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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 14: De indiferencia a obsesión absoluta.

Había pasado menos de un año desde aquella primera noche en la fiesta imperial, cuando Li Longjun había mirado a Roxana Wén y la había visto solo como una joven más, hermosa pero igual a todas las demás, alguien que apenas merecía un segundo de su atención. En ese entonces, su mundo se limitaba al trono, a las leyes, a los ejércitos y a la administración de un imperio inmenso. Su corazón estaba cerrado, su mente ocupada solo por el poder, y la indiferencia era su forma de ser natural.

Pero ahora, todo había cambiado. Y el cambio había sido tan profundo, tan rápido y tan total, que a veces él mismo se asustaba al darse cuenta de hasta dónde había llegado.

Ya no había indiferencia. Ya no había curiosidad. Ya no había solo interés o admiración. Lo que sentía ahora era algo mucho más grande, mucho más fuerte, mucho más peligroso: era una obsesión absoluta, profunda y sin límites. Roxana Wén ya no era solo una mujer que le gustaba, ni una consejera sabia, ni una compañía agradable. Ella se había convertido en su único pensamiento, su único deseo, su única necesidad.

No hay espacio para nada más. Desde que abría los ojos por la mañana hasta que los cerraba por la noche, su mente no se apartaba de ella ni un segundo. En las reuniones de la corte, mientras sus ministros hablaban de impuestos, de fronteras o de cosechas, él asentía mecánicamente, respondía con frases cortas y adecuadas, pero su cabeza estaba lejos: estaba en la mansión Wén, en el jardín bajo el árbol de ginkgo, imaginando qué estaría haciendo ella, en qué estaría pensando, qué idea nueva estaría escribiendo en sus cuadernos, con quién estaría hablando.

Los papeles oficiales, los decretos, los informes… todo le parecía aburrido, pesado, sin importancia. Lo único que le daba vida, lo único que le hacía sentir que valía la pena gobernar, era saber que al terminar sus obligaciones podría ir a verla.

—¿Majestad? —le preguntó un día su consejero Liu Wei, durante una reunión importante, al ver que el Emperador miraba hacia la ventana con una sonrisa ausente y no escuchaba nada de lo que le decían—. ¿Me está escuchando? Es un asunto urgente sobre las fronteras del oeste.

Li Longjun parpadeó, volvió a la realidad con esfuerzo y respondió con voz impaciente:

—Sí, sí. Haz lo que sea mejor. Lo que ella haría en tu lugar. Ahora déjame, tengo que irme.

Y se marchó antes de que nadie pudiera decir nada más, dejando asombrados a todos los presentes. Porque todos veían la verdad: el Emperador, que antes se pasaba días y noches trabajando sin descanso, que revisaba cada detalle con cuidado, ahora se apresuraba por terminar todo solo para correr hacia ella.

La necesidad de verla todos los días. Ya no bastaba con visitarla cada dos o tres días, como al principio. Ahora, si pasaba un solo día sin verla, sin escuchar su voz, sin mirar sus ojos claros, se sentía inquieto, nervioso, de mal humor, como si le faltara el aire. Se levantaba temprano, antes del amanecer, y lo primero que pensaba era: “Hoy la veré. Hoy estaré con ella”. Y si por alguna razón —una enfermedad suya, un viaje de ella, un asunto urgente que lo retenía en el palacio— no podía ir, se ponía de un humor terrible. Se enfadaba por cualquier cosa, gritaba a los sirvientes por errores pequeños, caminaba de un lado a otro con el ceño fruncido, y nada ni nadie podía calmarlo.

Un día, ella tuvo que ir a una aldea lejana para enseñar nuevas técnicas de cultivo, y estuvo fuera tres días. Esos tres días fueron para Li Longjun como tres años de oscuridad. No comió, no durmió bien, no quiso hablar con nadie. Se pasaba las horas mirando el camino por donde ella debía volver, esperando ver su figura, impaciente, ansioso, sintiendo un vacío en el pecho que nada podía llenar.

Cuando por fin la vio llegar, bajó corriendo las escaleras del palacio —algo que ningún Emperador había hecho nunca—, caminó hacia ella a pasos largos y rápidos y, cuando estuvo cerca, no le importó que hubiera gente mirando, ni reglas, ni etiquetas. Se acercó, le tomó las manos y la miró con ojos brillantes, llenos de alivio y de deseo:

—¡Por fin! —le dijo con voz entrecortada—. Creí que nunca volverías. Tres días, Roxana… tres días sin ti han sido peores que mil años de soledad. No te vayas nunca más tan lejos. No me dejes nunca.

Ella lo miró sorprendida, pero también con ternura, y le sonrió con suavidad:

—Solo fueron tres días, Li Longjun. Y tenía cosas importantes que hacer.

—Para mí fue una eternidad —respondió él, sin soltarla—. Tú no entiendes. No puedes entender lo que siento. Porque tú eres libre, tú eres fuerte, tú no me necesitas como yo te necesito a ti. Pero yo… yo ya no puedo vivir sin ti. Eres el aire que respiro, el sol que me calienta, la razón por la que me levanto cada mañana. Si tú no estás… yo no soy nada.

Celos que no tienen sentido y que lo consumen. Y lo que más lo confundía, lo que más lo hacía sufrir, eran esos celos que sentía, unos celos extraños, absurdos, que aparecían en los momentos más inesperados y que él no podía controlar.

Li Longjun era el hombre más poderoso del mundo. Podía matar a quien quisiera, podía quitarle todo a cualquiera, podía tener todo lo que deseara. Y sin embargo, sentía celos de todo el que estuviera cerca de ella. Sentía celos de los campesinos con los que ella hablaba en los campos, de los médicos a los que enseñaba, de los sirvientes de su casa, de los ancianos que le pedían consejo. Le molestaba que ella les sonriera, que les hablara con cariño, que les dedicara tiempo y atención.

Pero lo peor, lo que más rabia le daba, lo que más le dolía… eran sus propios hermanos.

Sus tres hermanos pequeños, Wén Hào, Wén Lín y Wén Yǔ, eran para ella lo más importante del mundo. Los adoraba, jugaba con ellos, les enseñaba, los abrazaba, pasaba horas enteras con ellos, riendo, corriendo, hablando de todo. Y para Li Longjun, ver eso era un suplicio.

Sabía que eran sus hermanos, que la amaban como a una hermana mayor, que no había nada malo ni extraño. Lo sabía con su mente, con su razón. Pero su corazón, ese corazón que ella había llenado por completo, no entendía de razones. Solo entendía que esos tres niños pasaban más tiempo con ella que él, que la hacían reír más que él, que podían abrazarla cuando quisieran, que podían estar a su lado desde que nacieron, que la conocían desde siempre.

Un día, estaba sentado en el jardín, mirando con una sonrisa forzada cómo los tres niños corrían alrededor de ella, cómo le tiraban de las mangas, cómo ella se agachaba para escucharlos, cómo los abrazaba y les acariciaba el pelo con todo su amor. De repente, Wén Hào, el mayor, se sentó muy cerca de ella, le apoyó la cabeza en el hombro y le dijo con voz cariñosa:

—Eres la mejor hermana del mundo. Te quiero más que a nada.

Y ella le respondió, besándole la frente:

—Y yo a ustedes, mis vidas. Son lo más bonito que tengo.

Li Longjun sintió una punzada de dolor y rabia en el pecho, una rabia irracional, estúpida, que le subió por la garganta. Apretó los puños con fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos, y tuvo que apartar la mirada para no decir nada que no debía.

Más tarde, cuando se quedaron solos bajo el árbol, no pudo contenerse más. Se acercó a ella, la tomó de los hombros y le habló con voz baja, tensa, llena de esa mezcla de amor y dolor que ya era parte de él:

—¿Por qué les das tanto cariño? ¿Por qué pasas tanto tiempo con ellos? Parece que para ellos eres todo, y para mí… para mí solo me das los momentos que te sobran.

Roxana lo miró sorprendida, y luego entendió todo. Vio esa expresión de niño herido en su rostro, vio los celos brillando en sus ojos oscuros, y no pudo evitar sonreír suavemente, aunque con un poco de tristeza también.

—Son mis hermanos, Li Longjun. Son pequeños, son mi familia. Los quiero con todo mi corazón, pero es un amor distinto al que siento por ti. Ellos son mi sangre… pero tú eres mi vida. ¿Acaso tienes celos de unos niños?

Él bajó la cabeza, avergonzado pero sincero, y le respondió con voz rota:

—Sí. Tengo celos de ellos. Tengo celos de cualquiera que te tenga cerca, de cualquiera que te hable, de cualquiera que te haga sonreír. Sé que es estúpido. Sé que no tiene sentido. Pero no puedo evitarlo. Me consume, Roxana. Me consume pensar que alguien puede tener un lugar en tu corazón que no sea mío. Me consume pensar que alguien puede estar contigo cuando yo no estoy. Me consume pensar que tú podrías ser feliz sin mí, mientras que yo… yo ya no puedo ser feliz ni un solo instante si no estás tú.

Su debilidad y su necesidad. Fue entonces, en ese momento de sinceridad absoluta, cuando Li Longjun entendió por fin la verdad completa, la verdad que había estado escondida en su corazón desde el primer día.

Él, que había sido el ser más fuerte, el más poderoso, el más temido, el que tenía el control de todo y de todos… ahora se daba cuenta de que había perdido todo control. Se daba cuenta de que esa mujer, esa joven que no tenía títulos ni riquezas, que había llegado a su vida sin buscarlo, que lo había tratado con indiferencia al principio… se había convertido en su debilidad más grande, pero también en su única necesidad.

Ella era la única persona capaz de hacerlo reír y de hacerlo sufrir. La única capaz de hacerlo sentir el hombre más feliz del mundo o el más desdichado. La única capaz de hacer que olvidara que era el Emperador, para ser solo un hombre enamorado, dispuesto a todo, dispuesto a entregar su vida, su trono, su poder, todo lo que tenía y todo lo que era, con tal de que ella lo mirara, lo quisiera y se quedara a su lado.

Se sentó en el banco de piedra, la atrajo hacia sí con suavidad, la abrazó con fuerza, como si quisiera fundirse con ella, como si tuviera miedo de que se fuera en cualquier momento, y le susurró al oído, con toda la verdad de su alma:

—Antes de conocerte, yo creía que el poder lo era todo. Creía que tenerlo todo era lo mejor que podía pasarle a un hombre. Pero ahora sé que estaba equivocado. Ahora sé que tenerte a ti es lo único que importa.

Hizo una pausa, respirando su aroma, sintiendo el calor de su cuerpo junto al suyo, y continuó con voz profunda y llena de promesas:

—Eres mi debilidad, sí. Por ti haría cualquier cosa, por ti rompería cualquier ley, por ti desafiaría a todo el mundo. Pero también eres mi fuerza. Porque saber que te tengo, saber que estás aquí, saber que eres mía… me da más valor que todos los ejércitos juntos.

La miró a los ojos, esos ojos que eran su refugio y su tormento, y le dijo lo que ya no podía callar:

—Ya no es solo amor, Roxana. Es una obsesión. Estás en cada parte de mi mente, en cada latido de mi corazón, en cada paso que doy. No puedo pensar en nada más que en ti. No puedo desear nada más que a ti. Y sé que así será para siempre. Porque desde el momento en que te vi, cuando me miraste con indiferencia y no te importé… ese momento, tú te apoderaste de mí. Te apoderaste de todo lo que soy. Y ahora, no soy nada sin ti. Soy tuyo. Completamente tuyo. Para siempre.

Roxana lo escuchaba en silencio, con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cómo su corazón latía fuerte y rápido bajo sus dedos. Sabía que era verdad. Sabía que el hombre que tenía delante, el Dragón Dorado que había asustado a tantos y gobernado a tantos, ahora era suyo, completamente suyo, atado a ella con unas cadenas que él mismo había forjado con su amor, con su obsesión, con su necesidad inmensa de ella.

Y aunque al principio le había asustado un poco esa intensidad tan grande, ahora entendía que no había vuelta atrás. Entendía que ella también había cambiado su destino, que ella también lo amaba, y que ese amor que había nacido de la indiferencia y la curiosidad, ahora era tan fuerte que nada podría romperlo jamás.

Li Longjun, el Emperador que todo lo podía, que todo lo tenía, ahora solo vivía para ella. Y esa obsesión absoluta, ese amor que crecía cada día más, se convertiría pronto en la fuerza más poderosa de todo el imperio. Porque el Dragón Dorado no gobernaba ya por poder, ni por gloria… gobernaba solo por ella, y para ella. Y haría cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, para mantenerla a su lado, para hacerla suya, y para que ella nunca, nunca más, pudiera pensar en alejarse de él.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
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