Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 5
Isadora se mudó en menos de una semana.
No fue una mudanza romántica, ni cargada de simbolismos. No hubo despedidas largas, ni miradas hacia atrás. Solo cajas organizadas con eficiencia y un sentimiento extraño de ligereza mezclado con el miedo. Como quien salta sin saber si el suelo estará allí cuando los pies toquen el suelo.
El apartamento nuevo era temporal, proporcionado por la empresa. Amplio, silencioso, con ventanas demasiado grandes para alguien que aún estaba aprendiendo a ocupar espacio otra vez. En la primera noche, Isadora caminó por las habitaciones vacías sintiendo el eco de sus propios pasos.
No había recuerdos allí. Y eso, sorprendentemente, no dolía.
El trabajo pasó a llenar sus días con una intensidad casi terapéutica. Reuniones, decisiones, plazos. Personas que la escuchaban sin cuestionar su presencia. Que respetaban sus ideas sin reducirlas a emociones.
Miguel Montenegro estaba siempre allí. No físicamente todo el tiempo, pero presente de una forma constante. Observando. Evaluando. Interviniendo solo cuando era necesario.
Él no era gentil en el sentido común de la palabra. No ofrecía elogios fáciles, ni hacía preguntas personales. Pero había algo sólido en su postura. Una previsibilidad que Isadora comenzaba a valorar más que cualquier demostración vacía de afecto.
Aquel viernes, Miguel la llamó para cenar.
— Necesitamos conversar fuera de aquí — dijo, al final del expediente. — Sin teléfonos. Sin interrupciones.
Isadora vaciló por un segundo.
— ¿Es sobre el proyecto?
— En parte — respondió él.
El restaurante era discreto, elegante sin ostentación. Luz baja. Mesas bien espaciadas. Un lugar donde conversaciones importantes sucedían en tono bajo.
Miguel aguardaba de pie cuando ella llegó.
— Gracias por aceptar — dijo, jalando la silla para ella.
Isadora se sentó, observándolo con atención. Él parecía el mismo hombre controlado de siempre, pero había algo diferente en su mirada aquella noche. Un cansancio contenido. Una tensión silenciosa.
La cena comenzó con comentarios neutros. El avance del proyecto. Ajustes de cronograma. Personas estratégicas. Isadora se sentía cómoda en aquel territorio.
Fue Miguel quien cambió el rumbo de la conversación.
— No suelo mezclar lo personal con lo profesional — dijo, tras un breve silencio. — Pero hay situaciones en las que esa línea simplemente deja de existir.
Isadora mantuvo la mirada atenta.
— Imagino que esta es una de esas situaciones.
— Lo es — él confirmó.
Miguel apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos.
— Sé que has pasado por algo difícil — dijo. — No necesito detalles. No importan.
Isadora sintió un leve apretón en el pecho. La forma en que él decía aquello no sonaba como indiferencia, sino como respeto.
— Lo que importa — continuó él — es que estás en un momento de ruptura. Y yo también.
Ella arqueó levemente la ceja.
— No lo parecía.
Miguel soltó una sonrisa breve, sin humor.
— Las apariencias suelen engañar.
Él respiró hondo, como si estuviera organizando pensamientos que no eran simples.
— Mi familia está presionando por un matrimonio — dijo, sin rodeos. — Hay cuestiones empresariales, políticas internas, expectativas antiguas. No me interesa explicar todo. Solo sepas que es real.
Isadora permaneció en silencio.
— Tú, por otro lado — continuó él — necesitas estabilidad. Espacio. Tiempo. Y, sobre todo, distancia de lo que te hirió.
Ella sintió el corazón acelerar.
— ¿Adónde quieres llegar, Miguel?
Él sostuvo la mirada de ella con firmeza.
— Quiero proponer un acuerdo.
La palabra resonó entre ellos.
— Un matrimonio — completó él.
Isadora parpadeó, segura de que había entendido mal.
— Disculpa… ¿qué?
— Un matrimonio arreglado — dijo Miguel, sin alterar el tono. — Legal. Público. Con reglas claras. Sin ilusiones.
Isadora soltó una risa corta, nerviosa.
— Estás hablando en serio.
— Absolutamente.
Ella se recostó en la silla, sintiendo la mente girar.
— ¿Por qué yo?
— Porque no esperas amor — respondió él. — Y porque no puedo ofrecer eso ahora.
La honestidad cruda de la frase la desarmó.
— Me respetas — continuó él. — No te debo explicaciones emocionales, ni tú a mí. A cambio, ofrezco protección, estabilidad y libertad dentro de límites definidos.
Isadora lo encaró por largos segundos.
— ¿Y qué ganas tú con eso?
— Paz — respondió él. — Y tiempo.
Ella respiró hondo.
Todo aquello sonaba absurdo. Frío. Calculado. Y, aun así, extrañamente seguro.
— Te das cuenta de que esto parece locura — dijo.
— Perfectamente — Miguel respondió. — Pero locura suele ser esperar que personas heridas tomen decisiones convencionales.
El silencio que se siguió fue pesado.
Isadora pensó en Henrique. En la forma en que él la había hecho sentir pequeña mientras decía amar. Pensó en la humillación, en el pedido constante para ser comprensiva.
Miguel no pedía comprensión.
Él ofrecía elección.
— ¿Cuáles serían las reglas? — preguntó, finalmente.
Algo brilló en la mirada de él.
— Respeto absoluto — comenzó. — Ninguna invasión emocional. Ninguna obligación íntima. Apariencia pública de una pareja funcional. Y la libertad de salir del acuerdo si uno de nosotros quiere, con aviso previo.
Isadora tragó en seco.
— ¿Y si… — vaciló. — ¿Y si sentimientos surgieran?
Miguel la observó con atención.
— Entonces lidiaremos con ellos como adultos — respondió. — O cerraremos el acuerdo.
Ella asintió lentamente.
Cuando salió del restaurante aquella noche, Isadora sentía el peso de la propuesta en los hombros. No era un cuento de hadas. No era amor.
Pero tampoco era humillación.
Sola en el apartamento, se sentó en el sofá y cerró los ojos. Desde que dejara a Henrique, sintió algo próximo a control.
Tal vez aquel acuerdo no fuera una fuga.
Tal vez fuera el comienzo de algo que ella aún no sabía nombrar.
Y, sin percibir, Isadora comenzó a entender que no todo recomienzo viene envuelto en promesas.
Algunos vienen en forma de elección fría, clara y necesaria.