Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Decepción
Cuando Vesta regresó a la Mansión Dupont aquella noche, todavía sentía el corazón acelerado.
Por la discusión.
Por el beso impulsivo que aún le avergonzaba recordar.
Y porque, sinceramente...
Ya no tenía idea de qué estaba haciendo con su vida.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal.
La doncella la ayudó a bajar.
—¿Señorita?
Vesta suspiró.
—¿Sí?
—¿Entonces ya no se irá a Mercia?
Vesta se quedó inmóvil.
Y respondió con una sinceridad poco habitual incluso para ella.
—No lo sé.
La doncella parpadeó.
—¿No lo sabe?
—Hace dos días estaba segura.
Miró hacia la mansión.
—Ahora...
Se llevó una mano al pecho.
—Ahora sólo estoy confundida.
Y, por primera vez desde que había despertado como Vesta Dupont, aquella respuesta le pareció suficiente.
No saber también era una respuesta temporal.
El conde Vance Dupont la recibió esa misma noche.
—Padre.
—Vesta.
Ella tomó asiento frente a él.
Y respiró profundamente.
—He decidido que no viajaré a Mercia.
El silencio llenó el despacho.
Vesta esperó.
Una pregunta.
Una reprimenda.
Una discusión.
Pero lo que encontró la sorprendió.
Decepción.
Fue leve.
Muy breve.
Sin dureza.
Pero estaba allí.
El conde desvió la mirada hacia los documentos de su escritorio.
—Entiendo.
Y eso fue todo.
No hubo enojo.
No hubo gritos.
Pero Vesta sintió un pequeño dolor en el pecho.
Porque entendió exactamente lo que él estaba pensando.
Había creído que ella había madurado.
Que finalmente tomaba decisiones firmes.
Que había encontrado un propósito.
Y ahora...
Parecía estar cambiando de opinión nuevamente.
Como la Vesta caprichosa de siempre.
—Padre, yo...
Abrió la boca.
Y volvió a cerrarla.
¿Cómo podía explicarlo?
¿Que un duque absurdamente atractivo había descubierto su secreto?
¿Que la había amenazado?
¿Que después discutieron sobre contratos matrimoniales?
¿Que negociaron escuelas, independencia económica y acceso privilegiado a los chismes aristocráticos?
¿Y que finalmente ella lo había besado en medio de una discusión?
Vesta sintió deseos de desaparecer.
—Yo...
Vance levantó la mirada.
—No tienes que justificarte.
Aquello la hizo sentir peor.
—Sólo espero que hayas pensado bien tu decisión.
La voz del conde era tranquila.
—La vida no siempre permite cambiar de rumbo constantemente.
Vesta bajó la mirada.
—Lo sé.
Y por primera vez desde que regresó...
Se sintió un poco culpable.
Porque su padre confiaba en ella.
Y ni siquiera ella entendía completamente qué estaba ocurriendo entre ella y el duque Reed.
Cuando salió del despacho, apretó los puños.
[Esto es tu culpa.]
Pensó inmediatamente en cierto duque moreno.
[Guapo.]
Apretó más fuerte.
[Y estúpido.]
Frunció el ceño.
[Y arrogante.]
Se cruzó de brazos.
[Y atractivo.]
Se detuvo en seco.
[Lo odio un poco.]
Y entonces añadió con decisión..
[Y voy a vengarme.. por el rostro de decepción de mi padre]
A la mañana siguiente...
La Mansión Dupont despertó en un completo caos.
—¿Qué ocurre?
—¡Han llegado flores!
—¿Flores?
—¡Muchas flores!
Vesta, todavía medio dormida, bajó las escaleras.
Y se quedó inmóvil.
Rosas rojas.
Decenas.
No.
Centenares.
Arreglos florales elegantemente preparados.
El salón principal parecía haber sido invadido por el jardín del Ducado Reed.
El mayordomo sostenía una tarjeta con expresión tensa.
La entregó al conde.
Vance Dupont la leyó.
Su expresión empeoró.
—¿Padre?
El hombre levantó lentamente la vista.
Y miró a su hija.
Luego miró las rosas.
Después volvió a mirar a su hija.
—Son del duque Reed.
El salón quedó completamente en silencio.
Vesta abrió mucho los ojos.
[¿Flores?]
[¿Flores?]
[Awwwww]
[Ternurita]
[¡ME ENVIÓ FLORES!]
Su corazón hizo una voltereta.
Mientras tanto, el conde parecía cada vez menos impresionado.
—No me gusta.
Vesta volvió a la realidad.
—¿Qué?
—No me gusta.
La respuesta fue inmediata.
El conde dejó la tarjeta sobre la mesa.
—El duque Reed tiene mal carácter.
Vesta abrió la boca.
Y la cerró.
[Bueno.. es cierto..]
[No está equivocado.]
—Además...
El hombre frunció ligeramente el ceño.
—Es mayor.
—Padre...
—Mucho mayor.. 10 o 12 años mas que tú..
Vesta hizo un pequeño puchero.
—No tanto.
—Es mayor que mis dos hijos.
Ella parpadeó.
—Padre.
—¿Sí?
—No es mucha diferencia..
El conde suspiró.
—No son solo los años, es la experiencia en la vida..
Vesta observó a su padre.
Y comprendió algo importante.
Él no estaba pensando como un noble.
Estaba pensando como un padre.
Veía a su hija menor.
Consentida.
Impulsiva.
Emocional.
Y frente a ella...
Veía a un hombre poderoso.
Mayor.
Temido.
De carácter difícil.
Un hombre acostumbrado a imponer su voluntad.
¿Cómo no iba a preocuparse?
Vesta miró nuevamente las rosas.
Tan rojas que parecían una extensión del propio Ducado Reed.
Y luego recordó..
El fuego.
Las amenazas.
La espera de una hora.
El contrato absurdo.
Los celos.
Las disculpas.
Y aquel hombre admitiendo, torpemente, que intentaría cortejarla.
Bajó la mirada.
Y las mejillas comenzaron a sonrojársele.
Porque...
Por primera vez desde que llegó a este mundo...
Alguien estaba intentando conquistarla.
No por obligación.
No por conveniencia.
No porque fuera la hija de un conde.
Sino porque, aparentemente...
Le gustaba exactamente como era.
Loca.
Chismosa.
Gritona.
Caprichosa.
Compasiva.
Y completamente impredecible.
El conde observó el rubor de su hija.
Y sintió que comenzaba un dolor de cabeza.
—Vesta.
—¿Sí?
—No te enamores sólo porque un hombre te envía flores.
Ella levantó la mirada.
Y respondió con absoluta sinceridad..
—Padre.
—¿Qué?
—No son sólo las flores.
Vance se tensó.
—Eso no mejora las cosas.
Vesta bajó la mirada hacia las rosas.
Y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Porque sí.
El duque Reed era insoportable.
Controlador.
Intimidante.
Y había hecho muchas cosas que aún debía compensar.
Pero también...
Había escuchado todas sus condiciones.
Había aceptado reescribir su horrible contrato.
Y había enviado flores.
Después de que ella le dijera específicamente que empezara con flores.
Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de Vesta.
[Así que sí escuchaste, atractivo león rojo.]
Miró las rosas.
Luego al preocupado conde Dupont.
Y finalmente pensó, con una satisfacción inmensa:
[Bien.]
[Primer paso del cortejo completado.]
Y después sonrió peligrosamente.
[Pero eso no significa que ya te perdoné.]
[Porque todavía pienso vengarme por haberme hecho llorar, pasar frío y amenazarme.]
El pobre conde Dupont observó a su hija sonrojada frente a las flores del duque Reed.
Y sintió que el verdadero problema no era que el duque tuviera mal carácter.
El verdadero problema era que su hija parecía estar divirtiéndose muchísimo más de lo que debería con todo aquel desastre.