El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 2
Pasaron tres años. Luego cuatro. Luego cinco.
Mariana perdió la cuenta de las veces que amaneció pensando en Ricardo y se durmió haciendo lo mismo. Era un hábito, una costumbre, una adicción silenciosa que no requería dosis cada vez más fuertes porque la primera dosis aquel día en el salón de clases, aquella sonrisa, aquel, seguro te habría notado, había sido tan poderosa que le alcanzaba para siempre.
O eso creía.
La preparatoria terminó y, para sorpresa de todos, incluida ella misma, no terminó su amistad. Ricardo se fue a la universidad pública a estudiar administración deportiva porque.
–lo mío es el deporte, Mari, no los libros.
Mariana entró a una privada a estudiar biología porque no sabía qué más hacer con su vida y porque los biólogos, pensaba, podían esconderse detrás de los microscopios sin que nadie los molestara.
Pero se seguían viendo.
Al menos una vez a la semana. A veces más. Ricardo la recogía en su auto, un Tsuru 2005 que él llamaba cariñosamente La Nave del Miedo, y se iban a comer tacos de canasta al parque. O se sentaban en el malecón a ver el atardecer. O él la llevaba a librerías, donde ella podía pasar horas hojeando ediciones desgastadas mientras él se recargaba en una pared y la miraba sin decir nada.
—Eres rara
le decía a veces.
—Lo sé
respondía ella.
—Me gusta.
Y Mariana guardaba esas palabras como monedas de oro en un frasco invisible.
Pero también estaban las otras cosas. Las que dolían.
Como cuando Ricardo llegaba con una sonrisa nueva, esa sonrisa que él ponía solo cuando algo, o alguien, lo tenía emocionado.
—Mari, conocí a una chica.
—¿Ah, sí?
preguntaba ella, y su voz no temblaba porque había aprendido a no dejar que temblara.
—Se llama Daniela. Es modelo. Bueno, no, está empezando. Pero es increíble, tiene los ojos más grandes que he visto.
Más grandes que los míos, pensaba Mariana. Por supuesto.
Y así pasó con Daniela. Y luego con Fernanda. Y luego con Paulina, y con Andrea, y con una chica de nombre impronunciable que estudia baile flamenco y que, según Ricardo, no es novia formal, solo algo divertido.
Mariana los odiaba a todas. No con odio verdadero, porque ella no era capaz de eso, sino con esa tristeza enconada que se parece al odio pero es en realidad otra cosa, es el rencor de querer algo que te han dicho desde niña que no mereces.
Porque Mariana se sentía fea.
No era algo que le hubieran dicho directamente, bueno, sí, en la secundaria un compañero le dijo cuatro ojos, y otro gordita, y otro nerd, y esas palabras se quedaron pegadas en su columna vertebral como lapas, pero era algo que ella había ido construyendo sola, ladrillo por ladrillo, reflejo por reflejo. Sus caderas eran anchas pero no tenía sobrepeso. Su cabello liso, pero le hacía mal el viento. Sus gafas demasiado grandes. Su silencio demasiado incómodo.
Ricardo, en cambio, era hermoso.
No solo por fuera, que también. El atletismo le había esculpido el cuerpo, hombros anchos, brazos fuertes, una espalda que parecía hecha para cargar el mundo. Pero era hermoso sobre todo por dentro. Por cómo la defendía cuando alguien se burlaba de ella en una fiesta. Por cómo aparecía con helado sin que ella se lo pidiera los días que la veía triste. Por cómo, cuando un chico se le acercaba en el cine o en la universidad, Ricardo se interponía sin que pareciera a propósito.
—Oye, ¿ese quién es?
preguntaba, con un tono que no era celos, según él, sino protección.
—Un compañero
decía ella.
—¿Y por qué te miraba así?
—¿Así cómo?
—No sé. Raro. Como si quisiera algo.
Mariana quería reírse. Quería decirle tú también me miras así, Ricardo, y no soy yo quien quiere algo de ti, eres tú quien no quiere verme como realmente soy. Pero nunca lo decía. En lugar de eso, bajaba la mirada y decía.
—No te preocupes. No me interesa.
Y era verdad. No le interesaba ningún otro. Solo él.
Así pasaron los años. Ricardo terminaba con una novia y, a los dos meses, otra mujer lo buscaba. No era difícil. Él tenía esa cualidad magnética, esa forma de hacer que las personas se sintieran vistas. Mariana lo sabía bien.
Y mientras tanto, ella esperaba.
No sabía qué exactamente. Tal vez un milagro. Tal vez un cambio en la mirada de él. Tal vez el valor suficiente para decir me gustas desde el primer día, idiota, ¿cómo no te has dado cuenta?
Pero el valor nunca llegaba. Y los días sí.
Hasta que llegó el día de la graduación universitaria.
Fue una ceremonia sencilla. Mariana recibió su título de bióloga y no sintió mucho. Ricardo recibió el suyo y lo celebró como si hubiera ganado un campeonato mundial. Sus padres no pudieron ir, otro viaje de negocios, otro, lo siento, hijo, ya nos debemos ir, pero Mariana estaba ahí, en la primera fila, aplaudiendo hasta que le dolieron las manos.
Después de la ceremonia, Ricardo la abrazó. Fuerte. Tanto que ella sintió cada uno de sus músculos contra su cuerpo.
—Lo logramos, Mari
dijo contra su cabello.
—Lo logramos
repitió ella, y quiso quedarse así para siempre.
Pero la noche siguió su curso. Los amigos de Ricardo, Luis, Pablo, y Juan, al que llamaban Juancho, organizaron una despedida. Bebidas, música, risas. Mariana fue porque Ricardo la llevó de la mano y dijo, vienes conmigo, no te dejo sola.
Ella se quedó hasta tarde, pegada a su lado, viéndolo reír, viéndolo brillar.
Cuando él la dejó en su casa, el reloj marcaba las 2:17 de la mañana.
—¿Estás bien?
preguntó él, desde el auto, con el motor encendido.
—Sí
dijo ella.
— Pero no te vayas.
—¿Cómo que no me vaya? Ya estamos en tu casa.
—Tengo un presentimiento.
Ricardo sonrió. Esa sonrisa que ella conocía de memoria.
—Tus presentimientos siempre son raros, Mari. No va a pasar nada. Voy con los chicos, echamos unas cervezas más y mañana te llamo.
—¿Lo prometes?
—Te lo juro.
Se quedó viéndolo alejarse. La noche era clara, sin luna, pero las estrellas parecían más brillantes de lo normal. O tal vez era solo el miedo.
Mariana cerró la puerta de su casa y se apoyó contra ella. Algo en el aire le decía que no debió dejarlo ir.
Pero ya era tarde.
Cuarenta minutos después, su celular vibraba en la mesita de noche con un número que no conocía.
—¿Mariana?
dijo una voz al otro lado.
— Usted es el contacto de emergencia del señor Ricardo Méndez. Ha tenido un accidente automovilístico. Debe venir al Hospital General de inmediato.
El mundo se detuvo.
Y empezó a caer.