Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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capitulo 10: tu ganas
Elisa cruzó la puerta principal del edificio corporativo con el corazón golpeándole contra las costillas como si quisiera salirse. Todo en ella gritaba que diera media vuelta, que corriera hasta la salida y no volviera nunca más, pero sus pasos seguían avanzando por inercia, guiados solo por la promesa que le había hecho a Luis: un año. Solo doce meses, y luego sería libre.
El ascensor la llevó hasta el último piso, y cuando las puertas se abrieron frente a la antesala del despacho principal, sintió que le faltaba el aire. El lugar era amplio, de paredes de madera oscura y cristales que daban a toda la ciudad, pero para ella parecía una jaula de lujo. Se quedó ahí de pie unos segundos, con la carpeta que le habían entregado en la recepción apretada contra el pecho, sintiendo cómo la rabia le subía por la garganta. Luis ya se había ido a su propia oficina, contento y confiado, sin tener ni la más remota idea de en qué clase de lugar la había dejado, ni con quién. Y ella estaba ahí, obligada a enfrentar al hombre que había puesto toda su vida patas arriba, que había tejido esta red alrededor de ellos sin que ninguno pudiera escapar.
—Lamento profundamente haber perdido mi oportunidad de irnos lejos —murmuró para sí misma, con los ojos llenos de un brillo húmedo que no llegaba a ser llanto—. Lo único que me mantiene aquí es mi palabra. Un año, Marco. Solo un año. No esperes nada más.
Empujó la puerta del despacho y entró. El silencio era absoluto, solo roto por el zumbido leve del aire acondicionado y el sonido de sus propios tacones sobre el suelo de mármol. Se quedó de pie junto al escritorio enorme, esperando, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el vacío, sin querer tocar nada, sin querer sentirse parte de ese mundo que le pertenecía solo a él.
No tardó mucho en escuchar la puerta trasera abrirse. Elisa giró la cabeza de golpe, y por un instante se le olvidó respirar.
Marco entró caminando despacio, con esa presencia que llenaba cualquier espacio. Vestía un traje entero de negro, de una tela que parecía tan fina que brillaba apenas con la luz, ceñido perfectamente a sus hombros anchos y a su espalda fuerte. La camisa también era negra, con los primeros botones desabotonados, dejando ver un poco de la piel bronceada de su pecho. Al moverse, se extendió por todo el ambiente su aroma: una mezcla intensa y envolvente de madera ámbar, tabaco suave y una nota fresca de cítricos, tan distinta y tan potente que le llegó directo a los sentidos, despertando recuerdos que creía haber enterrado. Se veía imponente, peligrosamente apuesto, como si cada detalle de su ropa y su postura hubiera sido elegido para quitarle la razón.
Cerró la puerta con llave detrás de él, con un clic seco que resonó en todo el cuarto, y se apoyó un momento en el marco, mirándola de arriba abajo con una sonrisa lenta y burlona.
—¿Ves? —dijo, con esa voz profunda que le ponía la piel de gallina—. Te lo dije. Yo siempre consigo lo que quiero. No hay trampa, no hay plan que se me escape. Y ahora estás aquí, justo donde quería que estuvieras.
Se acercó a ella paso a paso, sin prisa, disfrutando de verla tensarse, de ver cómo apretaba los puños a los costados.
—Pensaste que podías huir —siguió diciendo, deteniéndose a solo unos centímetros de ella, lo suficiente para que sintiera su calor—. Pensaste que podías cerrar la puerta y olvidarme. Pero el destino no se equivoca, y yo tampoco. Sabía que volverías a mí.
—No he vuelto por ti —le espetó ella, apartándose un poco con brusquedad, dejando claro su enfado—. Estoy aquí por mi esposo, por la vida que queremos construir juntos. Solo estaré un año, nada más. No te hagas ilusiones, no pienses que esto significa que he elegido estar contigo. Te odio por lo que hiciste, por obligarnos a esto.
Marco soltó una risa baja, sin inmutarse por sus palabras. Levantó la mano y le rozó suavemente la mejilla con el dorso de los dedos, y aunque ella intentó apartar la cara, no pudo resistir del todo el temblor que le recorrió el cuerpo.
—Odio… deseo… son cosas que se parecen mucho cuando se sienten con tanta fuerza —susurró él, acercándose más hasta que su aliento le rozó los labios—. Tú puedes decir lo que quieras, puedes enfadarte todo lo que quieras, pero tu cuerpo no miente. Mírate: estás temblando, Elisa. No es de miedo. Es porque sigues sintiéndolo. Sigues queriéndome.
—¡No es verdad! —gritó ella, pero la voz se le quebró en la mitad.
—¿Ah no? —murmuró él, y la besó de golpe, sin suavidad, con una urgencia salvaje que la tomó por sorpresa.
Elisa intentó empujarlo, intentó mantener la rabia, recordar todas las razones por las que debía alejarse. Pero el sabor de sus labios, la fuerza con la que la tomaba entre sus brazos, el olor que lo envolvía todo, fue borrando poco a poco su resistencia. Sus manos, que iban a golpearle el pecho, se quedaron apoyadas en él, y luego se aferraron a la tela de su traje, buscando un apoyo que ya no quería soltar. La rabia se mezcló con el deseo, la culpa con el recuerdo de lo bien que se sentía estar con él, y en un instante todo lo demás desapareció.
Marco la alzó en brazos como si no pesara nada y la depositó sobre el escritorio, apartando de un manotazo los papeles, la computadora, el teléfono y todo lo que había encima, dejando que cayera al suelo con un estruendo que no les importó en absoluto. Se colocó entre sus piernas, la atrajo hacia sí y la besó con una pasión animal, desbordada, como si quisiera devorarla entera. No hubo pausas, no hubo preguntas: solo el fuego que llevaban dentro, acumulado durante semanas de separación y de secretos. Sus manos recorrían su cuerpo con una avidez que no conocía límites, y ella respondía con la misma intensidad, olvidando el tiempo, olvidando el lugar, olvidando incluso que fuera de esas paredes existía una vida que se suponía que debía cuidar.
Se entregaron el uno al otro con una furia tierna y salvaje, sobre la madera fría del escritorio, entre el desorden de papeles y objetos caídos, mientras el sol de la mañana entraba por los cristales altos y bañaba sus cuerpos. Fue un encuentro que no necesitó palabras, donde cada roce, cada gemido, cada abrazo fuerte era una forma de decir que a pesar de todo, a pesar de las promesas y los planes, esa atracción era más fuerte que cualquier decisión que hubieran tomado