En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 16
La ventisca rugía con la fuerza de un monstruo herido en el exterior de la cueva, pero el viento helado moría apenas rozaba la entrada del refugio de Mei. Kaelen permanecía inmóvil bajo la nieve, con los copos acumulándose sobre sus anchos hombros y tiñendo de blanco su melena dorada. Sin embargo, su mirada ámbar estaba fija, con una intensidad casi febril, en la figura que se alzaba frente a él.
Mei dio un paso hacia la claridad de la entrada, permitiendo que la luz menguante del día iluminara por completo su nueva vestimenta. La chaqueta cruzada de tela de ortiga, ceñida con sutileza a su cintura por bandas del mismo material, y el pantalón rudimentario que se ajustaba a sus pantorrillas le otorgaban un aire de sofisticación y poder que rompía cualquier esquema de este mundo primitivo. No parecía una hembra buscando protección; parecía una estratega lista para reclamar un territorio.
Kaelen dejó escapar un rugido bajo, un ronroneo profundo que hizo vibrar el aire frío entre ambos. Cruzó el claro con pasos lentos y felinos, sacudiendo la nieve de sus hombros al entrar al umbral de la cueva.
—Cada vez que vengo a esta colina, pequeña flor, me pregunto si eres una hembra o un espíritu enviado por los ancestros para humillar la arrogancia de los machos —dijo el león, deteniéndose a una distancia que respetaba el espacio de Mei, pero que le permitía detallar la textura del tejido—. Esa ropa... no es la piel de ninguna bestia. Es suave, se amolda a tu cuerpo y te permite moverte como un cazador del sur. Lo lograste. Realmente convertiste la maleza en abrigo.
Mei mantuvo las manos apoyadas en sus caderas, esbozando una sonrisa tranquila. —Te lo dije, Kaelen. En mi mundo, la inteligencia se mide por la capacidad de adaptar el entorno a nuestras necesidades, no por el tamaño de nuestros colmillos. Esta tela es ligera, retiene el calor de mi cuerpo y, lo más importante, no depende de que un oso decida salir a cazar en la tormenta para tener qué ponerme.
Kaelen estiró una mano, rozando con la punta de sus dedos la manga de la chaqueta de Mei. El contraste entre la piel morena y curtida del guerrero y el tejido blanco marfil era absoluto. Sus pupilas felinas se contrajeron mientras asimilaba el impacto político de lo que tenía enfrente.
—Los osos de abajo se están muriendo de frío y comiendo carne que huele a putrefacción, Lin Mei —habló el león, su tono volviéndose serio y estratégico—. Mis espías me informaron esta tarde que las hembras de los nidos bajos están ocultando comida en sus cuevas. Están desobedeciendo las órdenes de Boran. Tú estás detrás de eso, ¿verdad?
Mei no vaciló. Dio media vuelta y caminó hacia el fogón, invitando implícitamente al león a acercarse al calor. —Solo les enseñé a buscar papas silvestres y a preparar medicina para la fiebre, Kaelen. Si el sistema de Boran se desmorona porque unas cuantas mujeres decidieron no morir de hambre, entonces el problema no soy yo; es la fragilidad de su liderazgo. Un líder que no puede asegurar el bienestar de sus crías no merece el nido que ocupa.
Kaelen se sentó sobre una roca plana cerca del fuego, observando cómo Mei añadía un par de ramas secas a las brasas de manera eficiente. —Tienes razón. Por eso la Tribu del León está lista para avanzar. Pero el jefe Gorik no es tonto. Sabe que algo está cambiando en las colinas altas. Ha convocado a una reunión de emergencia para mañana al amanecer. Quiere que todas las hembras de la tribu se presenten en la gran cueva del consejo para reasignar las tareas de la Luna Blanca. Talia va a usar esa reunión para intentar recuperar el control, y Boran exigirá que entregues tus reservas de comida a la gran cesta común.
Mei se detuvo, con la rama suspendida sobre el fuego. Sus ojos almendrados se entrecerraron con una frialdad peligrosa. —¿Quieren mi comida? ¿La comida que las recolectoras desenterraron con las manos congeladas mientras ellos celebraban sobre un mamut podrido? Si Boran cree que puede entrar a mi cueva a saquear mis provisiones, aprenderá que las garras de un oso no son lo único que puede cortar en este valle.
—No estarás sola —declaró Kaelen, levantándose y quedando a su lado, su enorme silueta irradiando una fiera determinación—. Mis guerreros estarán en la plaza. Si un solo oso intenta ponerte una mano encima para quitarte lo que es tuyo, transformaré este valle de piedra en un río de sangre. Pero quiero ver cómo juegas tus cartas, Lin Mei. Mañana es el día en que la Tribu de la Roca decidirá si sigue el camino de la fuerza bruta o el camino de tu hilo.
Tras dejar la advertencia en el aire, el león se despidió con una inclinación de cabeza cargada de un respeto genuino y se marchó, perdiéndose una vez más en la blancura de la tormenta.
Mei no durmió esa noche. Sabía que la confrontación del día siguiente determinaría su futuro en este mundo. En lugar de descansar, preparó tres piezas pequeñas de tela que había alcanzado a tejer en las últimas horas: tres mantas compactas, densas y terminadas con costuras reforzadas. Las guardó en una cesta de mimbre junto con varias porciones de medicina de sauce y menta. Si Talia y Boran querían una guerra de influencia, ella les daría una lección de estrategia que jamás olvidarían.
Al amanecer, la nieve había cesado de caer, dejando un silencio sepulcral en la aldea. El aire era tan frío que quemaba los pulmones. Mei descendió el sendero alto luciendo su traje de tela completo, atrayendo las miradas estupefactas de los pocos guardias que patrullaban los accesos.
La cueva del consejo estaba a reventar. El humo de los braseros era denso y el olor a desesperación e incomodidad flotaba en el ambiente. El jefe Gorik presidía la mesa con un semblante severo, flanqueado por Boran y una Talia que lucía ojeras profundas pero que mantenía una expresión de triunfo malicioso. En la sección baja de la cueva, más de treinta hembras de la tribu, incluyendo a Sora, Nila y Maya, se acurrucaban protegiendo a sus crías enfermas. En los laterales, la delegación de los leones, con Kaelen a la cabeza, observaba la escena con una calma espectante.
—¡Silencio todos! —rugió Boran, golpeando la mesa con su hacha de piedra—. El invierno está siendo más duro de lo esperado. La caza del mamut no fue suficiente porque la carne se dañó por la humedad. A partir de hoy, bajo las órdenes del jefe Gorik, todas las provisiones individuales deben ser entregadas a la gran cesta de la plaza. Ningún nido puede ocultar comida.
Talia dio un paso al frente, señalando directamente hacia la entrada de la cueva, justo en el momento en que Mei hacía su aparición. —¡Especialmente ella, jefe Gorik! —chilló Talia, su voz resonando con envidia—. Lin Mei ha estado reuniéndose en secreto con las hembras ciervo. Les ha estado dando raíces raras y manipulándolas para que no sirvan a los guerreros. Exigimos revisar su cueva y confiscar todo lo que tiene escondido. ¡Ella es un miembro de la tribu y su trabajo le pertenece a los cazadores!
Mei avanzó por el pasillo central con paso firme. El murmullo de la multitud creció exponencialmente al notar su ropa de tela de ortiga. El contraste con las capas sucias y tiesas de Talia era tan evidente que la hembra zorro retrocedió un paso, apretando los puños con rabia.
—Jefe Gorik —habló Mei, ignorando por completo los gritos de Talia y dirigiéndose directamente a la máxima autoridad—. He venido a escuchar sus órdenes, pero no permitiré que se cometa una injusticia basada en el miedo y la incompetencia de sus guerreros.
—Lin Mei —dijo Gorik, su voz cansada pero firme—. Boran dice la verdad en algo: la tribu necesita comida y abrigo para las crías si queremos sobrevivir a la Luna Blanca. Se rumorea que posees un conocimiento que puede salvarnos. ¿Es cierto que ocultas provisiones?
—No oculto nada, jefe —respondió Mei con total tranquilidad. Dejó la cesta de mimbre en el suelo y extrajo una de las mantas de tela de ortiga, extendiéndola ante los ojos del consejo—. Lo que tengo en mi cueva es el resultado de mi propio trabajo y del esfuerzo de las hembras que decidieron no quedarse de brazos cruzados esperando que los machos trajeran carne podrida. Esto que ve aquí es tela. Un material ligero, abrigado y limpio que yo misma inventé usando las ortigas del río.
Se giró hacia la sección de las madres y caminó hacia Nila, entregándole la manta directamente para que abrigara al pequeño Ro, quien ya no mostraba signos de fiebre gracias a los cuidados anteriores.
—¡Eso no importa! —intervino Boran, dando un paso al frente con agresividad—. Las leyes de la Roca dicen que todo le pertenece a la comunidad en tiempos de crisis. ¡Entregarás tus reservas de comida y tus hilos ahora mismo, o te arrastraré fuera de esa cueva yo mismo!
Mei se plantó firme en el centro de la sala, sus ojos almendrados brillando con una determinación que heló la sangre de Boran.
—Inténtalo, Boran —desafió Mei, su voz resonando con una autoridad que dejó a la cueva en un silencio absoluto—. Pero debes saber algo antes de dar un solo paso: la comida que desenterramos son papas silvestres. Si tus guerreros intentan sacarlas de mi cueva sin saber cómo almacenarlas, se pudrirán en un solo sol debido a la humedad que tus hombres traen en sus ropas. La medicina que preparo requiere dosis exactas que solo mi mente conoce; si me desterras o me quitas mis utensilios, tus crías morirán de fiebre antes de que termine la semana, porque nadie más sabe cómo procesar la corteza de sauce.
Un grito de apoyo surgió desde el fondo de la cueva. Sora se levantó, seguida por Maya y otras diez hembras recolectoras. —¡Lin Mei tiene razón! —gritó Sora—. ¡Ella nos dio comida cuando los guerreros nos dejaron los huesos del mamut! ¡Si tocan a Lin Mei, las hembras de los nidos bajos no volveremos a limpiar las pieles ni a encender los fuegos de la plaza!
El jefe Gorik abrió los ojos con sorpresa. Una rebelión de las hembras era algo inaudito en la historia de la Tribu de la Roca. Miró a Boran, cuyo rostro estaba desencajado por la humillación, y luego miró a Mei, percatándose de que la joven agrónoma había logrado ganar el control de la base de su sociedad en menos de una semana.
Desde su esquina, Kaelen soltó una carcajada baja y musical, cruzando una mirada de complicidad con Mei. El juego de poder de la pequeña flor había sido perfecto: había demostrado que la fuerza bruta de los osos era inútil contra el monopolio de la tecnología y la supervivencia. La revolución de las agujas había comenzado, y la Tribu de la Roca ya nunca volvería a ser la misma.
zorra ? ¿ q animal ?