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17
Capítulo 17. El primer movimiento
Los primeros rayos del sol entraron por la ventana.
Lyra abrió lentamente los ojos.
Durante unos segundos observó el techo de la habitación sin recordar cómo había llegado allí.
Se incorporó de golpe.
—¿Qué...?
Miró a su alrededor.
Recordaba perfectamente haber estado cenando con Conrad.
Después...
Nada.
Solo un enorme vacío.
La puerta se abrió con suavidad.
La señora Carmen entró llevando el desayuno.
—Buenos días, señorita Lyra.
Ella sonrió.
—Buenos días.
Entonces no pudo contener la curiosidad.
—Disculpe...
La anciana dejó la bandeja sobre la mesa.
—¿Sí?
—¿Quién me trajo a la cama?
Carmen ocultó una sonrisa.
—El señor Conrad.
Lyra abrió los ojos.
—¿Él?
—La encontró profundamente dormida en el comedor.
No quiso despertarla.
La señorita se aferró a su ropa como una niña mientras él la cargaba.
Lyra sintió cómo sus mejillas se calentaban.
—¿Yo hice eso?
—Así parece.
Se llevó ambas manos al rostro.
—Qué vergüenza...
La señora Carmen rió con dulzura.
—No se preocupe.
Creo que al señor no le molestó en absoluto.
Después del desayuno, Lyra se quedó sola en la habitación.
Sacó un pequeño cuaderno y comenzó a escribir.
Simon Ardent.
Ese nombre encabezaba la hoja.
Debajo escribió varias preguntas.
¿Qué obtuvo tras mi muerte?
¿Quiénes fueron sus cómplices?
¿Sigue comprometido?
¿Qué secretos oculta?
Cerró lentamente el cuaderno.
—No basta con matarlo...
Sus ojos amatista adquirieron un brillo frío.
—Quiero que pierda todo aquello por lo que me asesinó.
Su fortuna.
Su prestigio.
Su orgullo.
Su sonrisa desapareció.
—Y después...
Haré que me mire a los ojos antes de comprender quién soy.
Cuando descendió al vestíbulo, encontró a Conrad revisando unos documentos.
Él levantó la vista en cuanto ella apareció.
—Buenos días.
—Buenos días.
Conrad dejó los papeles sobre una mesa.
—¿Va a salir?
—Sí.
—¿Puedo preguntar adónde?
Lyra respondió con una pequeña sonrisa.
—A pasear por la ciudad.
Era una mentira a medias.
Su verdadero destino era Simon.
Conrad la observó durante unos segundos.
—Entiendo.
Ella salió de la residencia sin notar que, pocos minutos después, otra figura abandonaba discretamente el lugar.
Conrad.
No pensaba interferir.
Pero tampoco iba a dejarla sola.
Jamás otra vez.
Las calles de la capital estaban llenas de comerciantes y carruajes.
Lyra caminó sin prisa hasta detenerse frente a una elegante cafetería.
Desde allí tenía una vista perfecta de la residencia de los Ardent.
Esperó.
Pacientemente.
Hasta que...
La puerta principal se abrió.
Simon salió vestido con un impecable traje oscuro.
Reía mientras conversaba con dos nobles.
Lyra sintió un nudo en el pecho.
Ahí estaba.
Tan tranquilo.
Tan orgulloso.
Como si nunca hubiera destruido la vida de otra persona.
Respiró hondo.
—Es hora de conocernos... otra vez.
Esperó el momento preciso.
Cuando Simon comenzó a cruzar la calle, Lyra fingió distraerse observando un puesto de flores.
Entonces dio un paso hacia atrás...
Justo en el momento en que él pasaba.
Ambos chocaron.
Los libros que Lyra llevaba entre las manos cayeron al suelo.
—¡Oh!
Simon dio un paso atrás.
—Disculpe, señorita. No la vi.
Lyra levantó lentamente la mirada.
Sus ojos se encontraron.
El corazón de Simon dio un vuelco.
Aquella joven era una completa desconocida.
Y, sin embargo...
Sintió una extraña sensación de familiaridad imposible de explicar.
Mientras él intentaba recordar dónde podía haberla visto, Lyra sonrió con absoluta cortesía.
—No se preocupe.
Fue culpa mía.
A unos metros de distancia, oculto entre la multitud, Conrad observaba la escena con los ojos fijos en Simon.
Su instinto le decía que aquel hombre representaba un peligro.
Y, aunque todavía no conocía toda la verdad...
Estaba preparado para eliminar cualquier amenaza que se atreviera a acercarse a Lyra.