Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 19 EL ATAQUE Y LA TREGUA
Pero al día siguiente, todo cambió.
Maya bajó a desayunar más tarde de lo habitual. Elsa le sirvió café y jugo, pero había algo en su expresión que no le gustó. Una tensión en la mandíbula, una rigidez en los hombros.
—¿Dónde está Dante? —preguntó Maya.
—En la biblioteca, señora. Ha estado ahí desde las seis de la mañana.
—¿Pasa algo?
Elsa vaciló. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.
—Es mejor que lo vea usted misma.
Maya dejó el café a un lado y fue a la biblioteca. La puerta estaba entreabierta. Empujó suavemente y entró.
Dante estaba de espaldas a ella, mirando por la ventana. En el escritorio, sobre la caoba pulida, había una carpeta abierta llena de papeles, fotos y documentos.
—Dante —dijo Maya—. ¿Qué pasa?
Él se giró lentamente. Su rostro era una máscara de piedra, pero había algo en sus ojos que Maya no había visto antes. Furia. Una furia fría, contenida, que parecía vibrar en el aire a su alrededor.
—Siéntate —dijo.
Maya obedeció.
Dante tomó la carpeta y la dejó frente a ella. Las fotos eran horribles. Hombres armados. Contenedores. Paquetes. Cantidades de dinero que no podía ni imaginar. Y al fondo, en una de las fotos, un rostro que Maya reconoció al instante.
Su tío. Mateo.
—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Tu tío —dijo Dante, con una calma que daba más miedo que un grito—. No solo traicionó a tu padre. Está metido en el narcotráfico.
Ha estado usando las empresas de tu padre para lavar dinero durante años. Y ahora que tu padre está fuera, él tiene el control de todo.
Maya sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No… no puede ser.
—Puede y es —dijo Dante, señalando una de las fotos—. Este soy yo, hace tres meses, en una operación encubierta. Estaba investigando a una banda que traficaba desde el puerto. Y quién apareció en las grabaciones. Tu tío. Mateo Velini, el hombre que te regalaba bombones suizos, el que te decía "princesa", el que se sentaba a tu mesa los domingos. Ese hombre es un criminal. Igual que yo. Pero él se cree mejor, porque tiene un apellido limpio.
Maya apartó las fotos como si quemaran.
—¿Por qué me estás mostrando esto?
—Porque necesitas saber a qué te enfrentas. Tu tío no va a parar. Ya sabe que estamos casados. Ya sabe que tu padre está libre. Y va a intentar destruirnos. A todos.
Maya levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Dante. No había amor en esa mirada, pero había algo más. Algo que no sabía nombrar. Lealtad, quizá. Determinación. Promesa.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó.
Dante sonrió. Era una sonrisa fría, peligrosa, la sonrisa de un lobo que ha olido la sangre.
—Lo que sé hacer. Pelear. Y ganar.
Maya miró las fotos, los documentos, las pruebas de la traición de su tío. Y por primera vez desde aquel domingo maldito, no sintió miedo.
Sintió rabia.
Y la rabia, pensó, era mucho más útil.
Los días siguientes a la revelación de Dante fueron una calma tensa, como la quietud que precede a una tormenta. Maya caminaba por la mansión con la sensación constante de ser observada, no solo por Elsa o por los guardaespaldas que Dante había apostado en cada entrada, sino por algo más.
Una presencia invisible. La sombra de su tío, extendiéndose desde algún lugar de la ciudad, tejiendo su red.
Dante se había vuelto más hermético. Salía temprano, regresaba tarde, y cuando estaba en casa apenas hablaba. Las comidas eran silenciosas. Alessandro, que había empezado a mostrar algunos atisbos de su antigua personalidad, volvió a ensimismarse.
Incluso Renata, que había tenido un par de días de mejoría bajo el cuidado del médico privado, parecía percibir la tensión en el aire.
Fue un martes, pasadas las once de la noche, cuando todo estalló.
Maya estaba en su habitación, leyendo un libro que no lograba concentrarla, cuando oyó un ruido. No era un ruido normal de la mansión, no el crujido de la madera o el murmullo del viento en los cipreses. Era un golpe seco, metálico, seguido de un juramento ahogado.
Se levantó de la cama y se asomó a la puerta. El pasillo estaba a oscuras, pero al final, en la zona de la escalera, parpadeaban luces. Luces de linternas. Y sombras. Sombras que no eran de los guardaespaldas de Dante.
—¿Dante? —susurró, sin esperar respuesta.
El ruido se repitió. Más cerca. Un golpe, un crujido, un jadeo.
Maya cerró la puerta con llave. Sus manos temblaban mientras buscaba el teléfono. No había señal. Por supuesto que no había señal. Su tío no era estúpido. Había bloqueado las comunicaciones.
Desde abajo, llegó un grito. Era la voz de Elsa, seguida de un golpe sordo, el sonido de un cuerpo contra el suelo.
Maya apretó el teléfono contra el pecho, como si fuera un amuleto. Su mente corría a mil por hora. ¿Salgo? ¿Me escondo? ¿Grito?
No tuvo que decidir.
La puerta de su habitación tembló bajo el impacto de algo pesado. Un hombro, quizá. Una patada. La madera crujió pero resistió.
—¡Abre, sobrina querida! —la voz era grave, desconocida, pero el tono era inconfundible—. Tu tío manda saludos.
Maya retrocedió hasta la ventana. Estaba en el segundo piso. Podía saltar, romperse algo, quizá una pierna, quizá la cabeza. No era una opción.
La puerta volvió a temblar. Esta vez, las bisagras cedieron un poco.
Y entonces, todo se detuvo.
Se oyeron pasos en el pasillo. No eran los pasos furtivos de los intrusos. Eran pasos firmes, seguros, el eco de zapatos de hombre caminando sin prisa. Pasos que Maya conocía.
—Dante —susurró, con un nudo en la garganta.