In-Oh es una fotógrafa de veintidós años atrapada entre los fantasmas de su memoria y la comodidad de su rutina. Un viaje inesperado de regreso al pueblo costero de su infancia entrelaza violentamente su pasado y su presente. Tras diez años de dolorosa ausencia, reaparece Min-Woo, su primer amor platónico de la niñez, transformado ahora en un enigmático hombre. Al mismo tiempo, su incondicional mejor amigo de la secundaria, Seo-Jun, decide dar un paso al frente y confesarle un sentimiento guardado durante siete años. Atrapada entre el eco de una antigua promesa de verano y la calidez de un amor maduro que teme arruinar la amistad, In-Oh deberá enfrentar los traumas de su pasado para aprender a abrir su corazón al presente.
NovelToon tiene autorización de Paula Nuñez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La sombra y la furia
La semana que siguió al encuentro en el ascensor se transformó en una coreografía silenciosa y dolorosa. Seo-Jun no solo me ignoraba; parecía haber perfeccionado el arte de la invisibilidad selectiva. Cada vez que nuestros caminos se cruzaban en los pasillos de la revista, él desviaba la mirada con una naturalidad que me destrozaba, como si el espacio que yo ocupaba se hubiera vuelto un vacío absoluto. Si yo entraba en la sala de juntas, él salía; si yo caminaba hacia la máquina de café, él cambiaba de dirección con una frialdad matemática. Aquella frialdad era más hiriente que cualquier insulto. Me sentía como un fantasma en mi propio lugar de trabajo, observando a un hombre que conocía cada lunar de mi espalda, cada miedo y cada sueño, pero que ahora se movía a mi lado como un completo extraño.
Mis amigas del trabajo, ajenas al trasfondo de nuestra ruptura, comentaban sobre la frialdad de Seo-Jun, atribuyéndola a un exceso de trabajo o a una racha de mal humor. Yo asentía con una sonrisa forzada, mientras por dentro sentía que cada día de silencio era un clavo más en el ataúd de nuestra amistad de siete años. Por las noches, me refugiaba en los mensajes de Min-Woo. Él era mi ancla, mi única fuente de calidez en un mundo que se había vuelto gris y hostil. Sus palabras, leídas bajo la luz tenue de mi lámpara de noche, eran lo único que me impedía hundirme en la desolación absoluta. Sin embargo, aun con su apoyo, el vacío que Seo-Jun dejaba a su paso era una herida abierta que no dejaba de sangrar.
El sábado llegó como un alivio necesario. Había decidido quedarme hasta tarde en el edificio para terminar un proyecto que tenía atrasado, buscando refugio en la ocupación, en la seguridad de las paredes de vidrio y el bullicio de los equipos de diseño. Me sumergí tanto en las hojas de cálculo y los bocetos que no noté cómo la luz natural fue abandonando las oficinas, siendo reemplazada por la frialdad artificial de las lámparas de emergencia. Cuando finalmente guardé mis archivos y me dispuse a salir, el edificio estaba sumido en un silencio sepulcral, un vacío inquietante que me erizó la piel.
Al salir a la calle, el aire de la noche me golpeó con una fuerza inusitada. Las luces de la ciudad parecían lejanas, distorsionadas por la soledad del lugar. Caminé con paso rápido hacia el paradero de buses, mis tacones resonando contra el pavimento como disparos en la penumbra. Fue entonces cuando lo sentí. Un paso detrás del mío, un ritmo irregular que no coincidía con el mío, un arrastrar de suelas que me hizo detener el aliento. No quise mirar atrás; el instinto de supervivencia me gritaba que siguiera avanzando, que no demostrara debilidad.
Pero el individuo se acercó. Podía escuchar su respiración, una exhalación pesada y errática que se filtraba por mi nuca. Comenzó a susurrar. Eran frases sin sentido, una letanía de obscenidades y amenazas que se mezclaban con el ruido lejano de los autos. El pánico me paralizó. Mis manos, dentro de mis bolsillos, temblaban de tal manera que fui incapaz de sacar mi teléfono. Cada vez que aceleraba el paso, él hacía lo mismo, manteniendo esa distancia intimidante, como un depredador acechando a su presa antes de dar el salto final. Llegué al paradero, un espacio desolado, sin luces funcionando y alejado de cualquier patrulla. El lugar se sintió como una trampa.
Antes de que pudiera siquiera pensar en un plan, una mano áspera y fría como el hielo se cerró sobre mi brazo. El tirón fue tan violento que perdí el equilibrio, y en cuestión de segundos, fui arrastrada contra la pared lateral del refugio del paradero. El impacto me dejó sin aire, y el individuo se abalanzó sobre mí con un peso asfixiante. Sus manos comenzaron a desgarrar mi ropa, sus intenciones eran claras y despiadadas. Intenté gritar, pero el terror me había dejado muda; mis cuerdas vocales se habían contraído hasta el punto de la asfixia. Fue en ese momento, cuando la desesperación alcanzó su punto álgido y sentí que mi vida se fracturaba en mil pedazos, que una sombra más grande y más rápida que el viento irrumpió en el escenario.
Una fuerza invisible, pero dotada de una violencia animal, arrancó al hombre de encima de mí. El sonido del impacto fue seco y brutal. Caí al suelo, temblando, cubriéndome el rostro mientras las lágrimas comenzaban a brotar con una intensidad incontrolable. Al abrir los ojos, lo que vi me heló el alma. Seo-Jun estaba sobre el individuo, descargando golpe tras golpe con una furia ciega, una rabia contenida por años que finalmente había encontrado una salida. Sus ojos, que siempre habían sido el hogar de mi paz, ahora estaban inyectados en sangre, rebosantes de una oscuridad que nunca le había visto. El hombre bajo sus puños intentaba defenderse, pero Seo-Jun no se detenía; cada golpe era más letal que el anterior.
—¡Lo vas a matar, Seo-Jun, detente! —grité, pero mi voz apenas fue un hilo.
Él no escuchaba. Estaba en un estado de trance destructivo, consumido por una sed de justicia y furia que lo estaba deshumanizando. Vi cómo levantaba el puño para un golpe definitivo, un movimiento que marcaría un punto de no retorno. Sin pensar en el peligro, me arrastré por el suelo y me interpuse entre ellos, agarrando la mano de Seo-Jun con todas mis fuerzas. La piel de sus nudillos estaba abierta, la sangre caliente y espesa empapaba mis dedos, pero no lo solté.
—¡Seo-Jun, basta! ¡Mírame! —le rogué, sintiendo cómo su cuerpo aún temblaba bajo la descarga de adrenalina.
El acosador, aprovechando el breve instante de confusión, se liberó y huyó corriendo, tropezando con sus propios pies, sumergiéndose en la oscuridad del callejón más cercano. Nos quedamos solos en el paradero. Él seguía tenso, su pecho subiendo y bajando con una velocidad alarmante, sus ojos buscando todavía una amenaza que ya no existía. Poco a poco, la furia fue dejando paso a la lucidez. Sus manos, manchadas con la sangre ajena, comenzaron a relajarse bajo mi agarre.
Nos quedamos así, estáticos, envueltos en el silencio opresivo de la noche. Yo no podía soltar su mano; era una necesidad instintiva, un intento de anclarlo de vuelta a la realidad, de recordarle quién era él antes de que el monstruo del odio lo reclamara. Nuestras miradas se cruzaron. En la suya, vi el reflejo de mi propio miedo, pero también un dolor abrumador, una melancolía que no tenía nombre. La sangre que manchaba nuestras manos era el vínculo más visceral y doloroso que habíamos tenido en años. Allí, bajo el parpadeo de una luz mortecina, la máscara de hielo que él había levantado durante toda la semana se desplomó, dejando al descubierto a un hombre quebrado, capaz de destruir el mundo entero con tal de protegerme, incluso cuando se suponía que ya no me quería en su vida. En ese silencio cargado de electricidad y horror, el tiempo se detuvo, y supe que nada, absolutamente nada, volvería a ser igual después de esta noche.