Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 20
Verla ahí de pie, sosteniendo esa tarjeta de seda negra con tanta emoción en su rostro, por esas estúpidas flores, me encendió la sangre. Escucharla leyendo en voz alta el nombre de Christian Dumont fue como si me clavaran un puñal directo en el orgullo. Mi mente, que ya venía arrastrando el cansancio de una noche en vela en el hospital y la humillación de ver a mi madre derrotada, simplemente colapsó. Los celos salvajes, posesivos y viscerales me nublaron la vista.
No me aguanté. En cuanto Lucía y los repartidores salieron del despacho presidencial, di tres pasos furiosos hacia la entrada. Agarré la pesada puerta, le pasé el candado con un golpe seco que resonó en todo el piso y, aunque las imponentes paredes y divisiones eran de cristal, me importó poco. Con movimientos violentos y bruscos, jalé las cortinas automatizadas, cerrándolas por completo para que nadie, absolutamente nadie del personal, pudiera ver lo que estábamos a punto de hablar. Nos quedamos en una penumbra tensa, iluminados solo por la luz suave que se colaba por los bordes.
Me giré hecho una fiera, encarándola. Hellen ni siquiera se había mutado; permanecía apoyada contra su nuevo escritorio de cristal, mirándome con esa maldita tranquilidad majestuosa.
—¡¿Se puede saber qué demonios te traes con Dumont?!
Le grité, acercándome a ella hasta invadir su espacio, con la respiración agitada y los puños temblando
—¡¿Qué te pasa, Hellen?! ¡¿Por qué carajos aceptas flores de ese hombre el primer día de tu presidencia en mi fábrica?!
Hellen soltó una risa suave, un sonido gélido que me encajonó aún más. Dejó la tarjeta sobre el escritorio y me sostuvo la mirada con esos ojos felinos que me ponían de rodillas.
—Gerson, no tienes absolutamente ningún motivo para celarme
respondió con una calma exasperante
—A pesar de que estamos casados, tú sabes perfectamente que solo es por ese papel. Ante el mundo somos esposos, pero la realidad es que soy una mujer libre. Y como mujer libre, puedo hacer y recibir detalles de quien a mí me dé la gana.
Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría, destrozándome por dentro. Ella hablaba con una frialdad matemática, pero detrás de esa máscara de hierro, el corazón de Hellen latía a un ritmo desbocado. Por primera vez, pude ver cómo sus ojos me miraban, con deseo en su interior flaqueaba ante mi cercanía; Hellen estaba comenzando a sentir cosas reales y profundas por mí, un deseo que la asustaba y que, por orgullo, no se podía permitir decirme.
Pero yo solo escuché su rechazo, y eso me volvió loco.
—¡No eres libre, Hellen!
le reclamé, dándole un paso más, acorralándola contra el borde del escritorio
—Estás casada conmigo, llevas mi apellido y me debes respeto. No voy a tolerar que te comportes de esta manera, exhibiéndote y aceptando el cortejo de otro hombre en mis narices.
Hellen enderezó la espalda, clavando sus ojos hermosos en los míos. Su postura empoderada no cedió ni un milímetro, y una chispa de provocación brilló en su mirada.
—¿Ah, sí?
soltó con voz de suave, desafiándome
— ¿Cómo te atreves a celarme o a reclamarme algo, Gerson, si tú nunca me has tocado? Tenemos tanto tiempo de casados y ni siquiera te has dignado a tocarme como tu mujer. ¿Con qué derecho vienes a exigir fidelidad de cuerpo y mente?
Ese reclamo me dio directo en el centro de mi hombría. Me enfurecí por completo. La acusación flotó en el aire de la oficina, encendiendo una chispa que hizo arder toda la frustración, el deseo acumulado y la obsesión que me venía asfixiando desde hacía semanas. Nos miramos fijamente, respirando el mismo aire atrapado. Ella me miraba con un reto ardiente y yo la miraba con una necesidad hambrienta. La tensión se transformó en una pasión salvaje, incontrolable, que rompió cualquier rastro de cordura.
No lo pensé. Di el último paso, la tomé por la cintura con rudeza y la pegué a mi cuerpo mientras ponía mis labios contra los suyos.
El impacto fue brutal. Esperaba que me abofeteara, pero Hellen soltó un jadeo y me devolvió el beso con la misma intensidad devoradora. Nos besamos apasionadamente en medio de la penumbra del despacho, una entrega desesperada donde mis manos se enredaron en su cabello y su boca me reclamó con la misma fuerza que yo a ella. Fue un choque de reyes, una rendición absoluta al fuego interno que nos estaba consumiendo en secreto.
De pronto, Hellen reaccionó. Apoyó sus manos firmes en mi pecho y, ejerciendo una fuerza sorprendente, me quitó de encima, rompiendo el beso. Estaba respirando agitada, con los labios rojos y encendidos, pero sus ojos recuperaron la frialdad de inmediato.
—Por favor... no vuelvas a hacer eso
Me dijo, acomodándose el traje sastre con dedos temblorosos, tratando de recuperar su dominio propio
—Estamos en mi área de trabajo, Gerson. Respétame.
La mezcla de adrenalina y rechazo me hizo reír con amargura. La miré, frustrado, sintiendo que me volvía a encajonar.
—¿Por qué me hablas así, Hellen?
le reclamé, con la voz ronca por la pasión
—Eres mi esposa. Yo puedo hacer contigo lo que yo quiera.
Hellen me miró desde su altura, con una dignidad aplastante que me heló la sangre y me demostró quién gobernaba realmente el lugar.
—No, Gerson. Te equivocas
sentenció, mirándome con un desprecio sutil pero letal
—Yo no soy un objeto de tu propiedad para que digas que soy tuya y que puedes hacer lo que quieras conmigo. Grábate esto en la cabeza: tú no puedes hacer lo que tú quieras... tú solo puedes hacer lo que yo te permita.
Me quedé mudo, congelado en medio de la oficina, viendo cómo se daba la vuelta para regresar a su silla presidencial, dejándome completamente derrotada la soberbia y atrapado en su red.
En mi mente solo pensaba, en sus labios, como podía volver a besarlo.
> ¿Creen que Gerson aguante la distancia después de probar sus labios?