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Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: El límite de la paciencia

El invierno de Londres parecía haberse ensañado con la ciudad, cubriendo las calles con una capa de aguanieve sucia y un viento helado que calaba hasta los huesos. Dentro de la mansión Vance, el ambiente no era mucho más cálido. A pesar de la tregua y el entendimiento que habían alcanzado tras la cena formal, la tensión entre Adrian y Mei había vuelto a escalar, impulsada por un factor que Adrian no lograba controlar: los sutiles e incesantes movimientos de Julian Sterling.

Julian, lejos de darse por vencido tras el rechazo de Mei en la gala, había cambiado de estrategia. Con la astucia de un diplomático experimentado, comenzó a presentarse en los círculos universitarios de Mei. Había organizado conferencias benéficas sobre desarrollo en Asia en el campus, patrocinado foros de debate y, en más de una ocasión, se las había ingeniado para coincidir con ella a la salida de la biblioteca o en los cafés cercanos al claustro. Para el ojo externo, eran simples coincidencias académicas; para Adrian, era una provocación directa a su autoridad y a su cordura.

Cada informe de seguridad que Marcus o Thomas entregaban a Adrian contenía la misma variable: la señorita Zhang ha mantenido una conversación de veinte minutos con Julian Sterling a la salida del campus; el señor Sterling ha escoltado a las señoritas Sofia y Mei a un café en Bloomsbury.

Adrian sentía que un demonio posesivo y oscuro despertaba en su pecho con cada línea leída. La desconfianza que Mei había logrado aplacar con su dulzura volvía a rugir, alimentada por el miedo cerval a que la pureza de la joven fuera corrompida por el encanto superficial de Julian, o peor aún, a que Mei terminara por preferir la calidez y la juventud del diplomático antes que su propia presencia fría y severa.

Aquella tarde de jueves, la tormenta estalló.

Mei regresó a la mansión un poco más tarde de lo habitual. El vestíbulo estaba en penumbra, a excepción de una luz dorada y mortecina que se filtraba desde la puerta entreabierta de la biblioteca de Adrian. En cuanto cruzó el umbral, el silencio sepulcral de la casa le indicó que la tormenta ya la estaba esperando.

Se quitó el abrigo de lana gris y lo colgó con parsimonia en el perchero. Con paso firme y sin una sola pizca de temor, caminó hacia la biblioteca. Al empujar la pesada puerta de madera de roble, se encontró con Adrian.

No vestía su chaqueta sastre. Llevaba una camisa negra de seda con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos, revelando la tensión rígida en sus antebrazos. Estaba de pie junto al gran ventanal que daba a los jardines traseros, con un vaso de cristal de roca en la mano que contenía un dedo de whisky ámbar. No bebía; solo observaba caer la lluvia helada contra el cristal.

Cuando Mei entró, Adrian no se giró de inmediato, pero sus hombros se tensaron aún más.

—Llegas tarde, Mei —dijo Adrian. Su voz era un susurro dangerously bajo, áspero y cargado de una vibración helada que llenó la estancia.

—El tráfico de la tarde estaba complicado por la lluvia, Adrian —respondió ella con su habitual tono pacífico, dando unos pasos hacia el centro de la habitación—. Y nos detuvimos a tomar un té para resguardarnos del frío.

Adrian se giró despacio. Sus ojos grises, usualmente impenetrables, brillaban con una furia contenida que rozaba lo salvaje. Dio un paso hacia adelante, dejando el vaso de whisky sobre la mesa de caoba con un golpe seco que hizo tintinear el cristal.

—¿"Nos" detuvimos? —repitió Adrian, saboreando la palabra con evidente amargura—. ¿Quiénes exactamente, Mei? Porque según el reporte de Marcus, no solo estabas con Sofia. Julian Sterling las acompañaba. Nuevamente.

Mei sostuvo la mirada de Adrian sin parpadear. El agua estancada de sus ojos oscuros no se alteró ante la tormenta que emanaba del empresario.

—Sí. Julian estaba en el campus para una charla y se ofreció a acompañarnos. Hacía demasiado frío afuera y fue un gesto de cortesía por su parte. No veo el inconveniente.

—¡El inconveniente soy yo, Mei! —bramó Adrian, perdiendo por completo la paciencia que tanto se esforzaba en fingir. Dio tres pasos rápidos y rompió la distancia entre ellos, deteniéndose a escasos centímetros de ella. Su imponente presencia física se cernió sobre la joven como una sombra amenazante—. ¡Te he dicho mil veces que los Sterling no son de fiar! Julian no te está buscando por "cortesía académica". Está usando su posición para acercarse a ti, para alejarte de esta casa, para usarte como un peón en sus propios juegos de poder. ¡Y tú pareces caminar directo a su trampa con una ingenuidad que me desespera!

Mei dio un medio paso hacia atrás, no por temor, sino para poder mirarlo a los ojos con mayor claridad. Su rostro, habitualmente dulce, se transformó en una máscara de indignación fría.

—¿Ingenuidad? —preguntó Mei, y por primera vez, un matiz de desprecio sutil se filtró en su voz—. ¿De verdad sigue pensando que soy tan tonta, Adrian? ¿Después de todo lo que he demostrado, sigue creyendo que soy una niña tonta que se deja manipular por cualquiera?

—¡Estás saliendo con él casi a diario! —insistió Adrian, con la mandíbula tan apretada que las venas de su cuello se marcaban con claridad—. Te he visto sonreírle. He visto cómo permites que te toque el brazo, cómo aceptas sus invitaciones. ¡No me digas que no estás jugando a su juego!

Mei dejó escapar una risa corta, desprovista de toda alegría. Era una risa herida, que cortó el aire de la biblioteca como un trozo de vidrio.

—¿Con qué derecho, Adrian? —preguntó ella, levantando el tono de su voz por primera vez desde que había llegado a Londres—. ¿Con qué derecho me cuestionas de esta manera? ¿Con qué derecho me exiges explicaciones sobre con quién hablo, con quién tomo el té o con quién camino por la universidad?

—Soy el dueño de esta casa y el responsable de tu seguridad en este país —replicó Adrian, intentando aferrarse a su lógica empresarial y de tutor, aunque su voz temblaba por la intensidad de la emoción.

—¡No me vengas con tu papel de tutor protector! —le espetó Mei, dando un paso firme hacia él, acortando la distancia por voluntad propia. Sus ojos oscuros centellearon con una fuerza que hizo que Adrian diera un respingo invisible—. No tienes ningún derecho sobre mí. Desde el primer día que pisé esta casa, me has tratado con hostilidad, con sospecha y con desprecio. Me has mirado como si fuera una intrusa, una molestia que debías tolerar solo por el capricho de tu hermana. Me has vigilado como a una prisionera en lugar de tratarme como a una invitada.

Adrian abrió la boca para replicar, pero Mei no le dio tregua. Las palabras que había contenido durante semanas fluyeron con la fuerza de un río desbocado.

—Me has llamado "niña indefensa", has dudado de mi intelecto, has permitido que tu prometida implícita intentara humillarme en tu mesa sin mover un dedo hasta que yo misma tuve que defenderme. Y ahora, cuando decido tener una vida social normal, cuando acepto la cortesía de alguien que —al menos en la superficie— se toma la molestia de hablarme con amabilidad y respeto, ¡vienes a gritarme y a exigirme cuentas como si fuera de tu propiedad! ¿Quién te crees que eres, Adrian Vance?

Cada palabra de Mei era un golpe directo al pecho de Adrian. Sentía que la verdad de sus acusaciones lo desarmaba por completo, desnudando su egoísmo y sus propios errores. Era cierto. La había tratado mal. Había usado su hostilidad como un escudo para protegerse de la innegable atracción que ella le provocaba desde el primer segundo. Había intentado mantenerla a distancia tratándola con desprecio porque temía que, si bajaba la guardia, ella se convertiría en su mayor debilidad.

Y ahora, esa debilidad estaba frente a él, hermosa en su furia, con las mejillas encendidas por la indignación y los labios temblando de rabia.

—¡No entiendes nada, Mei! —dijo Adrian con la voz rota, dando un paso más, quedando tan cerca que podía sentir el aire caliente de su respiración en su propio rostro—. ¡No lo hago por mi papel de tutor! ¡No lo hago porque seas la invitada de Sofia!

—¿Entonces por qué lo haces? —le exigió saber ella, mirándolo con un desafío ardiente—. ¡Dímelo, Adrian! ¡Dímelo de una vez! ¡Dame una sola razón válida para soportar tus celos y tus gritos!

—¡Porque me vuelves loco! —rugió Adrian, perdiendo el control por completo.

El grito pareció drenar todo el aire de la biblioteca. Las manos de Adrian subieron con una velocidad felina, aferrando a Mei por los hombros con una mezcla de desesperación, posesividad y una ternura salvaje que ya no podía contener. Sus dedos se hundieron sutilmente en la suave lana de su suéter.

—Me vuelves loco, Mei —repitió él en un susurro tembloroso, con el rostro a milímetros del suyo—. Cada vez que te veo sonreírle a Julian, siento que me arrancarían el pecho. Cada vez que sales de esta casa y no sé si vas a volver, no puedo respirar. Te he tratado mal porque he intentado por todos los medios no sentir esto por ti. He intentado convencerme de que eres una molestia, una niña, cualquier cosa... porque el solo hecho de tenerte cerca me destroza la cordura.

Mei se quedó paralizada bajo su agarre. La furia en sus ojos oscuros se disipó de golpe, reemplazada por una vulnerabilidad tan intensa que pareció reflejar el alma misma de Adrian. Sintió el calor de las manos de él sobre sus hombros, la agitación salvaje de su pecho tan cerca del suyo, y el aroma a whisky y lluvia que emanaba de él.

Adrian bajó la mirada a sus labios de porcelana. La atracción entre ambos en ese espacio iluminado por el fuego de la chimenea era una fuerza gravitacional insoportable. Adrian se inclinó despacio, impulsado por un deseo que llevaba semanas reprimiendo. Quería besarla. Quería borrar el nombre de Julian de su mente, quería reclamar esos labios y fundir la frialdad de su mundo con el calor de la joven.

Mei entornó los ojos, sin apartarse, esperando el impacto del contacto que ambos anhelaban con la misma desesperación.

Las respiraciones de ambos se mezclaron. La distancia era de apenas un milímetro. Adrian podía sentir el calor húmedo de su boca.

Y entonces, a un suspiro de distancia, Adrian se detuvo.

La mandíbula de él se tensó de tal manera que pareció que iba a romperse. Sus ojos grises, fijos en los oscuros de Mei, se llenaron de una súbita y dolorosa claridad.

La diferencia de edad. Sus mundos opuestos. Su papel como el hombre que debía protegerla y no aprovecharse de su estancia en su casa. Él era un hombre de treinta y cinco años, curtido por la guerra, los negocios y las cicatrices de la vida; ella era una estudiante de veinte años que apenas estaba comenzando a descubrir el mundo. Besar heriría su pureza. Lo convertiría en el monstruo desconfiado y egoísta que tanto temía ser.

Con un gemido sordo de puro dolor y frustración, Adrian soltó los hombros de Mei y dio dos pasos rápidos hacia atrás, dándole la espalda. Se pasó una mano por el cabello oscuro, desordenándolo, mientras respiraba de manera agitada, intentando recuperar el control de su propio cuerpo.

—No... no puedo hacer esto —susurró Adrian, con una voz rota que delataba la batalla interna que acababa de librar—. No tengo derecho... Eres demasiado joven, Mei. Tienes un futuro brillante por delante, un mundo entero que explorar. Yo... yo soy un hombre con demasiadas sombras. No puedo arrastrarte a mi oscuridad. No puedo hacerte esto.

Mei permaneció inmóvil en el centro de la biblioteca. Sus labios aún conservaban el calor de la respiración de él, y su pecho subía y bajaba con agitación. Miró la espalda rígida de Adrian, dándose cuenta de que la barrera que los separaba no era el veneno de Victoria, ni la presencia de Julian. Era el propio miedo de Adrian a no ser lo suficientemente bueno para ella.

Despacio, con la elegancia tranquila que la caracterizaba, Mei se acomodó el cuello de su vestido. Sus ojos oscuros volvieron a llenarse de esa sabiduría pacífica que era su mayor fortaleza.

—La edad es solo un número, Adrian —dijo ella en un susurro suave que cortó la penumbra de la habitación—. Y la oscuridad solo existe si decides no dejar entrar la luz. No soy una niña que necesite que decidan por ella lo que es correcto o lo que es peligroso.

Dio media vuelta y caminó hacia la salida de la biblioteca. Justo antes de cruzar el umbral, se detuvo por un segundo, sin mirarlo.

—Pero si prefieres seguir escondiéndote detrás de tus muros y de tus miedos... entonces respetaré tu decisión. Buenas noches, Adrian.

La puerta de la biblioteca se cerró con un suave chasquido metálico.

Adrian se quedó solo en la inmensidad de la habitación, con el crepitar de los leños en la chimenea como único sonido. Se volvió hacia la mesa de caoba, tomó el vaso de whisky y lo bebió de un solo trago, sintiendo que el fuego del alcohol no era nada comparado con el incendio que Mei Zhang había desatado para siempre en su interior.

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