder llamadas, organizar reuniones.
Todo fue inútil, su mente volvía una y otra vez a Steicy, a la expresión aturdida con la que salió de su oficina. A sus manos temblorosas. A la forma en que lo miró cuando él le hizo aquella propuesta.
¡Maldita sea!. Jamás había permitido que una mujer lo descontrolara tanto. Ahora estaba frente al enorme espejo de su habitación ajustándose la corbata negra con movimientos rápidos.
Llevaba un traje oscuro perfectamente entallado que resaltaba su espalda ancha y la elegancia natural que parecía acompañarlo incluso cuando respiraba.
Se acomodó el saco, luego volvió a revisar el reloj, otra vez. Frustrado consigo mismo, pasó una mano por su cabello y aplicó un poco más de cera para mantenerlo impecable.
Después se aplicó perfume, uno caro, intenso masculino. El mismo que usaba únicamente para ocasiones importantes.
Terminó aplicándose crema hidratante masculina en el rostro y se observó unos segundos en el espejo.
Se veía exactamente igual que siempre. Frío. Controlado. Perfecto.
Pero por dentro estaba ansioso como un tonto jovencito.
Salió finalmente de la habitación y caminó hasta la elegante sala del ático, Las luces cálidas de la ciudad se filtraban a través de los enormes ventanales panorámicos.
Sobre la mesa de centro descansaba una carpeta azul oscura. Dentro de ella había un documento perfectamente elaborado con términos, condiciones, cláusulas de confidencialidad y acuerdos legales.
Porque incluso para algo como aquello… Jed Bennett necesitaba tener el control absoluto.
Tomó las llaves del auto, el móvil y volvió a mirar el reloj antes de salir del ático.
Mientras tanto, Steicy había corrido hasta el apartamento de Ivy apenas terminó la jornada laboral.
No tuvo valor para contarle la verdad. Solo le dijo que tenía una entrevista importante para un nuevo trabajo y necesitaba verse presentable.
Ivy, intuía que aquella no era una cita cualquiera, porque su amiga estaba muy nerviosa, pero evito hacerle preguntas. Simplemente la ayudó.
—Ratoncita, deja de moverte tanto o voy a terminar clavándote el delineador en el ojo —protestó Ivy mientras la maquillaba.
Steicy soltó una pequeña risa nerviosa. —Lo siento…
Ivy la observó por el espejo. —¿Segura que estás bien?
Ella dudó apenas un segundo. —Sí… solo estoy cansada. — Mintió no fue capaz de decirle que estaba a punto de entregarle su primera vez a un hombre por dinero.
Mucho menos que ese hombre era su jefe.
Ivy terminó de arreglarla y sonrió satisfecha. —Ahora sí. Vas a deslumbrar a cualquiera.
Steicy se observó en el espejo y casi no se reconoció.
El vestido negro que Ivy había elegido era elegante y ajustado en los lugares correctos, con mangas largas transparentes y un discreto escote cuadrado que resaltaba la delicadeza de su cuello y clavículas.
Nada vulgar, pero sí muy favorecedor, el maquillaje suave hacía resaltar sus ojos color miel y el brillo rosa tenue de sus labios.
Su cabello castaño oscuro caía en ondas naturales sobre sus hombros.
—Gracias… —susurró.
Ivy sonrió orgullosa. —Cuando consigas ese trabajo acuérdate de esta estilista profesional.
Steicy sonrió con dificultad y tomó su bolso.
No quiso aceptar el ofrecimiento de Jed de enviar a alguien por ella.
Necesitaba sentir que aún conservaba algo de control sobre la situación.
Así que pidió un taxi y pagó la exagerada tarifa nocturna hasta una de las zonas más exclusivas e importantes de Londres.
Durante el trayecto apenas pudo respirar tranquila.
Miraba las luces de la ciudad pasando por la ventana mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su bolso.
El conductor incluso terminó mirándola por el espejo retrovisor más de lo normal.
—Disculpe la indiscreción, señorita… pero se ve usted muy hermosa esta noche.
Steicy sonrió apenas, incómoda. —Gracias.
El hombre continuó conduciendo y ella siguió sintiendo que el corazón estaba a punto de salirse del pecho.
Jed había llegado al restaurante hacía más de una hora, aquello era absurdo, porque él jamás esperaba por nadie.
Nunca. Sin embargo, ahí estaba.
Sentado en una mesa privada de uno de los restaurantes más exclusivos de Londres, mirando constantemente hacia los enormes ventanales que daban a la calle.
Ansioso, impaciente, molesto consigo mismo.
Ya había llamado varias veces a Dairek, el chófer asignado para recoger a Steicy si ella aceptaba el servicio.
Pero la respuesta siempre había sido la misma. —Nadie llamó, señor Bennett.
Cada vez que escuchaba aquello, la mandíbula se le tensaba un poco más.
Frente a él, la carpeta azul seguía perfectamente acomodada sobre la mesa.
Intacta, como si burlandose de su impaciencia.
Jed bebió otro trago de agua mientras miraba nuevamente la hora.
Ocho y cuarenta y siete, faltaban trece minutos para las nueve y ella todavía no aparecía, la paciencia comenzaba a abandonarlo lentamente.
Porque cuanto más tardaba… Más empezaba a pensar que quizá no iría...