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LA JAULA DE ESMERALDA

LA JAULA DE ESMERALDA

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro
Popularitas:923
Nilai: 5
nombre de autor: NATALIA ORTEGA

El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?


.Confirmo que soy la autora, la autora de esta obra y poseo todos los derechos de autor,

.Estoy de acuerdo con los terminos de MangaToon.

NovelToon tiene autorización de NATALIA ORTEGA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

16. EL CHANTAJE DE SU PADRE.

La puerta del ático quedó abierta.

Pero Emiliano no salió en dos días.

Yo tampoco toqué su puerta. Le di su espacio. Le di su guerra. Porque entendí que a veces amar es dejar que alguien se desangre solo para que aprenda a vendarse.

Al tercer día, bajé a desayunar y lo encontré.

No a Emiliano.

A su padre.

Don Ricardo de la Rosa estaba sentado en la cabecera de la mesa. La cabecera de Emiliano. Traje impecable, cabello cano peinado hacia atrás y los mismos ojos grises. Pero los de él no tenían tormenta. Tenían cálculo.

“Esmeralda”, dijo mi nombre como si fuera una cifra en su balance. “Siéntate. Tenemos que hablar.”

Dos guardias estaban en la puerta. No los de Emiliano. Los de él. Más viejos. Más perros.

Me senté. Con la espalda recta. Si el hijo era el monstruo, el padre era quien lo creó. Y no le iba a dar el gusto de verme temblar.

“¿Dónde está Emiliano?”, pregunté, directo. Sin “buenos días”. Sin respeto.

“Mi hijo está atendiendo negocios. Negocios que tú no entiendes.” Tomó su café. Sin prisa. “Yo estoy aquí por ti.”

Dejó la taza. El clink de la porcelana contra el plato sonó a sentencia.

“He visto el contrato”, dijo. Fue al grano. “El del heredero. Sé que no lo firmaste.”

El aire se me fue. ¿Cómo? Solo Emiliano, el abogado, y yo sabíamos de eso.

“Veo todo lo que pasa en esta casa, niña”, sonrió. Sin humor. “Y veo que mi hijo está cometiendo el mismo error que yo cometí hace 30 años.”

“¿Cuál error?”, escupí. “¿Casarse por obligación?”

“Confundir lástima con amor”. Sus ojos se clavaron en mí. “Su madre también tenía esa mirada. De salvadora. De ‘yo lo voy a cambiar’. Y mírala. Se fue con el chofer y un collar de perlas falsas.”

Quise defenderla. A Esmeralda, no. A la mujer del retrato. Pero no tenía argumentos. Solo cartas sin abrir.

“Emiliano es débil contigo”, continuó don Ricardo. “Débil como yo fui con Sofía. Y la debilidad, en esta familia, se paga con sangre. O con empresas.”

Sacó un folder de su portafolio. Lo deslizó por la mesa hacia mí.

“Así que te voy a hacer una oferta. Una sola vez.”

Abrí el folder. Boletos de avión. A mi nombre. Un pasaporte nuevo. Y un estado de cuenta bancario con 5 millones de dólares.

Mi libertad. En papel.

“Te vas hoy”, dijo. “Tomas ese avión. Desapareces de la vida de mi hijo. Y esos 5 millones son tuyos. Libres de impuestos. Para que empieces de cero. Lejos.”

El corazón me golpeó las costillas. Era todo lo que había soñado el día que firmé el contrato de matrimonio. Libertad. Dinero. Vida nueva.

“¿Y si digo que no?”, mi voz salió más firme de lo que me sentía.

Don Ricardo sonrió. Y ahí entendí de quién había heredado Emiliano esa sonrisa de depredador.

“Entonces te hago otra oferta”, dijo. Se inclinó hacia adelante. “Te quedas. Firmas el trato del heredero. Le das un hijo a mi hijo en los próximos 12 meses.”

Se me heló la sangre.

“Y cuando nazca ese niño”, su voz fue un susurro mortal, “tú te vas igual. Con 10 millones. Pero el niño se queda. Con nosotros. Con los de la Rosa.”

El folder tembló en mis manos.

“¿Me está pidiendo que… venda a mi hijo?”, las palabras me quemaron la garganta.

“Te estoy pidiendo que seas inteligente”, me corrigió. “Emiliano nunca te dejará ir por voluntad propia. Está obsesionado. Como yo lo estuve. Y la obsesión destruye imperios. Si te vas ahora, él sufrirá un mes y lo superará. Si te quedas y le das un heredero, aseguras el linaje y luego… puedes ser libre. Todos ganan.”

Todos. Menos yo. Menos un niño que no había nacido.

“Eres un monstruo”, susurré.

“Soy un hombre de negocios”, se levantó. Ajustándose el saco. “Tienes 24 horas para decidir, Esmeralda. 5 millones por irte ahora y dejarlo con el corazón roto… o 10 millones por irte después y dejarlo con un hijo.”

Caminó hacia la puerta. Se detuvo.

“Ah, y un consejo.” Me miró por encima del hombro. Sus ojos, dos témpanos. “No le digas a Emiliano que vine a verte. Si lo haces, cancelo las dos ofertas. Y te aseguro que la vida en esta casa puede ser mucho, mucho peor de lo que ya es.”

Salió. Sus perros lo siguieron.

Y yo me quedé ahí. Con 5 millones para mi libertad… o 10 millones para mi condena.

Con el folder en las manos. Y el retrato del niño de 8 años quemándome en la memoria.

Si acepto el dinero y me voy, Emiliano se convierte en su padre. Frío. Roto. Incapaz de amar.

Si acepto el trato del heredero, le doy al monstruo lo que quiere… y condeno a un hijo a crecer en esta jaula sin madre.

La puerta del comedor se abrió de golpe.

Emiliano.

Agitado. Despeinado. Con la corbata chueca y los ojos rojos de no dormir. De pelear con fantasmas en el ático.

“¿Qué hacía mi padre aquí?”, su voz fue un látigo.

Me miró. Al folder en mis manos. A los boletos de avión asomándose.

Y lo entendió todo.

La traición. La oferta. Mi silencio.

La guerra que empezó en un ático… acababa de llegar al comedor.

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