Annia es una joven que pasó toda su vida atrapada entre el dolor, el abandono y el maltrato de la persona que debía protegerla: su propia madre.
Todo cambia poco antes de cumplir dieciocho años, cuando, al borde de la muerte, descubre una verdad capaz de transformar por completo su destino. No solo pertenece a una de las familias más poderosas e influyentes de Rusia, sino que también está destinada a formar parte de un mundo mucho más grande, oscuro y peligroso de lo que jamás imaginó.
Ahora deberá enfrentarse a secretos, traiciones y enemigos ocultos, mientras descubre quién es realmente y cuál es el precio de llevar el apellido que corre por sus venas.
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XXI
Olena
Un suave gorgeo me recibió al entrar en mi habitación; ahí estaba esa mirada azul y una sonrisa. Mik estaba sentado en su cuna, ubicada a un lado de mi cama, enseñándome un pequeño muñeco que tenía en sus manos.
Siempre me habían gustado los niños, aunque era parte de la Pradva y mano derecha de Mikhail Volkov, y por ende una mujer de carácter duro, pero los niños eran mi talón de Aquiles. Cuando nacieron los gemelos yo me hice cargo de ellos, aunque en aquel entonces era una niña de 15 años; cuidé de Annia durante todo este tiempo porque ella también era una niña y me identifiqué con ella por todo lo que había pasado, y ahora cuidaba de Mik; él también me necesitaba, pero había algo en ellos, en esas miradas, que me hacía sentir a mi hijo, me recordaba a mi Nikolay; sobre todo Mik, cuando tenía a ese pequeño era casi la misma sensación que cuando cargué a mi hijo, sus ojos eran tan azules, de la misma intensidad que los suyos.
Pero sabía que eso no podía ser; estaba confundida. Quizá el amor que jamás pude darle a Nikolay, porque ya no estaba conmigo, tendría dos años más que los gemelos en este momento.
Aquel recuerdo me estrujó el corazón; habían pasado tantos años, pero parecía que había sido ayer, así lo sentía mi alma.
Aquella conversación con Mikhail había abierto los recuerdos que tenía muy en el fondo de mi memoria. Mi historia solo la sabían él e Iván, aunque los detalles los conocía solo Mikhail; pensé que había superado esa parte de mi vida, pero veo que no del todo, porque aún dolía.
Crecí en uno de los barrios bajos de Moscú; de mi madre no recordaba mucho, ella había muerto cuando era muy pequeña, víctima de los constantes maltratos de mi padre. Él era un borracho, tenía la mano tan larga que no había día en que no me golpeara, hasta que un día decidió que ya era lo suficientemente grande y bonita para pagarle lo que, según él, había gastado en mí todos estos años.
Me vendió a un burdel; solo tenía 14 años. Vinieron por mí; fui arrastrada hasta una casa que estaba dividida en varias habitaciones. En ella había mujeres de todas las edades, con muy poca ropa, apostadas en las puertas de cada habitación, y los sonidos que salían de algunas de ellas no requerían demasiada inteligencia para saber lo que pasaba en aquellas habitaciones.
El hombre que me trajo desde la casa de mi padre debería estar rondando los 30; me metió a la fuerza a una habitación, a empujones.
—Jefe, aquí está la nueva puta, es la hija del borracho de Romanov.
El hombre frente a mí era mucho más joven que el que me trajo, pero era mayor que yo; rondaría los 24, era guapo, pero sus ojos, los cuales eran tan azules, desprendían un frío glaciar.
Le ordenó al otro que se fuera; me miró dando vueltas a mi alrededor como un lobo acechando a su presa y solo me dijo antes de lanzarme a la cama que había a un lado:
—Veremos si eres virgen como dijo el malnacido de tu padre.
Aquel día fue el peor de mi vida; el cerdo aquel me tomó por la fuerza no solo una vez. No le importó que yo fuera una niña y que además era mi primera vez; fue tal la brutalidad que me rompió tanto en cuerpo como en alma. Estuve varios días sin moverme; solo por eso creo que él no me tocó nuevamente, por lo menos durante esos días.
Pero en cuanto mi cuerpo estuvo bien, al menos físicamente, me volvió a tomar; me defendí como pude, pero él me sometió y me golpeó hasta dejarme inconsciente. Le ordenó al viejo que me trajo que nadie podía tocarme, que primero él se encargaría de domarme, y todas las noches venía y me tomaba una y otra vez; al cabo de unos meses pasó lo que tenía que pasar: había quedado embarazada de aquel cerdo.
Cuando se enteró de que estaba embarazada, pude ver lo más parecido a la complacencia en él; dijo que ahora que llevaba a su hijo en mi vientre me dejaría en paz, pero que le rogara a Dios que el bebé que llevaba en mi vientre sea un varón, porque sería el heredero de su reino y sería educado para eso. Yo, asustada, le pregunté:
—¿Qué pasa si es una niña?
Él me tomó con brusquedad del rostro y me dijo que si paría una niña, solo había dos opciones: seguir el destino de su madre o la muerte; que luego de eso me preñaría hasta que le dé el hijo que tanto quería.
Aquellas palabras me resonaban en la cabeza; yo no quería que mi bebé, ya fuera niño o niña, esté bajo las garras de aquel monstruo, ya que a pesar de la forma como había sido concebido, el bebé que llevaba en mi vientre yo lo amaba y haría cualquier cosa para protegerlo.
El tiempo fue pasando y mi vientre fue creciendo; me hicieron atender a todas las mujeres que vivían en aquel lugar, ya fuera por su voluntad o forzadas como yo. Decían que tenía que ganarme la comida y la cama donde dormía.
Fue entonces que un día los hombres que le hacían el trabajo sucio para el jefe, como le decían, trajeron a una muchacha que debía tener mi edad, pero se notaba que no era de aquí; hablaba en inglés y además no era como ninguna de las mujeres que estábamos ahí, ya que todo en ella gritaba elegancia y dinero.
Por lo que pude escuchar:
—Era americana, la habían secuestrado.
—Ahora con la Barbie, el jefe podrá asegurar el imperio que está construyendo; ella será su pasaporte a la grandeza, sobre todo podrá vengarse de ellos, ahora los tiene agarrados por las pelotas —dijo uno de ellos.
El otro le dijo:
—Pero creo que meterse con ellos no es buena idea; son muy poderosos. Sabes que robarle a la hija de una de las cabezas desatará el infierno.
—Justamente por eso tenemos a la Barbie; no podrán hacer nada y tendrán que obedecer y aceptar todo lo que el jefe diga, eso sí quieren volverla a ver de una pieza —dijo el primer hombre.
—Ahora mismo la deben estar buscando por todos lados, pero jamás sabrán dónde está; ¿quién se atrevería a buscar en este lugar y tan lejos de su país?
Esa chica era hija de alguien importante que seguro la estaba buscando; fue ahí donde vi la posibilidad de mi libertad. Si yo ayudaba a esa niña a escapar, podría pedirle que me lleve con ella y así podría salvar a mi bebé. Era peligroso, sí, pero tenía que intentarlo; ya pronto daría a luz y el tiempo se estaba terminando.
Fui a la habitación donde la tenían con una bandeja de comida; solo había un hombre vigilando la puerta, no me puso ningún impedimento en entrar. Todos sabían que yo me encargaba de llevar la comida a las recién llegadas.
Cuando entré, ella tenía uno de sus tacones en la mano, a manera de arma; yo me acerqué despacio y le dije con mi muy escaso inglés:
—Te traje comida.
Ella me miró con desconfianza.
—No te voy a lastimar, come, la comida es segura.
Ella tomó el plato, lo olfateó y lo comenzó a comer; por lo visto, tenía hambre.
Luego miró mi vientre y me preguntó algo, pero yo no le entendía; aun así, supuse que se refería a cuánto tiempo tenía por las señas que hizo:
—Tengo ocho meses —le contesté.
Luego preguntó si sabía en dónde estábamos.
—Rusia —le dije.
Su cara se puso pálida y se llevó las manos al rostro, como reteniendo las lágrimas que llegaron a sus ojos pero que no salieron; vi la desesperación en ellos.
Fue entonces que me aventuré a decirle; tomé aire y rogué al cielo que me pudiera entender:
—Yo te puedo ayudar a escapar, pero quiero que me prometas que me llevarás contigo, por favor.
Ella me miró y vi en sus ojos que me había entendido; gracias al cielo. Me tomó de las manos y me dijo:
—Lo haré, saldremos de aquí los tres.
Y señaló a mi vientre.
Y por primera vez en meses, sonreí y tuve esperanzas