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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El reencuentro con Lucia Cap 18

Habían pasado semanas desde la última vez que vi a Lucía. No exactamente semanas. Meses. Desde que el semestre oscuro comenzó, la había estado evitando. No por decisión consciente, sino porque me daba vergüenza. Vergüenza de que me viera así: con ojeras, con la camisa arrugada, con la mirada perdida. Vergüenza de que supiera que ya no era la Sofía que escribía ensayos brillantes y se paraba frente al aula sin miedo.

Lucía me mandó mensajes durante todo ese tiempo. Al principio eran largos, llenos de emojis y de "te extraño". Después se volvieron más cortos: "¿Vas a venir hoy?", "¿Estás bien?", "Necesito saber de ti". Al final, se detuvieron. Y yo pensé que se había cansado. Que había encontrado otros amigos. Que me había olvidado.

Pero no fue así.

Una tarde de septiembre, cuando el sol empezaba a volverse más amable, sonó el timbre. Mi madre abrió la puerta. Escuché una voz conocida, agitada, como si hubiera corrido.

—¿Está Sofía?

—Sí, pero no sé si quiere ver a nadie —respondió mi madre.

—Dígale que soy yo. Por favor.

Mi madre me miró desde la puerta de mi habitación.

—Es Lucía —dijo.

Me quedé inmóvil. Sentí un nudo en la garganta. Quería decir que no, que no quería verla, que no estaba lista. Pero algo más fuerte que el miedo me empujó a asentir.

Lucía entró. Me miró. Yo estaba sentada en la cama, con la pijama puesta, el pelo enredado, la cara pálida. No me había mirado al espejo en días, pero sabía que estaba hecha un desastre.

Ella no dijo nada. Se sentó a mi lado. Y me abrazó.

No fue un abrazo corto. Fue largo, apretado, como si quisiera exprimir toda la tristeza que había dentro de mí. Yo no lloré en ese momento. Me quedé rígida, sin saber cómo reaccionar. Pero después, muy despacio, apoyé la cabeza en su hombro y respiré.

Había olvidado lo que se sentía tener a alguien cerca.

—Sofía, ¿qué te pasó? —preguntó, con la voz quebrada—. Desapareciste. No respondías mis mensajes. En la facultad decían que habías abandonado.

—Casi —respondí—. Casi abandoné todo.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque no sabía qué decir. Porque me daba vergüenza. Porque pensé que ibas a cansarte de mí.

—Soy tu amiga, No me canso. Me preocupo.

Empecé a llorar. No con hipos ni con gritos. Lloré en silencio, como había aprendido a hacer en las noches de tormenta, cuando el techo de chapa sonaba a fin del mundo.

Lucía no me soltó. Me quedó abrazando hasta que se me secaron las lágrimas.

—Perdón —dije, secándome la cara con la manga.

—No te disculpes. ¿Vas a volver?

—Estoy yendo a terapia. La psicóloga de la universidad. Me está ayudando.

—¿Y te está ayudando?

—Un poco. Pero todavía me cuesta.

—Entonces volvamos juntas. Yo te acompaño. Nos sentamos al lado. Si tenés que irte antes, te vas. Si no querés hablar, no hablamos. Pero no te quedes encerrada otra vez.

Esa noche, Lucía se quedó a cenar. Mi madre hizo torta de vainilla, la receta de siempre. Las tres comimos en el comedor, al lado de la computadora ruidosa. El ventilador rugía. La pantalla de pasto verde parpadeaba. Y por primera vez en meses, sentí que la oscuridad se alejaba un poco.

—Tu amiga es buena —me dijo mi madre, después de que Lucía se fue.

—Lo es.

—No la dejes ir otra vez.

—No voy a hacerlo.

Al día siguiente, fui a la facultad. Lucía me esperaba en la puerta, con dos cafés del kiosco de la esquina. Me dio uno.

—Está frío —dijo—. Pero es la mejor opción que hay.

—Me sirve.

Entramos juntas al aula. Varios compañeros me miraron. Algunos con sorpresa. Otros con indiferencia. Valentina, la de la mochila cara, ni me miró. No me importó.

El profesor Ricardo me vio y asintió. No dijo nada. No hizo ningún comentario sobre mis ausencias. Solo siguió con su clase como si yo nunca me hubiera ido.

Esa sensación fue extraña. Por un lado, me alivió que no hiciera un escándalo. Por otro lado, me hizo sentir que mi ausencia no había importado. Que el mundo había seguido sin mí. Era verdad, pero dolía.

Después de clase, Lucía me llevó a la biblioteca. Nos sentamos en nuestro rincón habitual, el de siempre, cerca de la ventana por donde entraba el sol de la tarde.

—¿Te acuerdas cuando nos conocimos? —preguntó.

—Claro. Estabas leyendo a Barthes y me prestaste tus apuntes.

—Y vos me diste una torta de vainilla al día siguiente.

—La receta de mi abuela.

—Nunca probé una mejor.

Nos reímos. Fue una risa chiquita, tímida, como si nuestra amistad estuviera aprendiendo a caminar de nuevo.

—Lucía —dije, después de un silencio—. Gracias por no rendirte conmigo.

—Las amigas no se rinden. Las amigas esperan. Aunque duela.

Esa tarde, cuando volví a mi casa, prendí la computadora. El ventilador rugió. La pantalla se iluminó. Abrí un documento en blanco y empecé a escribir. No era un trabajo de la facultad. Era una carta. Para Lucía.

Le escribí todo lo que no pude decirle en los meses que la evité. Que la quería. Que me daba miedo perderla. Que su amistad era una de las pocas cosas que me mantenía a flote.

Nunca le entregué esa carta. La guardé en un cajón, junto con la tarjeta de mi padre y el recibo del primer módem USB. Pero cada vez que la leo, recuerdo ese reencuentro. Y sé que, pase lo que pase, Lucía va a estar ahí.

Como el sol. Como la computadora. Como mi madre.

Como todo lo que vale la pena.

 

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