Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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El peso del silencio
El regreso a la mansión Vance se sintió como entrar en un refugio subterráneo tras haber sobrevivido a una tormenta en campo abierto. El trayecto en la limusina había transcurrido en una calma casi irreal, con Leo profundamente dormido sobre el regazo de Mía, agotado por el esfuerzo titánico de procesar tantas luces, rostros y ruidos extraños. Mía había pasado todo el camino acariciándole el cabello oscuro, maravillada por la confianza ciega que el pequeño le demostraba tras apenas unos días de haber cruzado sus vidas.
Al llegar, la señora Gable los recibió en el vestíbulo con una expresión de sutil desconcierto. Claramente, esperaba que regresaran en medio de una crisis, con el niño llorando y la nueva psicóloga con las maletas listas en la mano. Ver a Leo durmiendo plácidamente en los brazos del chofer mientras este lo subía a su habitación dejó a la estricta ama de llaves sin argumentos válidos para una reprimenda.
Mía se encargó de arropar al niño, cambiándole los pantalones formales por su pijama más suave sin despertarlo. Se quedó sentada al borde de la cama unos minutos, vigilando que su respiración fuera rítmica y constante. La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por la suave lámpara de noche con forma de oso que ella misma había encendido. Al ver que el pequeño dormía plácidamente, Mía soltó un suspiro de alivio, se levantó con sigilo y salió al pasillo, cerrando la puerta con extrema delicadeza.
El ala superior de la casa estaba desierta. Dispuesta a bajar a la cocina por un vaso de agua antes de retirarse a su propia habitación, Mía avanzó por el pasillo central, pero al pasar frente al despacho principal, notó una línea de luz dorada que se filtraba por debajo de las enormes puertas dobles de roble.
Eran casi las once de la noche. ¿Había regresado ya Maximiliano?
Con un movimiento involuntario, Mía se detuvo. No tenía intenciones de espiar, pero el sonido de un vaso de cristal golpeando pesadamente contra la madera del escritorio la hizo contener el aliento. A través de la madera, llegó un suspiro profundo, rasposo y cargado de una frustración tan humana que no encajaba en absoluto con la imagen del indomable CEO que trituraba rivales en la junta de accionistas.
Antes de que pudiera decidir si seguir de largo o tocar la puerta, una de las hojas de roble se abrió de golpe.
Maximiliano Vance apareció en el umbral. Se había quitado el saco de etiqueta y los dos primeros botones de su camisa negra estaban desabrochados, revelando la base de su cuello fuerte. Tenía las mangas arremangadas hasta los antebrazos y sostenía un vaso corto con un par de dedos de whisky puro. Sus ojos gris acero, usualmente calculadores y fríos, lucían inyectados en sangre por el cansancio extremo, pero se clavaron en Mía con una intensidad instantánea que la congeló en el sitio.
—Señorita Thorne —su voz sonó más baja de lo habitual, un barítono áspero que vibró en el aire del pasillo—. Pensé que ya estaba durmiendo.
—Acabo de dejar a Leo acostado, señor Vance —respondió Mía, obligándose a mantener la compostura a pesar del vuelco que dio su corazón al tenerlo tan cerca en la intimidad de la noche—. Estaba bajando por un vaso de agua. No sabía que ya había regresado del hotel.
Maximiliano le dio un sorbo corto a su vaso, sin apartar la mirada de las facciones de Mía. El pasillo estaba tenuemente iluminado, lo que acentuaba las sombras de su mandíbula afilada y sus hombros anchos.
—Los contratos con los inversionistas asiáticos no se firman solos. Pero mi mente no estaba en los números esta noche —admitió él, dando un paso hacia el pasillo, invadiendo sutilmente el espacio de Mía de esa manera posesiva que empezaba a volverse una constante entre ambos—. Harrison y los demás miembros de la junta no dejarán de presionar. Ver a Leo en el hotel encendió sus alarmas. Quieren debilidad para atacarme, Mía. Buscan cualquier grieta para demostrar que no soy apto para seguir liderando el imperio corporativo.
—Leo no es una grieta, señor Vance —replicó Mía, dando un paso al frente de manera instintiva, defendiendo al niño con una fiereza que desarmó por completo al billonario—. Su hijo demostró hoy más valentía que cualquiera de esos hombres trajeados que le rinden pleitesía. Sostuvo su mano en la entrada. Buscó su protección y usted se la dio. Eso no es debilidad; es el inicio de una estructura real.
Maximiliano guardó silencio. Caminó lentamente de regreso hacia el interior de su despacho, dejando la puerta abierta en una invitación silenciosa para que ella lo siguiera. Mía dudó un segundo, consciente de las estrictas reglas de distancia de su contrato, pero la vulnerabilidad inusual del hombre la empujó a entrar.
El despacho olía a tabaco caro, madera y al perfume magnético del magnate. Maximiliano se apoyó contra el borde de su imponente escritorio de caoba, cruzando las piernas y observándola desde la penumbra de la habitación.
—La última vez que confié en alguien en este espacio, terminé firmando los papeles de un divorcio que casi destruye la estabilidad mental de mi hijo —confesó Maximiliano, su voz bajando a un susurro oscuro y peligroso—. Mi exesposa usaba las palabras exactas que usted usa, señorita Thorne. Hablaba de afecto, de romper estructuras, de humanizar... mientras vendía información confidencial de mis hoteles a la competencia y descuidaba a Leo hasta dejarlo en el estado en que usted lo encontró. Por eso detesto a las mujeres hermosas que entran aquí prometiendo salvar a mi familia. Siempre hay un precio oculto.
El golpe dolió. Mía sintió que la humillación le quemaba las mejillas, pero no bajó la cabeza. Dio dos pasos rápidos hacia él, quedando a escasos centímetros de su imponente figura. El calor que emanaba del cuerpo de Maximiliano la envolvió, acelerando sus latidos, pero su mirada castaña se mantuvo firme como una roca.
—Yo no soy su exesposa, señor Vance —siseó Mía, con una dignidad que hizo que el billonario entornara los ojos—. No sé qué clase de monstruos construyó en su pasado, pero yo estoy aquí porque me echaron de mi casa, porque no tenía dónde dormir y porque su hijo necesita desesperadamente a alguien que lo mire como un ser humano y no como a un heredero en un gráfico de barras. Si usted prefiere vivir en su fortaleza de hielo desconfiando de cada persona que intenta ayudar a Leo, adelante. Siga pagándome el triple del sueldo. Pero no se atreva a equiparar mi profesionalismo con la traición de la mujer que los abandonó.
Una tensión eléctrica, densa y asfixiante, nació entre ambos en ese instante. Las respiraciones de los dos se cruzaban en el espacio mínimo que los separaba. Maximiliano la observó, analizando la respiración agitada de Mía, la fijeza inquebrantable de sus ojos y la pureza de una rabia que no buscaba dinero ni posición, sino respeto elemental.
Lentamente, el billonario dejó su vaso de whisky sobre el escritorio. Extendió su mano grande y, con una suavidad que Mía no creyó capaz en un hombre tan despiadado, rozó con la yema de sus dedos la línea de la mandíbula de la joven. El contacto físico fue como una descarga de alto voltaje para ambos. Mía contuvo el aliento, sintiendo que sus piernas flaqueaban ante la caricia posesiva y oscura del magnate.
—Tiene un fuego muy peligroso dentro, Mía Thorne —susurró Maximiliano, su rostro acercándose milímetro a milímetro al de ella, permitiendo que sus ojos grises devoraran cada facción de sus labios—. Un fuego que podría quemar este contrato y todas las reglas que puse para protegernos.
Mía quería apartarse, sabía que debía hacerlo por su propio bien y por la seguridad de su empleo, pero el magnetismo del hombre la mantenía encadenada al suelo del despacho. Justo cuando la distancia parecía desaparecer por completo y la respiración de Maximiliano rozaba la comisura de sus labios, el eco lejano de un pequeño llanto proveniente del ala superior rompió el hechizo de golpe.
Leo estaba teniendo una pesadilla.
Mía reaccionó al instante, dando un paso atrás y rompiendo el contacto físico. Respiró hondo, intentando estabilizar el ritmo desbocado de su corazón mientras Maximiliano cerraba los puños a los costados, maldiciendo internamente la interrupción pero recuperando la máscara de piedra en un abrir y cerrar de ojos.
—Es Leo —dijo Mía con la voz temblorosa, acomodándose la blusa con manos nerviosas—. Debo ir con él.
—Vaya —ordenó Maximiliano, dándole la espalda y tomando nuevamente su vaso de whisky, volviendo a ser el titán de hielo infranqueable—. Mañana a las siete comenzará la rutina formal en el jardín. No se retrase, señorita Thorne.
Mía salió del despacho casi corriendo, sintiendo que el aire frío del pasillo le devolvía la cordura. Al entrar a la habitación de Leo, encontró al niño sentado en la cama, llorando silenciosamente con las manos cubriendo sus ojos. Mía se sentó a su lado, lo abrazó contra su pecho y comenzó a entonar la suave canción de cuna, mientras el recuerdo de los dedos de Maximiliano sobre su piel seguía quemándola por dentro, recordándole que había entrado voluntariamente en el juego más peligroso de su vida.