✅️🦋Bruno Koch es un brillante sonidista que trabaja en las sombras del backstage, atrapado en un doloroso dilema: lleva años enamorado en secreto de Nash Wright, un exitoso cantante pop. Bruno ha sido el testigo silencioso de cómo una relación destructiva y los excesos arrastran a Nash hacia el abismo, ocultando sus sentimientos. Tras un colapso público en el escenario, Nash toca fondo y es diagnosticado con trastorno afectivo bipolar. Junto a Harper, una ruda y leal compañera técnica, Bruno se convierte en la red de seguridad de Nash mientras este inicia su camino hacia la rehabilitación.🦋✅️
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Límite
El living del departamento de Nash ya no se parecía en nada al penthouse lujoso y minimalista de antes. Bruno había pasado tres días enteros transformando el espacio en un estudio de grabación casero. Había colocado paneles de espuma acústica de color gris oscuro en las paredes principales para cortar el eco de los techos altos. En el centro de la sala, sobre una alfombra persa gastada, colocó dos micrófonos de alta fidelidad, un pie para la guitarra acústica y un piano eléctrico portátil. La consola de sonido de Bruno, mucho más pequeña que la del estudio de la discográfica, descansaba sobre la mesa ratona de vidrio, rodeada de cables negros que se arrastraban por el suelo como venas.
El lunes por la mañana comenzaron las sesiones. El método de trabajo era completamente diferente. Ya no había horarios estrictos impuestos por ejecutivos, ni asistentes apurados, ni presiones de tiempo.
—¿Cómo se siente la señal en tus auriculares? —preguntó Bruno, sentado frente a la pequeña consola con sus propios auriculares de vincha cubriéndole las orejas.
Nash estaba sentado en un taburete de madera, sosteniendo su guitarra acústica de madera clara. Llevaba un buzo oversize gris y unos lentes de lectura que le daban un aspecto intelectual y sereno. Se acomodó los auriculares y rozó las cuerdas con los dedos, emitiendo un acorde limpio que resonó en el living.
—Se escucha perfecto. Muy limpio. Es extraño no escuchar el zumbido de los equipos gigantes del estudio —respondió Nash. Su voz sonaba calmada, modulada por los estabilizadores de ánimo que tomaba estrictamente cada mañana después del desayuno.
—Esa es la idea de un disco acústico. Queremos que se escuche hasta tu respiración entre cada verso. Cuando estés listo, grabamos una toma de prueba de la primera canción.
Nash asintió. Cerró los ojos, respiró hondo y empezó a tocar una melodía suave, un arpegio lento que subía y bajaba con un ritmo pausado. Cuando empezó a cantar, Bruno sintió un escalofrío en los brazos. La letra ya no era una súplica desesperada para Grace; era una composición cruda sobre el silencio de las paredes blancas de la clínica, sobre el miedo a perder la cabeza y la extraña paz de estar medicado. Su voz, aunque no tenía la potencia arrolladora de las canciones pop que sonaban en las radios, poseía una madurez y una honestidad que a Bruno le parecieron hermosas.
Bruno controlaba los niveles de volumen con movimientos suaves de los dedos. Escuchar a Nash cantar a tan pocos metros de distancia, sin un vidrio grueso que los separara, era una experiencia íntimamente dolorosa. El amor secreto seguía allí, latiendo con fuerza debajo de su remera negra, pero Bruno se obligó a recordar las palabras de Harper antes de marcharse. “Tienes que aprender a manejar las cenizas tú solo”. Se prometió a sí mismo mantener una distancia profesional estricta. Ya no iba a ser el salvador que le limpiaba las lágrimas; iba a ser su técnico, su productor, el profesional que Nash necesitaba para sacar ese disco adelante.
Al terminar el primer verso, Nash se detuvo de golpe. Dejó caer la mano sobre las cuerdas de la guitarra, apagando el sonido en seco. Soltó un suspiro cargado de frustración y se quitó los auriculares.
—No puedo. No tiene fuerza —dijo Nash, pasándose una mano por el cabello rubio ceniza, que ahora lucía un poco más largo y revuelto—. La melodía está bien, la letra es real... pero me siento plano. Siento que voy a un ritmo demasiado lento. Es como si estuviera cantando debajo del agua.
Bruno bajó los controles y lo miró con calma. Sabía exactamente lo que le pasaba a su amigo.
—Es el nuevo ritmo de tu cerebro. Estás acostumbrado a componer en medio de la tormenta, con la adrenalina a mil por hora o con el efecto del alcohol. Ahora estás estable. El doctor dijo que tu creatividad iba a cambiar de frecuencia. No es que no tenga fuerza; tiene una fuerza diferente, más madura.
Nash se levantó del taburete y empezó a caminar de un lado a otro por el living, esquivando los cables con pasos rápidos. Sus manos, que antes estaban quietas, comenzaron a moverse en el aire de una manera que a Bruno le encendió una pequeña señal de alerta interna.
—Extraño la velocidad. Extraño esa sensación de pasarme tres noches despierto viendo cómo las ideas caen del techo como rayos —confesó Nash, hablando un poco más rápido de lo habitual—. A veces siento que las pastillas me convirtieron en una persona aburrida. Quiero subirle el tempo a la canción. Quiero meterle una batería electrónica, algo que golpee fuerte en el pecho, algo que haga saltar a la gente.
Bruno se mantuvo firme en su silla. Recordó el manual médico que el psiquiatra les había dado: el peligro de que el paciente añorara la fase de "hipomanía" y decidiera dejar la medicación de golpe para recuperar la euforia del pasado.
—No vamos a meter baterías electrónicas —sentenció Bruno con una voz firme y profesional, aplicando el límite que se había prometido poner—. Este es un concepto acústico. Si le subimos el tempo, vas a perder la intimidad de la letra. Además, tu voz no está lista para cantar a esa velocidad. Todavía te falta control del aire en los tonos medios. Vuelve al taburete y probemos otra vez con el tempo original.
Nash se detuvo en medio del living. Miró a Bruno con una mezcla de sorpresa e irritación. No estaba acostumbrado a que su sonidista le hablara con tanta autoridad técnica en un proyecto creativo. En los discos anteriores, Nash siempre hacía lo que quería y Bruno se limitaba a arreglar los desastres en la edición.
—Soy el artista. Creo que tengo derecho a decidir el ritmo de mis propias canciones —reclamó Nash, cruzándose de brazos.
—Y yo soy el productor de este disco. Me pediste que me quedara para esto porque soy el único que conoce tu voz real —respondió Bruno, sosteniéndole la mirada con una frialdad profesional que le costó un esfuerzo enorme—. Si quieres un disco comercial y rápido, llama a la discográfica y que te envíen a otro técnico. Pero si quieres hacer el álbum honesto que me prometiste en la clínica, te sientas en ese taburete y confías en mi oído.
El silencio que se instaló en el living fue tenso. Nash apretó la mandíbula, midiendo las fuerzas con su amigo. Sin embargo, al ver la expresión inquebrantable de Bruno, la irritación del cantante se evaporó de golpe, reemplazada por esa sumisión tímida que había desarrollado desde el alta. Nash soltó una pequeña risa resignada y caminó de vuelta hacia la alfombra persa.
—Está bien, jefe. Tú mandas —dijo Nash, sentándose de nuevo en el taburete y colgándose la guitarra—. Tienes razón. Me pongo un poco ansioso a veces. Es difícil aprender a caminar despacio cuando pasaste años corriendo.
—Lo sé —murmuró Bruno, y su tono de voz se ablandó un poco, volviendo a la ternura habitual que no podía esconder del todo—. Pero lo estás haciendo bien. Vamos desde el segundo verso.
Las sesiones continuaron durante el resto de la semana bajo ese nuevo régimen de límites profesionales. Bruno no permitía que Nash pasara más de cuatro horas seguidas cantando, obligándolo a hacer pausas para tomar agua y descansar las cuerdas vocales. Tampoco dejaba que se quedara despierto después de las diez de la noche en el estudio. Cuando el reloj marcaba esa hora, Bruno apagaba la consola principal, guardaba sus auriculares en el cajón y se despedía con un saludo seco pero cordial antes de marcharse a su propio departamento, negándose a quedarse a cenar o a ver películas con Nash como solía hacerlo en el pasado.
Un viernes por la tarde, tras una jornada de grabación muy productiva donde lograron cerrar las pistas de tres canciones completas, Nash se quedó mirando la consola apagada con una expresión nostálgica.
—Te estás yendo muy temprano esta semana, Koch —comentó Nash, mientras guardaba su guitarra en el estuche rígido—. Harper tampoco ha venido a visitarnos. Siento que el departamento está un poco vacío cuando apagas los equipos. ¿No quieres quedarte a pedir unas pizzas y revisar los arreglos del lunes?
Bruno estaba de espaldas, guardando su computadora en la mochila. El corazón le dio un latido doloroso al escuchar la invitación. Deseaba con toda su alma decir que sí, quedarse en ese sillón, sentir la cercanía de Nash y compartir una charla sin apuros. Pero sabía que si cedía, si volvía a entrar en la dinámica del "mejor amigo inseparrable", terminaría rompiéndose otra vez. Necesitaba cuidar su propio espacio mental si quería sobrevivir a esa producción.
—No puedo. Quedé con Harper en pasar por su casa a revisar unos cables que me prestó —mintió Bruno, dándose la vuelta con la mochila al hombro—. Además, el médico dijo que necesitas descansar el fin de semana sin pensar en la música. Tómate tus pastillas a la hora de la cena y duerme bien. Nos vemos el lunes temprano.
Nash asintió con la cabeza, con una mirada un poco triste y desilusionada, pero comprensiva.
—Está bien. Saluda a Harper de mi parte. Dile que no se olvide de que existo —dijo Nash con una sonrisa sutil.
—Se lo diré. Buen fin de semana.
Bruno caminó hacia la salida del penthouse, abrió la puerta y salió al pasillo gris. Mientras el ascensor bajaba hacia la planta baja, Bruno apoyó la cabeza contra la pared de metal, soltando un suspiro largo que llevaba contenido desde hacía horas. Le dolía poner esa distancia y emocional con el hombre que amaba, le dolía ver la desilusión en los ojos claros de Nash, pero sintió un pequeño y extraño destello de orgullo en el estómago. Por primera vez en años, no se había quedado a ser la sombra protectora de nadie. Había puesto un límite. El nuevo ritmo de la vida de Nash era lento y medicado, pero el nuevo ritmo de la vida de Bruno empezaba a tener, por fin, una pequeña dosis de control propio.
caer y tocar fondo también te muestra que podes levantarte (siempre y cuando quieras, aunque sea en un rincón de tu corazón) y después los que te apoyan y acompañas son vitales!!!
sería mucho pedir más capítulos?? 😅 🥰
Diferente, pero completamente realista y repleta de amor!!