Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 12: Comeinzo de la corte.
—Habitantes del Reino de la Eternidad —dijo Azrael, y su voz resonó en todo el salón, amplificada por la magia, llegando a cada rincón, imponiendo respeto—. Durante mil años he reinado solo. He mantenido el equilibrio entre la vida y la muerte, he juzgado, he gobernado, he protegido las leyes que sostienen todo lo que existe. Pero el tiempo de la soledad ha terminado.
Hizo una pausa, y todos contuvieron el aliento. Él extendió la mano y me tomó de la mía, levantándola junto a la suya, mostrándome a todos, exponiéndome a todas esas miradas.
—Ella es Lysandra —anunció, con firmeza y orgullo—. Ha cruzado la muerte misma para estar aquí. Ha nacido de su propio deseo y de mi voluntad. Ella es mi esposa. Ella es la Reina de la muerte. Y desde este momento, ella gobierna conmigo. Su palabra es mi palabra. Su voluntad es mi voluntad. Quien la respete, me respeta a mí. Quien la obedezca, me obedece a mí. Y quien le haga daño, quien la traicione, quien dude de su autoridad… conocerá mi ira. Y conocerá el verdadero significado del fin.
El silencio que siguió fue pesado, denso, cargado de emociones ocultas. Luego, poco a poco, empezaron a escucharse las voces:
—¡Larga vida a la Reina Lysandra!
—¡Viva el Rey y la Reina!
—¡Que reine la eternidad!
Pero no todos gritaban con la misma fuerza. Y yo podía distinguir, entre el ruido de las aclamaciones, los susurros bajos, las miradas torcidas, las caras que no ocultaban su descontento.
Entonces, se abrió paso entre la multitud una figura imponente. Un hombre alto, de cabello blanco como la nieve, piel pálida y ojos de un color rojo oscuro, vestido con túnicas de terciopelo negro y bordados de oro antiguo. Caminó despacio, con paso lento y calculado, y se detuvo al pie de la tarima, mirando hacia arriba, hacia nosotros. Su porte era noble, antiguo, lleno de autoridad, pero su sonrisa era fría, cortés y peligrosa.
—Mi Rey —dijo con voz suave y profunda, inclinando la cabeza apenas un poco, sin llegar a la reverencia profunda de los demás—. Es una noticia maravillosa. Por fin, después de tanto tiempo, tenemos Reina. Todos nos alegramos de que hayas encontrado compañía.
Azrael no se movió, pero sentí cómo su mano se apretaba con fuerza alrededor de la mía, una advertencia silenciosa.
—Lord Valerius —dijo él, con un tono que no era ni amable ni hostil, pero que estaba cargado de historia—. Siempre tan… elocuente.
Valerius levantó la vista y me miró directamente. Sus ojos rojos me recorrieron de arriba abajo, con una curiosidad que me pareció desagradable, intrusiva, como si estuviera evaluando algo que no valía la pena.
—Y esta es la famosa Lysandra… —dijo él, arrastrando las palabras, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Una mujer hermosa, sin duda. Pero… perdona mi curiosidad, mi Señor. Dicen que nació de una vida humana. Dicen que vivía en el mundo de los mortales, rodeada de cosas pequeñas, de vidas breves… ¿Estás seguro de que alguien que conoció la debilidad humana puede soportar la grandeza de este reino? ¿Estás seguro de que tiene la fuerza, la sabiduría, la sangre necesaria para estar a tu lado?
Un murmullo bajo recorrió todo el salón. Era la duda que todos tenían, la duda que nadie se había atrevido a decir en voz alta hasta ahora. Y Valerius lo había dicho, claramente, desafiante, poniéndome a prueba, poniendo en duda mi valor, mi lugar.
Sentí cómo la rabia subía por mi pecho, caliente, intensa. No era miedo. Era rabia. Rabia de que me juzgaran sin conocerme, de que me vieran como algo inferior, débil, pequeña. Y entonces, algo cambió dentro de mí. Sentí la energía de Azrael fluyendo hacia mí, mezclándose con la mía, sentí el poder que había despertado en mí, esa fuerza que me había hecho sobrevivir a la muerte, esa fuerza que me había hecho pedir más, esa fuerza que me había hecho suya.
Di un paso al frente, separándome un poco de Azrael, y miré a Valerius directamente a los ojos rojos, sosteniendo su mirada sin parpadear, sin bajar la cabeza.
—Preguntas si tengo la fuerza, Lord Valerius —dije, y mi voz sonó clara, fuerte, resonando en todo el salón, sorprendiéndome incluso a mí misma por la seguridad y el poder que tenía—. Preguntas si tengo lo necesario para estar aquí. Déjame decirte algo: yo no pedí nacer en el mundo de los hombres. Pero tampoco me quedé allí, atrapada en una vida que no era la mía. Tuve el valor de desear más. Tuve el valor de pedir lo que nadie se atrevió a pedir. Tuve el valor de cruzar la muerte, de dejarlo todo atrás, de renacer para estar aquí. Y si eso no es fuerza… entonces no sé qué lo es.
Hice una pausa, y vi cómo todos me miraban, sorprendidos, cómo Valerius fruncía el ceño, no esperando respuesta, no esperando que una "humana" le hablara así.
—Y sobre mi sangre… —continué, levantando la barbilla, con orgullo—. Mi sangre ahora es la misma que la de mi Rey. Mi poder viene de él. Mi lugar me lo ha dado él. Y si tú, o cualquier otro aquí, duda de mi derecho a estar en este trono… entonces tendrán que dudar también de la palabra de Azrael. Porque él me eligió. Él me reclamó. Él me hizo su Reina. Y eso… es más que suficiente para mí. Y debería serlo para todos vosotros.
Se hizo un silencio absoluto, un silencio impresionante, cargado de asombro. Azrael me miró, y en sus ojos vi un brillo de orgullo inmenso, de sorpresa y de deseo, ese deseo que siempre estaba ahí, pero que ahora brillaba con más fuerza al verme defender mi lugar con tanta pasión y fuerza.
Valerius me miró un segundo más, con esa sonrisa suya que no significaba nada, y luego inclinó la cabeza, muy despacio.
—Sin duda, mi Reina —dijo, con una cortesía que sonaba a veneno—. Será un placer ver todo lo que eres capaz de hacer.
Se dio la vuelta y se marchó, perdiéndose entre la multitud, y yo sentí que acababa de ganar la primera batalla, pero que la guerra apenas empezaba.
Azrael se acercó a mí, tomó mi mano y la apretó con fuerza contra su pecho, donde podía sentir los latidos lentos y poderosos de su corazón. Se inclinó hacia mi oído, lo suficientemente bajo para que solo yo lo oyera.
—Lo hiciste perfecto, Lysandra —susurró, con voz ronca y llena de admiración—. Lo hiciste ver, lo hiciste sentir. Y ahora… ahora sé que no solo serás mi esposa en la cama. Serás mi Reina en todo sentido.
Me miró a los ojos, y su mirada se oscureció, se llenó de esa promesa de placer que ya conocía tan bien.
—Pero ten cuidado con Valerius —añadió, más serio—. Es antiguo, poderoso, y lleva mil años esperando que yo caiga, esperando ocupar mi lugar. No acepta que haya una Reina. Y hará todo lo posible para destruirte, para demostrar que no eres digna. Pero no te preocupes… yo estaré siempre a tu lado. Y si él se atreve a tocarte… desearía nunca haber nacido.
Dio media vuelta, se sentó en su trono y me hizo una seña para que me sentara en el mío, a su lado.
—¡Que empiece la corte! —anunció, y su voz llenó todo el espacio.
Me senté allí, alta, erguida, con la mano sobre el brazo del trono, mirando a todos los seres que me rodeaban, sabiendo que tenía enemigos, sabiendo que tenía peligros, sabiendo que el camino sería difícil. Pero también sabía que tenía a Azrael. Sabía que tenía poder. Y sabía que, pasara lo que pasara, nunca más volvería a estar vacía.
Y mientras las audiencias empezaban, mientras escuchaba peticiones, juicios, noticias de todo el reino, mi mente volaba hacia lo que vendría después, cuando estuviéramos solos de nuevo, cuando estuviéramos lejos de las miradas y las intrigas. Porque yo sabía, y él también, que lo que habíamos vivido la noche anterior era solo el principio. Que todavía nos quedaba todo por descubrir, todo por experimentar, todo por disfrutar. Y yo estaba impaciente. Muy impaciente.