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La Chica De Los Días Prestados

La Chica De Los Días Prestados

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:161
Nilai: 5
nombre de autor: Natalia Cubilla

En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.

NovelToon tiene autorización de Natalia Cubilla para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Verdad Tiene Dos Rostros

"La mentira más peligrosa no es la que se dice con palabras, sino la que sobrevive durante siglos porque nadie se atreve a cuestionarla."

Las tres llamadas resonaron en la madera.

Toc...

Toc...

Toc...

Nadie respiraba.

El fuego de la chimenea, que segundos antes iluminaba la habitación con un resplandor cálido, comenzó a disminuir hasta convertirse en unas pequeñas llamas azuladas.

La temperatura descendió lentamente.

No era el frío sobrenatural que anunciaba la llegada de un espíritu.

Era un frío mucho más humano.

El frío que acompaña a las verdades difíciles.

Kuro permanecía inmóvil.

Su espada había caído al suelo.

Su mano temblaba de forma incontrolable.

Akira nunca lo había visto perder el control.

Jamás.

La sacerdotisa Mizuki dio un paso atrás.

Su rostro había perdido todo color.

-No...

susurró.

—Es imposible...

La voz volvió a escucharse desde el exterior.

Serena.

Paciente.

Como la de un anciano esperando que lo inviten a entrar.

—Piensan dejarme bajo la lluvia?

Después de quinientos años...

Merecería al menos una taza de té.

Akira miró a Kuro.

—¿Es realmente él?

Kuro cerró lentamente los ojos.

Durante varios segundos nadie obtuvo respuesta.

Finalmente habló.

—Reconocería esa voz aunque pasaran mil vidas.

Es...

Seiryū.

Hana sintió un escalofrío.

El hombre responsable de la tragedia.

El hombre que había intentado destruir el Árbol de las Almas.

El hombre que había provocado cinco siglos de sufrimiento.

Estaba al otro lado de la puerta.

Y hablaba con una tranquilidad inquietante.

Mizuki levantó la campana de plata.

El sonido fue apenas un susurro.

Estaño...

Un círculo luminoso apareció alrededor de la cabaña.

—No puede entrar sin permiso.

Al menos eso sigue siendo cierto.

Akira observó la puerta.

Había una pregunta que no dejaba de atormentarlo.

Si Seiryū era realmente tan poderoso...

¿Por qué simplemente no destruiría la barrera?

¿Por qué esperaba?

Como si pudiera leer sus pensamientos, la voz respondió desde afuera.

—Las reglas siguen existiendo.

Incluso para mí.

El silencio volvió a instalarse.

Kuro reconoció lentamente su espada.

Respiró hondo.

Y caminó hacia la puerta.

-No.

Mizuki intentó detenerlo.

—¡Kazuki!

Él negó con suavidad.

—Llevamos quinientos años huyendo.

Ocultándonos.

Guardando silencio.

Ya es suficiente.

Miró y Akira.

—Tú decide.

¿Quieres escuchar lo que tiene para decir?

Akira observó a Hana.

Ella también estaba confundida.

Durante todo el viaje habían conocido versiones distintas de la misma historia.

Ren.

El Guardián.

Kuro.

Mizuki.

Ahora apareció el hombre al que todos señalaban como el culpable.

Pero algo no terminó de encajar.

Si realmente era un monstruo...

¿Por qué llamar a la puerta?

¿Por qué esperar?

¿Por qué hablar con tanta calma?

Akira respiró profundamente.

—Abramos.

Mizuki cerró los ojos con resignación.

Las marcas luminosas desaparecieron lentamente de la puerta.

Kuro giró el picaporte.

La madera se abrió con un leve crujido.

El bosque permanecía completamente silencioso.

Frente a la entrada había un anciano.

Vestía una sencilla túnica gris.

No llevaba armas.

Ni joyas.

Ni símbolos de poder.

Solo un viejo bastón de madera.

Su cabello era completamente blanco y llegaba hasta los hombros.

Su barba estaba cuidadosamente arreglada.

Y sus ojos...

No transmitían odio.

Transmitían un cansancio infinito.

El anciano inclina respetuosamente la cabeza.

—Gracias.

Hace mucho tiempo que nadie me abriría una puerta.

Entró despacio.

Sacudió el agua de su ropa antes de acercarse a la chimenea.

Sonrió al sentir el calor.

—Sigue siendo agradable.

Mizuki lo observaba con los ojos llenos de lágrimas.

No de miedo.

De rabia.

—No tienes derecho a actuar como si nada hubiera ocurrido.

El anciano levantó la vista.

—Nunca actué como si nada hubiera ocurrido.

Él lloraba cada día desde entonces.

Nadie dijo nada.

El hombre tomó asiento lentamente frente al fuego.

Después observó a Akira.

Y luego a Hana.

Su expresión cambió por completo.

Una profunda emoción apareció en sus ojos.

—Así que lo lograron...

Volvieron a encontrarse.

Hana sintió que aquellas palabras no contenían maldad.

Solo alivio.

—¿Por qué? —preguntó Akira.

El anciano sonrió.

—Esa es una buena pregunta.

Pero creo que primero debería preguntarse otra cosa.

Miró lentamente a Kuro.

—Kazuki...

Diez centavos.

¿Viste con tus propios ojos quién disparó aquella flecha?

Kuro permanece en silencio.

Los recuerdos acudieron a su mente.

La batalla.

El fuego.

Los gritos.

Había luchado contra decenas de enemigos.

Cuando finalmente llegó hasta Hayato...

Ya era demasiado tarde.

No.

Nunca vio al arquero.

El anciano continuó.

—¿Me viste arrancar el corazón del Árbol?

Mizuki bajó lentamente la mirada.

Ella tampoco.

Solo recordaba haber sentido una inmensa explosión espiritual.

Y luego...

La oscuridad.

Akira comenzó a comprender.

Todos estaban convencidos de algo...

Que ninguno había visto realmente.

—Entonces...

¿No fuiste tú?

preguntó.

El anciano respiró profundamente.

Sus manos temblaban ligeramente.

—Fui muchas cosas.

Orgulloso.

Terco.

Ambicioso.

Pero jamás traicioné el templo.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Mizuki tocó el suelo con la campana.

—¡Mientes!

Seiryū levantó la vista.

—¿De verdad lo crees?

La mujer quedó inmóvil.

Él continuó hablando.

—Aquella noche alguien usó mi apariencia.

Mi voz.

Mi energía espiritual.

Incluso mis recuerdos.

Porque quería exactamente esto.

Que durante siglos todos buscaran al enemigo equivocado.

Akira sintió un escalofrío.

—¿Es posible hacer eso?

Kuro respondió con voz grave.

—Solo existe una técnica capaz de copiar por completo a otra persona.

Mizuki lo miró sorprendida.

-No...

Él lentamente.

—La Técnica del Espejo del Alma.

Una técnica prohibida.

Desapareció mucho antes de nuestra época.

Seiryū cierra los ojos.

—No desapareció.

Fue robada.

Y utilizada aquella noche.

Hana dio un paso adelante.

—Entonces...

¿Quién lo hizo?

El anciano permaneció en silencio.

Parecía debatirse entre responder o seguir callando.

Finalmente habló.

—El único hombre al que consideraba como un hijo.

Las palabras cayeron como una piedra sobre el agua.

Kuro levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué...?

Seiryū lo observó con una inmensa tristeza.

—No hablo de ti.

Hablo de otro.

Un muchacho al que entrené desde niño.

Alguien brillante.

Bondadoso.

Y profundamente herido.

Su nombre era...

Antes de que pudiera terminar la frase...

Toda la cabaña comenzó a vibrar violentamente.

La campana de Mizuki sonó sola.

La chimenea explotó, lanzando brasas por toda la habitación.

Ren apareció de repente en medio de un destello de luz.

Su rostro mostraba una preocupación de que Akira nunca le había visto.

—¡Salgan de aquí!

¡Ay!

—¡Ahora mismo!

El lago rugió.

No era una metáfora.

El agua comenzó a elevarse formando una gigantesca pared de más de veinte metros de altura.

Los árboles se doblaban bajo una fuerza invisible.

El cielo se cubrió de nubes negras.

Y en el centro del lago...

Una enorme grieta comenzó a abrirse sobre la superficie del agua.

Como si el propio mundo estuviera partiéndose en dos.

Desde las profundidades emergió una estructura de piedra cubierta de musgo.

Escaleras.

Columnas.

Puertas gigantescas.

Un antiguo templo.

Mizuki cayó de rodillas.

Las lágrimas corrían sin control por su rostro.

—No puede ser...

Akira la sostuvo antes de que cayera.

—¿Qué ocurre?

Ella apenas pudo responder.

Miraba el templo con una mezcla de esperanza y terror.

—Es...

El Templo del Cerezo Eterno.

Ha despertado.

Y eso solo ocurre...

Cuando el verdadero enemigo también ha regresado.

El viento apagó todas las llamas de la cabaña.

Durante un segundo, la oscuridad fue absoluta.

Y desde el interior del templo...

Se suspendió una risa.

Una risa joven.

Despreocupada.

Casi alegre.

Como la de alguien que llevaba siglos esperando ese momento.

—Bienvenidos...

Los estaba esperando.

1
Ma Viviana Medina
el que?
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