Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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Confesión dolosa...
Ángela permaneció de pie observando cada movimiento con atención absoluta.
Audrey la estaba buscando.
La encontró allí, inmóvil, con los brazos cruzados y la mirada fija en el entrenamiento.
El capo italiano se acercó lentamente. —Aquí estás… te estaba buscando.
Ella no apartó los ojos del campo. —Ya me encontraste.
Audrey suspiró. —Sé que quieres cobrar venganza y estoy dispuesto a apoyarte de manera incondicional… pero antes necesito saber exactamente qué pasó en España y por qué Iván Aristegui usó a Darío para lastimarte.
Hubo una breve pausa. —Si no estás lista para hablarlo hoy… lo entenderé.
Ángela giró apenas el rostro hacia él. —Estoy lista, tío. ¿Para qué prolongar una conversación inevitable?
Audrey asintió lentamente. —Entonces acompáñame al despacho.
Ambos caminaron hacia el interior de la villa.
El despacho de Audrey era amplio, elegante y sombrío; madera oscura, libreros antiguos, armas de colección y enormes ventanales que daban al jardín iluminado por lámparas nocturnas. Afuera, el cielo estrellado parecía demasiado tranquilo para la conversación que estaba por comenzar.
Ángela fue directamente al minibar.
Sirvió dos tragos de whisky sin preguntar.
Le entregó uno a su tío y caminó hasta la ventana.
—Mi niña, no deberías consumir alcohol…
Ella soltó una risa baja y vacía. —No te preocupes, tío. Créeme… un trago no me hará nada comparado con lo que Darío Aristegui e Iván me hicieron.
Bebió de golpe, después comenzó a hablar y lo hizo detalle a detalle, minuto a minuto. Desde la llegada de Darío a la villa… hasta la oscuridad de la mazmorra.
La ceguera de Iván, los golpes, la humillación, la sangre, el horror. Narró todo con una frialdad escalofriante, como si hablara de otra persona y no de sí misma.
Audrey la escuchaba en silencio, pero con cada palabra sus ojos se oscurecían más. Las venas de sus manos comenzaron a marcarse sobre el cristal del vaso.
Cuando Ángela terminó de relatar lo ocurrido en la cabaña, el capo italiano perdió el control.
Lanzó el vaso contra la pared haciéndolo estallar en mil pedazos. —¡Malditos! —rugió fuera de sí—. ¡Malditos hijos de puta! ¡No les hice ni la mitad de lo que merecían esos cerdos!
Su respiración era violenta.
Ángela simplemente sonrió una sonrisa fría, sin alma. —Lo único por lo que habría tenido un poco de piedad por el Rey Rojo… era por el hijo que esperaba de él. —Sus ojos miel se endurecieron aún más—. Pero él mismo permitió que me lo arrancaran. Así que ahora conocerán el infierno.
Se acercó lentamente al escritorio de Audrey y apoyó ambas manos sobre la madera. —Tío… quiero ocupar el lugar que dejó mi padre dentro de la mafia italiana. Quiero el control del consorcio y de cada empresa que me pertenece por derecho.
Audrey entrecerró los ojos, estudiándola. —¿Estás segura de lo que estás pidiendo? Ese mundo destruye personas.
Ángela levantó lentamente la mirada hacia él. —Perfecto. Porque yo ya estoy destruida, asi que no se puede destruir a alguien que ya esta en ruinas.
El silencio volvió a llenar el despacho.
—A los Aristegui los destruiré desde adentro —continuó—. Iván es un simple títere de Darío y del consejo. Le daré a Darío exactamente lo que siempre quiso… poder. Lo dejaré sentirse vencedor. Lo llevaré justo donde yo quiero.
Comenzó a caminar lentamente alrededor del despacho mientras hablaba. —Y cuando Iván haya perdido absolutamente todo… cuando Darío crea que está en la cima… apareceré. Me convertiré en la heroína que venga a salvar al Rey Rojo de su propia desgracia.
Se detuvo. Una sonrisa peligrosa apareció en sus labios. —Solo para darle la estocada final.
Audrey guardó silencio. La oscuridad en la mirada de su sobrina era idéntica a la que él mismo había tenido años atrás cuando tomó el poder en Italia.
—Quiero verlo arrodillado frente a mí —susurró Ángela—. Quiero que el corazón se le retuerza de culpa al descubrir que destruyó a su propio hijo… todo por creer ciegamente en ese primito imprescindible que lo odia y desea verlo muerto para quedarse con todo.
Audrey la observó largamente, comprendiendo que, Ángela Martinelli no solo había sobrevivido. Había evolucionado en algo mucho más peligroso que cualquiera de los hombres que intentaron destruirla...
Tras aquella conversación con Audrey Monticello y su propia determinación, lo que siguió durante los meses posteriores fue una preparación rigurosa, disciplinada y despiadadamente exigente para asumir el cargo que su difunto padre había dejado vacante dentro de la organización italiana.
Milán, Turín, Génova… rutas comerciales, puertos marítimos, lavado de dinero, negocios legales, alianzas empresariales, contactos políticos del norte. Todo aquello pasaría a sus manos.
Mientras su tío gobernaba Sicilia, Nápoles y el sur, ella controlaría la parte rica, industrial y financiera de Italia. Eso la convertiría en una de las mujeres más poderosas de la organización y sería la catapulta perfecta para ejecutar la venganza que llevaba incubando desde hacía más de un año.
Un largo año había transcurrido en la vida de Angela Martinelli tras la desgracia que desató en su vida su propio esposo, el Rey Rojo español, a quien ahora odiaba con una intensidad mucho mayor de la que alguna vez lo amó.
Ángela ya no era aquella mujer cálida, sonriente y llena de vida. Ahora era fría, letal, hermosa, pero revestida de hielo; un cascarón vacío moldeado por el dolor, la humillación y la pérdida. Ningún hombre se atrevía a acercársele, aunque quisiera hacerlo. Su sola mirada, su postura impecable y el lenguaje corporal dominante dejaban claro que prefería mantener al mundo entero a kilómetros de distancia.
Las mañanas iniciaban antes del amanecer. Entrenamiento físico, combate cuerpo a cuerpo, estrategia militar, manejo de armas, finanzas corporativas, negociaciones políticas, lectura de movimientos bursátiles y administración de rutas ilegales.
Audrey Monticello no estaba formando únicamente a una heredera. Estaba moldeando una sucesora capaz de gobernar con sangre fría.
—El poder no se hereda solamente por sangre, mi niña —le repetía Audrey durante las sesiones privadas en su despacho—. El poder se sostiene con inteligencia, carácter y la capacidad de destruir a quien intente arrebatártelo.
Ángela aprendía rápido, demasiado rápido.
En una de esas noches donde los grandes hombres movían los hilos del poder, la política y la mafia italiana desde las sombras, un salón clandestino de lujo absoluto recibió a los capos más representativos del país, además de los miembros más importantes del consejo mafioso italiano y varios empresarios que funcionaban como la fachada perfecta de los negocios oscuros de la organización.
Todos lucían trajes italianos confeccionados a la medida, zapatos de cuero impecables, gemelos bañados en oro y relojes que valían fortunas obscenas. El aire olía a tabaco fino, whisky añejo y dinero viejo.
La gran mesa ovalada estaba preparada como si se tratara de una reunión empresarial de alto nivel: carpetas con documentos confidenciales, contratos, proyecciones financieras y rutas comerciales.
Pero aquello no era una simple junta de ejecutivos, era una reunión de depredadores.
En una de las cabeceras permanecía sentado Audrey Monticello, impecable en su traje negro, con aquella presencia autoritaria capaz de silenciar un salón entero con solo levantar la mirada.
Durante años había ocupado dos cargos: el suyo y el del fallecido capo del norte, su cuñado.
Pero aquello terminaría esa noche, los murmullos llenaban el lugar, todos estaban expectantes.
Audrey solo había anunciado una cosa: —Esta noche conocerán al nuevo capo del norte.
Nada más.
Los hombres intercambiaban miradas, especulaban nombres y hacían apuestas silenciosas. Algunos imaginaban a un heredero masculino desconocido; otros pensaban que Audrey elegiría a uno de los viejos capitanes de confianza...
El sonido firme de unos tacones de botas altas de cuero negro resonó sobre el suelo pulido del salón. Tac… Tac... Tac…
Un perfume femenino, intenso e inolvidable, inundó lentamente el ambiente.
Los murmullos cesaron, las miradas se dirigieron automáticamente hacia la entrada; el silencio se volvió absoluto.
Angela Martinelli apareció caminando con una elegancia peligrosa.
Su cabello corto, liso y oscuro con reflejos verdes brillaba bajo las luces tenues del salón. Vestía cuero negro de manera sofisticada y dominante; no parecía una ejecutiva.
Parecía una declaración de guerra, su mirada miel, antes cálida, ahora era afilada como una cuchilla.
Caminó despacio alrededor de la mesa, sintiendo las miradas incrédulas clavarse sobre ella, mientras algunos hombres prácticamente dejaban de respirar al observarla.
—Buenas noches, caballeros… —saludó con voz firme y elegante...