Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPITULO 17. LA LLAMADA DE MEDIANOCHE
El silencio en la habitación del hotel se volvió denso tras la marcha de Álvaro, dejando un eco de incertidumbre que pesaba en el ambiente de Madrid. Entre al servicio me duche y me cambié de ropa mecánicamente, volvi a la habitacion y me meti en la cama deslizándome entre las sábanas blancas con el cuerpo agotado pero la mente funcionando a mil revoluciones por minuto. Adam se había quedado en la pequeña zona de estar, con la luz tenue de una lámpara y el portátil abierto, tecleando con suavidad para no perturbar mi descanso. Intenté cerrar los ojos y dejarme llevar por el cansancio del viaje, pero la imagen de Salazar en la terraza del Palace, su mirada esquiva y su evidente estado de pánico, regresaba a mi mente una y otra vez como una película en bucle haciendome casi imposible conciliar el sueño.
El reloj digital de la mesita de noche marcaba las doce y cuarenta y tres cuando un sonido agudo rasgó la quietud del dormitorio. No era mi teléfono móvil, sino el terminal fijo del hotel que reposaba junto a la cama. Me incorporé de golpe, sintiendo un vuelco en el corazón. Adam apareció en el umbral de la puerta al segundo tono, con la expresión rígida y los ojos fijos en el aparato. Se acercó con paso rápido, descolgó el auricular y lo pegó a su oreja, haciendo un gesto con la mano para que guardara absoluto silencio, me quede congelada en el lugar siendo un testigo silencioso de la situación que estabamos viviendo en ese momento.
—¿Sí? —dijo Adam con voz grave y contenida.
Me pegué a su costado, conteniendo el aliento, intentando captar el sonido que provenía del otro lado de la línea. Se escuchaba un ruido de fondo metálico, el zumbido del tráfico madrileño y una respiración agitada que delataba un miedo profundo.
—Preston... soy Salazar —susurró una voz temblorosa, casi inaudible—. No puedo hablar mucho. Me están vigilando. He tenido que buscar una cabina pública alejada del centro. Tenían razón con lo de las cuentas, pero yo solo soy un peón en este tablero. Si juego mal mis cartas, estoy muerto.
Adam me miró, y en la intensidad de sus ojos azules supe que habíamos cruzado el punto de no retorno.
—Tranquilízate, Martín. Dinos qué necesitas y dónde estás —respondió Adam, afianzando su agarre en el teléfono—. Podemos sacarte de aquí.
—Tengo las pruebas que demuestran quién maneja los hilos reales —continuó Salazar, con la voz entrecortada por un sollozo de pura ansiedad—. Pero no me arriesgaré a ir a su hotel. Mañana a las siete de la mañana, en el estanque grande del Parque del Retiro. Vengan solos. Si veo a alguien más, desapareceré para siempre.
La línea se cortó con un chasquido seco, dejando solo el tono intermitente. Adam colgó el aparato despacio y se volvió hacia mí, tomándome de las manos. El frío de la noche madrileña pareció colarse en la habitación, pero el calor de su tacto me recordó que, pasara lo que pasara en el Retiro, ya no había marcha atrás.