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Ecos De Luz Y De Sombras

Ecos De Luz Y De Sombras

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Amor prohibido / Completas
Popularitas:712
Nilai: 5
nombre de autor: Solecito87

Guiada por sueños inquietantes, Elara cruza el límite prohibido y encuentra a Kael, el hombre que ha visto en sus visiones. Lo que parece un encuentro imposible revela un lazo antiguo entre Luz y Sombra, despertando una profecía capaz de traer salvación... o destrucción. ✨🌙

NovelToon tiene autorización de Solecito87 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19 — El Murmullo de lo Inevitable

Elara:

El amanecer en Lysari era distinto a cualquier otro que hubiera conocido. No nacía desde el horizonte, sino que brotaba desde las flores cristalinas que cubrían el valle. Los pétalos transparentes capturaban la primera brisa y encendían tenues destellos de colores que parecían susurrar un lenguaje antiguo. A veces creía escucharlos pronunciar mi nombre.

Estaba sentada junto al pequeño arroyo de luz líquida, observando cómo los dos pequeños cuerpos en mi vientre se movían con una energía inquieta. Desde hacía semanas, sabía —más que sentir— que dentro de mí no había una sola vida, sino dos. Sus presencias eran distintas, aunque armonizaban como si siempre hubieran pertenecido la una a la otra.

Una vibración dulce, casi musical, recorrió mi piel cuando uno de ellos respondió al toque de mi mano.

—Tranquilos… —murmuré con una sonrisa—. No falta tanto.

Las haditas revoloteaban cerca, atraídas por la energía de los bebés. Eran criaturas fascinantes: sus alas parecían hechas de agua suspendida, y su luz variaba según su humor. Esta mañana brillaban en tonos pastel, suaves como la bruma matinal. Era señal de calma… o al menos eso quería creer.

Porque, aunque este refugio parecía perfecto, no dejaba de percibir una sombra que acechaba en los límites de este mundo. Algo nos buscaba. Algo reconocía lo que crecía dentro de mí.

“Cuando la sangre de la Luz y la Sombra se unan en deseo y alma…”

La profecía no dejaba de retumbar en mi mente.

Respiré hondo. Sentía amor. Mucho amor. Por Kael. Por los pequeños que crecían en nuestro interior entrelazado de magia. Pero también sentía miedo. Más del que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Un crujido suave me hizo levantar la mirada.

Kael se acercaba desde los árboles luminosos, con ese andar felino que siempre lo había caracterizado. A pesar de todo lo que habíamos vivido —heridas, pérdidas, guerras, sacrificios— seguía caminando como si nada pudiera derribarlo jamás. Alto, de mirada intensa, con esa sombra latente que vibraba bajo su piel… pero en Lysari, incluso él brillaba un poco. Como si la belleza del lugar se aferrara a su esencia y no quisiera soltarla.

—Los bebés están inquietos otra vez —dije cuando llegó a mi lado.

Él se arrodilló frente a mí sin dudar, sus manos cálidas posándose en mi vientre. Cerró los ojos, concentrado, como si pudiera escuchar lo que yo apenas intuía.

—Se están fortaleciendo —respondió con voz baja—. Y están… ansiosos.

—¿Por nacer? —pregunté con un dejo de esperanza.

Kael negó apenas.

—Por lo que viene.

Un escalofrío recorrió mi columna.

—No quiero que pienses en eso ahora —me apresuré a decir—. Este lugar es seguro. Lo es, Kael.

—Mientras tú estés aquí, nada podría obligarme a creer lo contrario —susurró con esa suavidad que me hacía temblar más que un hechizo.

Su frente tocó la mía y, por un instante, el mundo entero se silenció. No existió guerra. Ni destino. Ni profecías. Solo él. Solo nosotros.

Pero la brisa cambió. Se volvió fría. Y las haditas, de pronto, dejaron de bailar.

Sabía lo que eso significaba.

Kael también lo supo.

Kael:

Lysari respiraba diferente aquella mañana. Los árboles centellaban con un ritmo irregular, casi como si sintieran el pulso acelerado que emanaba del vientre de Elara. Pero eso no era lo único que perturbaba el aire.

Algo había atravesado los bordes del valle.

Una presencia que no pertenecía a este mundo.

—Elara… tenemos que movernos —dije, sin levantar la voz. Pero ella me conocía demasiado bien. Mi tono fue suficiente para que su cuerpo se tensara.

—¿Qué sientes?

—Una luz. Pero no son nuestras.

Fue entonces cuando lo vi.

Un destello blanco rojizo, entre los árboles. Una figura se acercaba con andar pesado, casi como si cada paso le costara demasiado. Mi mano fue directo a la empuñadura de energía que podía materializar cuando lo necesitara, pero al notar los rasgos del recién llegado, solté un gruñido que no sabía que guardaba.

—Sarem…

El maestro curandero lucía devastado. Su túnica estaba rota, su energía agotada. Sus ojos, sin embargo, seguían conteniendo la misma determinación que había mostrado el día que lo conocí… el mismo día en que había querido apartarme de Elara a cualquier precio.

Al llegar frente a nosotros, cayó de rodillas.

—Lo siento… —jadeó—. No pude detenerlo… intenté… pero… Aeryn…

Sentí la sangre latir en mis sienes.

Aeryn.

El hijo del Consejo de oscuridad.

El que se creía digno de Elara.

El que había intentado reclamarla como si fuera un objeto.

El que me había casi matado para separarnos.

—¿Qué hizo Aeryn? —pregunté con un filo que podría cortar piedra.

Sarem levantó la mirada, y lo que vi en sus ojos hizo que incluso Lysari perdiera color.

—Los Oscurecidos cruzaron las puertas de Arion. Y Aeryn… los guió. Él abrió el camino. Él los dejó pasar.

Elara se llevó una mano a los labios, shockeada.

—Eso no tiene sentido… él es un guerrero de Luz…

—Era —corrigió Sarem con amargura—. Se dejó consumir por el odio. Y por el deseo de recuperarte. Ha llevado la guerra al límite… a nuestro límite.

Los bebés en el vientre de Elara comenzaron a agitarse, inquietos, como llamas atrapadas.

Sarem extendió la mano hacia ella, pero yo la cubrí primero. Él lo entendió. Asintió.

—Elara… tus hijos sienten el desequilibrio. Y sienten a Aeryn buscándote. Este mundo no podrá ocultarte por mucho más tiempo. El nacimiento está cerca… demasiado cerca. Y la profecía ha comenzado a cumplirse.

Elara respiró hondo, tratando de mantener la calma.

—¿Qué debemos hacer, Sarem? —preguntó con voz serena, aunque sus manos temblaban.

—Prepararnos —respondió—. Los niños traerán consigo un estallido de magia que ningún reino podrá ignorar. Debemos fortalecer las barreras de Lysari. Y también debemos advertir… que Aeryn no está solo. Algo más lo acompaña. Algo antiguo, que lo está devorando por dentro.

Mi mandíbula se tensó.

—Entonces lo enfrentaré.

—No —interrumpió Sarem, firme—. No ahora. No cuando Elara está tan cerca del nacimiento. Ella y los pequeños necesitan que estés completo, Kael. No puedes arriesgarte.

No quería escuchar eso. No cuando la furia rugía dentro de mí. No cuando Aeryn se acercaba a ella… a ellos.

Pero Elara tocó mi brazo, suave, cálida, un ancla en medio de mi tormenta.

—Kael… él tiene razón. Quédate conmigo. Por favor.

Esas palabras fueron mi sentencia.

Y también mi salvación.

Elara:

Pasamos el día en preparación. Sarem, aunque herido, trabajaba sin pausa, reforzando las runas que protegían el valle. Las haditas tejían pequeños hilos de luz pura que rodeaban los árboles, creando una especie de red vibrante. Incluso los animalitos de Lysari —criaturas tan tiernas como misteriosas— se movían inquietos, como si entendieran que algo grande se acercaba.

Mis hijos no habían dejado de moverse. Era como si respondieran al caos exterior.

Al caer la noche, el cielo se tornó violeta profundo. Kael se sentó a mi lado en la pequeña caverna luminosa que nos servía de refugio.

—Nunca imaginé sentir tanto miedo —admití en voz baja.

—Yo sí. Porque tú eres lo único que podría romperme —respondió, inclinándose para rozar mi frente con sus labios.

El gesto fue tan tierno que me llenó de calor. Pero también de una verdad que no quería enfrentar.

—Kael… si algo me pasa, prometo—

—No —me interrumpió—. No prometas nada de muerte. No ahora. No cuando la vida está creciendo dentro de ti. No cuando lo que amo depende de ti para respirar.

Su voz era firme, pero sus dedos temblaban ligeramente contra mi mejilla.

Lo abracé. Con fuerza. Con todo lo que tenía.

Mis lágrimas no llegaron a caer, pero la emoción las mantenía al borde.

La caverna respiraba con nosotros. Y por un instante, pese al caos, pese al destino, pese a los presagios… me sentí en paz.

—Nuestros hijos nacerán aquí —susurró Kael—. Y yo estaré contigo cuando lo hagan. No importa lo que cruce esas sombras. No importa quién venga. Nadie tocará lo que es nuestro.

Su voz era una promesa.

Y también una advertencia para el mundo entero.

Kael:

La noche avanzó lenta. Demasiado lenta.

Y cuando el silencio se volvió absoluto, supe que algo había cambiado.

Abrí los ojos de golpe.

Elara dormía apoyada sobre mi pecho, respiración tranquila. Sus manos reposaban sobre su vientre, que brillaba con una luz suave, casi etérea.

La magia se estaba reuniendo. Preparándose.

Me incorporé apenas, sin despertarla.

Fue entonces cuando escuché el primer sonido.

Un crujido.

Lejano.

Profundo.

Poderoso.

No pertenecía a Lysari.

Otro crujido.

Y luego… un rugido que hizo vibrar la tierra.

No.

No rugido.

Una orden.

Una voz que atravesó mundos:

—Elara.

Dónde estás…

Aeryn.

Había llegado.

Y con él, la guerra completa.

Apoyé mi mano en el vientre de Elara y susurré:

—Quedan pocas horas, pequeños. Aguanten. Llegaré hasta ustedes. Llegaremos juntos.

Mi mirada se endureció.

—Que empiece, entonces.

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