Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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La jugada "maestra" de Julián
Adrián salio de la habitación dejando una carpeta sobre la mesa de la suite. Era una carpeta de cuero negro que contenía mi nueva vida, pero lo que más me llamó la atención fue el recorte de un edicto judicial de un periódico de circulación local de la ciudad, fechado seis meses después de mi "accidente".
—¿Qué es esto? —pregunté, señalando el papel.
Adrián, que estaba de pie junto al ventanal observando el piasaje de la ciudad, se giró con una sonrisa gélida.
—Es el regalo de divorcio de tu exmarido —respondió—. Julián no podía esperar los años que exige la ley para declararte muerta por presunción si quería disponer de tus tierras de inmediato. Así que sus abogados hicieron una jugada magistralmente sucia: presentaron una demanda de divorcio por abandono voluntario del hogar.
Sentí una punzada de indignación en el pecho.
—¿Abandono? Él me empujó por un barranco.
—Lo sé. Pero ante el juez, él presentó "testigos" y pruebas falsificadas de que habías huido del país con un amante desconocido, llevándote joyas y efectivo. Como nunca te presentaste a las audiencias —obviamente, porque estabas en coma en esta clínica—, el juez dictó sentencia a su favor. El matrimonio Ferrara-San Román fue disuelto legalmente hace dieciocho meses.
Tomé el documento, sintiendo una mezcla de asco y una extraña liberación. Julián, en su afán por borrarme y quedarse con mi herencia, me había otorgado la libertad legal que necesitaba. Al divorciarse de una "Elena" que supuestamente estaba viva en algún lugar del mundo, él mismo cerró el expediente.
—Entonces, legalmente estoy soltera —murmuré.
—Lo estabas —corregió Adrián, acercándose y extendiéndome otro documento: nuestro certificado de matrimonio—. Hasta que firmaste esto. Como el divorcio de Julián ya era una sentencia firme y pública, nuestro matrimonio es cien por ciento legal. Eres Alix Thorne de Valenzuela. No hay bigamia, no hay irregularidades. Julián Ferrara te liberó para que yo pudiera convertirte en mi esposa y en su peor pesadilla.
Cerré los ojos, asimilando la magnitud de la ironía. Julián creía haber cometido el crimen perfecto y haber limpiado su rastro legal, sin saber que solo estaba pavimentando el camino para que su "víctima" regresara protegida por el apellido de su mayor enemigo.
—Dos años, Adrián —dije, mirándolo fijamente—. He pasado dos años reconstruyendo mi rostro, aprendiendo leyes, finanzas y contabilidad forense. He dejado de llorar por el hijo que me arrebató. Estoy lista.
Adrián asintió, su mirada cargada de esa oscuridad que ahora me resultaba familiar y reconfortante. Caminó hacia un maletín y sacó un pasaporte canadiense. Lo abrió y me lo mostró.
—Elena San Román es una mujer que huyó y desapareció en el olvido, según los registros de Julián. Pero Alix Thorne es una inversionista implacable, nacida en Toronto, educada en Harvard y experta en adquisiciones hostiles. A partir de mañana, Thorne & Co. —mi empresa fachada— anunciará su interés en comprar la deuda de los Hoteles Ferrara.
Me levanté, sintiendo el peso de mi nueva identidad. Ya no me dolía el rostro. Ya no me temblaban las manos.
—Él se quedó con mis tierras usando ese divorcio falso —dije, con una voz que sonaba como el acero chocando contra el mármol—. Mañana empezaré a cobrárselas, hectárea por hectárea.
—Hay una gala mañana en el Club Náutico —comentó Adrián, observando mi reacción—. Julián y Sofía celebran su segundo aniversario de "liberación". Es el escenario perfecto para que Alix Thorne haga su aparición en sociedad. ¿Puedes manejarlo? ¿Puedes mirarlo a los ojos sin quebrarte?
Me miré en el espejo una última vez. La mujer que veía no tenía nada de la arquitecta que cocinaba para su suegra y esperaba con ilusión un aniversario. Esta mujer tenía el alma blindada.
—No voy a quebrarme, Adrián. Voy a disfrutar viendo cómo se le escapa el aire cuando me vea. No me reconocerá por el rostro, pero haré que mi presencia le provoque el mismo escalofrío que siente un hombre cuando camina sobre su propia tumba.
Adrián me tomó de la mano, no con ternura, sino con la firmeza de un hombre de negocios que confía en su mejor adquisición.
—Entonces, que empiece el espectáculo, señora Valenzuela. El mundo no sabe lo que le espera.
Antes de salir de la suite volvi a ver en el espejo mi nuevo reflejo. Esa mujer que estaba viendo no era ni la sombra de Elena San Román. El rostro que me devolvía la mirada era más anguloso, con pómulos más definidos y una mirada que ya no albergaba rastro de ingenuidad. La cirugía reconstructiva y el tiempo habían hecho su trabajo, pero el cambio más profundo estaba detrás de mis ojos.
Había perdido a mi bebé. Había perdido mi nombre. Pero bajo la tutela de Adrián Valenzuela, el hombre que me rescató aquella noche y el mayor enemigo comercial de los Ferrara, me había convertido en lo que estaba viendo ahora.
—¿Estás lista, Alix? —preguntó Adrián, observandome fijamente.
Me ajusté el reloj de pulsera, el mismo modelo que una vez quise regalarle a Julián, pero este era mío, comprado con mi propio esfuerzo y el capital que Adrián me ayudó a multiplicar.
—Julián Ferrara cree que firmara la mayor fusión de su vida —dije, acariciando mi nuevo rostro—. No sabe que lo que firmara sera su sentencia de muerte, él vivira en carne viva todo lo que me hizo pasar.
—Te reconocerá —advirtió Adrián.
—No —sonreí con una frialdad que me habría asustado años atrás—. Julián nunca miró a Elena a la cara lo suficiente como para reconocer su alma en una extraña. Para él, yo solo era un trámite. Ahora, yo seré su ruina. Ahora seré quien arruine no solo sus empresas, sino, también su cordura.
—Recuerda que existe Sofía y ella debe conocerte muy bien.
—Lo sé, pero para ella tengo algo muy especial. Además, nadie le creerá si llega a decir quien soy, pensarán que está loca y que el remordimiento por casarme con el esposo de su amiga no la deja vivir en paz.
Adrián me miro con ojos de admiración y por un instante senti algo por él, lo cual enterré rápidamente, pues el amor habia muerto para mí.