Su primer destino fue servir a la corona. murió por ello. Ahora, con su segunda oportunidad, Auren cumplirá su sueño y conocerá lo que es el amor
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
La Tijera de Oro abrió sus puertas como cualquier otra mañana.
Las primeras horas transcurrieron con la tranquilidad habitual. Algunas clientas recogían vestidos terminados, otras revisaban catálogos de telas mientras las aprendices tomaban medidas y Greta discutía con un comerciante porque había enviado botones de un tono ligeramente distinto al solicitado.
—Te dije marfil, no beige.
El hombre levantó ambos brazos.
—A simple vista nadie nota la diferencia.
Greta tomó uno de los botones y lo dejó sobre el mostrador.
—Entonces empieza a mirar mejor.
Auren pasó junto a ellos llevando varios rollos de tela.
Bastó una mirada para confirmar el problema.
—Devuélvelos.
El comerciante soltó un suspiro.
—Otra vez ustedes...
Auren respondió con absoluta tranquilidad.
—Cuando traigas exactamente lo que pedimos, dejaré de devolverte mercancía.
El hombre terminó resignándose.
—Está bien, está bien. Volveré mañana.
Greta esperó a que saliera para sonreír.
—Cada día me caes mejor.
—No exageres.
—Las gruñonas tienen un buen corazón.
Las dos continuaron trabajando.
El taller seguía lleno de actividad. El sonido de las tijeras, las agujas y las conversaciones formaba parte de la rutina diaria. Auren revisaba los últimos detalles de un vestido cuando la campana de la entrada sonó con un tintineo limpio.
Nadie le dio importancia.
Un cliente más.
Una de las empleadas levantó la vista con una sonrisa profesional.
—Bienvenido a La Tijera de Oro...
Las palabras quedaron suspendidas.
La expresión de la joven cambió inmediatamente.
Greta también dejó de coser.
Varias personas hicieron una rápida reverencia.
Auren frunció ligeramente el ceño.
Levantó la cabeza.
Y el mundo pareció detenerse durante un instante.
Un hombre alto acababa de cruzar la puerta acompañado por varios caballeros vestidos con el uniforme de la guardia real.
Cabello negro.
Ojos fríos.
Postura impecable.
Cada paso transmitía una seguridad nacida de alguien acostumbrado a que todos obedecieran sin cuestionarlo.
El príncipe heredero.
Su antiguo esposo.
Auren sintió que el corazón daba un golpe seco dentro de su pecho.
Durante una fracción de segundo regresó a aquella vida que creía enterrada.
El enorme palacio.
Los interminables banquetes.
Las humillaciones.
La copa de vino.
El dolor.
El aire dejó de entrar en sus pulmones.
Solo un instante.
Nada más.
Respiró despacio.
Cuando volvió a abrir completamente los ojos, la mujer que había sido en aquella vida ya no estaba allí.
Ahora era la dueña de ese taller.
No la futura princesa.
No la esposa abandonada.
Simplemente Auren.
El príncipe aún no la había visto.
Observaba el local con una ligera expresión de superioridad.
Sus ojos recorrían los vestidos expuestos como si estuviera evaluando mercancía.
No había cambiado.
Seguía caminando con la misma arrogancia.
Con la misma convicción de que todo terminaría inclinándose ante él.
Greta se acercó rápidamente a Auren y habló en voz baja.
—¿Lo atiendo yo?
Ella negó con serenidad.
—Es un cliente.
—Pero es...
—Lo sé.
Auren dejó cuidadosamente la prenda que tenía entre las manos y caminó hacia el mostrador.
Su expresión permanecía completamente tranquila.
Él dirigió finalmente la mirada hacia ella.
Sus ojos se detuvieron apenas un segundo sobre el llamativo cabello azul.
Después continuó observándola con naturalidad.
No había el menor indicio de reconocimiento.
¿Cómo podría haberlo?
La Auren de su vida anterior tenía cabello castaño, era una noble criada para la corona y había muerto muchos años atrás.
La mujer frente a él era una desconocida.
—¿La dueña?
Auren hizo una inclinación de cabeza correcta, sin exagerar.
—Así es. Bienvenido a La Tijera de Oro. ¿En qué puedo servirle, Su Alteza?
Él caminó lentamente por el taller mientras observaba algunos vestidos.
—Escuché demasiados rumores sobre este lugar.
Tomó una manga entre los dedos.
—Dicen que aquí confeccionan las mejores prendas del reino.
Auren respondió con serenidad.
—Nos esforzamos para ofrecer la mejor calidad posible.
El príncipe dejó nuevamente el vestido en su sitio.
—Espero que los rumores sean ciertos.
Greta apretó discretamente los labios.
Aquel tono le resultaba desagradable.
El principe continuó hablando como si toda la habitación le perteneciera.
—Necesito un traje.
—Será un placer confeccionarlo.
—No cualquier traje.
Giró lentamente hacia Auren.
—Quiero el mejor que haya salido de este taller.
Ella tomó una libreta.
—¿Para qué ocasión?
El príncipe respondió con absoluta tranquilidad.
—Mi fiesta de compromiso.
Las manos de Auren permanecieron inmóviles apenas un segundo.
Después continuó escribiendo.
—Entiendo.
Él sonrió con evidente satisfacción.
—Será un evento importante. Toda la nobleza asistirá. Quiero que el traje esté a la altura de mi posición.
Auren levantó la vista.
—¿Tiene alguna preferencia respecto al diseño?
Él comenzó a caminar otra vez.
—Elegancia. Sobriedad. Nada vulgar. Quiero que, cuando entre al salón, todas las miradas se dirijan hacia mí.
Aquellas palabras eran exactamente iguales a las que habría pronunciado en su vida anterior.
Su personalidad seguía intacta.
Auren escuchaba en silencio.
Él continuó.
—Haré oficial mi compromiso con la mujer que realmente amo.
Una de las aprendices bajó discretamente la cabeza.
Había escuchado rumores sobre el príncipe.
Él pareció disfrutar hablando del asunto.
—Será interesante. Mi prometida actual también estará presente.
Auren sintió un escalofrío.
Conocía perfectamente el resto de aquella historia.
El principe sonrió con autosuficiencia.
—Tengo curiosidad por ver cuánto tarda en aceptar la realidad.
Las palabras salieron de su boca con absoluta naturalidad.
Como si estuviera hablando del clima.
—Las mujeres suelen competir entre ellas por mi atención. Siempre terminan haciéndolo.
Greta apretó con fuerza la cinta métrica que llevaba entre las manos.
Una costurera más joven abrió mucho los ojos, completamente incrédula.
Auren permaneció inmóvil.
Su expresión seguía siendo profesional.
Solo ella sabía el enorme esfuerzo que le costaba mantener aquella serenidad.
Recordaba perfectamente cómo terminó aquella absurda necesidad de alimentar su propio ego.
Recordaba quién pagó el precio.
El principe apoyó una mano sobre el mostrador.
—Quiero un traje que deje claro quién soy. Nada mediocre. Nada común. ¿Puedes hacerlo?
Auren cerró lentamente la libreta. Había tomado una decisión.