NovelToon NovelToon
PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

PECADO EN EL DESIERTO ATADA AL JEQUE

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Malentendidos / Matrimonio arreglado
Popularitas:11.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 4

El taconeo de mis zapatos de salón de charol negro resonaba contra el mármol pulido del piso corporativo de la sede de los Al-Maktoum en Manhattan. Cada impacto del tacón sonaba como un disparo seco en la inmensidad del pasillo, marcando el ritmo de mi propia ejecución, una cuenta atrás que me acercaba al precipicio.

Llevaba un traje de chaqueta azul marino, de corte impecable pero austero; una falda lápiz que me llegaba justo por debajo de las rodillas y un saco abotonado hasta el cuello. El cabello, habitualmente rebelde y propenso a caer en ondas sobre mis hombros, estaba rígidamente recogido en un moño bajo, tan tirante que me estiraba la piel de las sienes. No llevaba joyas, salvo un pequeño reloj de plata que perteneció a mi abuela. Era una armadura de pulcritud, elegancia y formalidad diseñada por mí misma para ocultar los estragos, la devastación y el pecaminoso secreto de la noche anterior.

Pero por dentro, mi cuerpo era un campo de batalla. Un desastre absoluto.

Con cada paso, la tela de la falda rozaba contra la piel de la cara interna de mis muslos, provocándome una punzada de calor que me obligaba a contener la respiración. La fricción me recordaba, con una fidelidad tortuosa, la aspereza del cuerpo masivo que me había acorralado contra la puerta de la suite hacía apenas unas horas. Mis pechos, sensibles, hinchados y con los pezones doloridos bajo el encaje rígido del sujetador, protestaban ante el más mínimo movimiento de mis brazos. Tenía la sensación de que cualquiera que me mirara de cerca podría ver las marcas invisibles de unos dedos grandes y posesivos grabadas a fuego en mi cintura.

Cada vez que parpadeaba o apartaba la vista de las baldosas, mi mente me traicionaba. Revivía el olor a maderas caras y tabaco dulce, el sabor amargo del whisky mezclado con la saliva de su boca, y el eco de esos gruñidos salvajes y guturales que él había soltado en mi oído justo cuando el mundo se desvanecía. Había entregado mi pureza a un completo desconocido en un acto de rebelión ciega, una locura destinada a burlarme del destino y del Jeque Zayd. Pero ahora, bajo las luces fluorescentes y frías del imperio financiero de mi futuro esposo, la cruda realidad me golpeaba las entrañas. La culpa, el miedo y una anticipación nerviosa me carcomían por dentro.

—Controla esa cara, Serena —la voz de mi padre me sacó de mi trance. Su susurro era bajo, trémulo, cargado de una urgencia patética que me revolvió el estómago.

Lo miré de reojo mientras caminábamos uno al lado del otro. Mi padre, el gran magnate textil que una vez caminado por Nueva York como si fuera el dueño del mundo, parecía hoy diez años mayor. Su traje de diseñador le quedaba ligeramente holgado, reflejo del estrés de las últimas semanas, y sus manos temblaban de manera casi imperceptible mientras se ajustaba la corbata por décima vez en los últimos cinco minutos.

—Tienes que sonreír, tienes que mostrarte dispuesta —continuó él, sin mirarme, con los ojos fijos en las inmensas puertas dobles de roble que se divisaban al final del pasillo—. De la impresión que dejes hoy depende nuestro apellido. La quiebra está firmada, Serena. Si el Jeque Al-Maktoum decide retirar su oferta después de verte, mañana mismo la fiscalía emitirá la orden de arresto en mi contra. El fraude de las acciones no se puede tapar con nada más. Sé sumisa. Por el amor de Dios, sé sumisa y haz lo que él te pida.

Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas de las manos a través de la tela de mi saco. *Sumisa*. Qué palabra tan maldita, tan rastrera. Mi padre me había criado en los mejores colegios, me había enseñado a tener voz, a pisar fuerte, pero en cuanto sus malas decisiones financieras lo pusieron contra las cuerdas, no dudó en utilizarme como una moneda de cambio, un hermoso cordero de sacrificio para limpiar sus pecados y salvar su trasero de una celda de aislamiento.

—Ya he firmado el contrato, papá —respondí, con una voz que sonó tan fría y cortante como el hielo del ártico—. Voy a sentarme en esa sala y voy a dejar que me compre. No me pidas que además le sonría como si fuera un maldito trofeo feliz. Ya hice mi parte. El resto le toca a tus abogados.

Él soltó un suspiro pesado, pero no tuvo tiempo de replicar. El asistente ejecutivo de la firma Al-Maktoum, un hombre flaco y de rostro inexpresivo vestido con un traje que costaba más que los ingresos anuales de una familia promedio, se detuvo ante las puertas de la sala de juntas principal. Nos dedicó una inclinación de cabeza estrictamente profesional y abrió una de las hojas de roble, invitándonos a entrar.

La sala de juntas era inmensa, un templo al capitalismo global y al poder absolutista. Una mesa de conferencias de caoba pulida, lo suficientemente larga como para albergar a treinta personas, dominaba el centro del espacio. Al fondo, un ventanal de piso a techo ofrecía una vista imponente del skyline de Manhattan, recordándome cruelmente la suite del *The Peninsula* desde donde había escapado al amanecer. El olor de la habitación era denso: una mezcla de maderas caras, cuero nuevo y el aroma penetrante del café árabe con cardamomo que reposaba en una vajilla de porcelana fina sobre un aparador lateral.

En uno de los costados de la mesa se encontraban ya sentados tres hombres de aspecto severo. Eran los asesores legales y culturales del Jeque, todos vestidos con trajes oscuros de corte europeo, salvo un anciano de barba canosa que vestía una túnica tradicional inmaculada. Sus miradas se clavaron en mí en cuanto crucé el umbral. No me miraron como a una futura asociada o como a la prometida de su líder; me escanearon de arriba abajo con una fría meticulosidad clínica, evaluando mi postura, mi vestimenta y mi idoneidad física para el papel que se me había asignado en los documentos de cuarenta y cinco páginas.

—Señorita Serena Luna, Señor Luna —dijo el abogado principal, un hombre de mediana edad y acento británico, poniéndose de pie con cortesía fingida—. Tomen asiento, por favor. El Jeque Al-Maktoum está terminando una llamada internacional con el ministerio de energía en su despacho privado. Estará con nosotros en unos minutos.

Nos sentamos en el lado opuesto de la mesa. El cuero de la silla ejecutiva se sintió frío contra mi cuerpo, pero no tanto como el vacío que se abría en mi estómago. Mi padre comenzó de inmediato a entablar una conversación nerviosa con los abogados, tratando de justificar algunos retrasos menores en las auditorías textiles, pero yo no escuchaba.

Toda mi atención estaba concentrada en mantener el control de mi propia respiración. El aire acondicionado del lugar parecía soplar con demasiada fuerza, pero aun así, sentía gotas de sudor frío recorrer mi espalda. Mi mente seguía atrapada en la penumbra de la suite gris. Recordaba la forma en que el desconocido había enterrado sus manos en mi cabello, la fuerza implacable con la que me había levantado del suelo como si no pesara nada, y esa forma desesperada en la que nuestras bocas se habían buscado una y otra vez.

.

1
Milcaris
Nació en bebé 🍼😍
Milcaris
Yo pensando que ni lo iban a extrañar. Que tuviera un feliz viaje en su descanso 🤭🤭
Milcaris
Que piensen en el bebé y nada más 🥰
PATUBELA
DESPIERTA BELLO DURMIENTE, TU CHICA SE ESCAPA 🫣
PATUBELA
No me digan que otra vez van a parar en segunda base 🤦🏻‍♀️😒
PATUBELA
No es el momento para locuras
PATUBELA
Recapacita Serena, vas a perjudicar a Zayd, y si él pierde su poder no podrá ayudar a tu papá. piensa mejor las cosas
PATUBELA
me preocupa que con su escape, Serena deje mal parado a Zayd y pierda su derecho al trono🤦🏻‍♀️
PATUBELA
ojalá Serena lo comprenda 🙄
PATUBELA
Es demasiado riesgoso...si la secuestran?🫣
PATUBELA
No te aflijas, deja que Zayd haga su trabajo y espera que te de una explicación
PATUBELA
Amiga, mejor ve a buscar marido a otra parte, aquí el título de jequesa no está vacante. OOPS!!🤭
PATUBELA
y la pobre Serena oliendo a lomo de camello 🤦🏻‍♀️que desastre!!🙄
PATUBELA
y usted no se metaque nadie le está pidiendo su opinión ni consejo, limítese a sus labores de ama de llaves, que su sobrino está grandecito para decidir con quien mezcla su sangre. TIRANOSAURIA ASQUEROSA!! 😤
Lacarvel
Se sintió tan corta 🫠 y tan hermosa, gracias por esta historia tannn lindaaaa.
PATUBELA
Serena tienes que atacar con todo y atrapar a ese Princeso...no se lo vas a dejar fácil a la bruja ofrecida 😤
PATUBELA
exótica tu abuela 😤😤 bruja igualada!!
Lacarvel
El amor gana y florece 🥰🥰🥰🥰🥰 desde que sten unidos como familia todo lo otro se combate
Yura Ran
🥰👌 gracias
Milcaris
Me encanta y alegra que todo esté fluyendo en ellos de manera natural. Ahora sí vamos a disfrutar de muchos días de una pareja feliz.
Yura Ran: hermosa 🥰👌novela
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play