Ela una chica que era bondadosa y alegre se dará cuenta de que su familia no es lo que parece y perderá su vida . La vida o el destino le dará una oportunidad para hacer las cosas bien.
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Capítulo 18: Ecos de una guerra olvidada
Ela despertó antes del amanecer.
El recuerdo seguía presente.
La nieve.
La sangre.
Cedric cayendo de rodillas.
Y aquella voz desconocida diciendo que si él moría, todo terminaría.
No parecía un simple sueño.
Cada vez estaba más convencida de que aquellos recuerdos provenían de algo más profundo.
Algo relacionado con su reencarnación.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos dorados cuando salió de su habitación.
Necesitaba pensar.
Necesitaba respuestas.
Y sobre todo necesitaba impedir aquella muerte.
Sin embargo, apenas llegó al jardín encontró a Alexander.
El duque estaba entrenando con espada.
Su uniforme negro se encontraba ligeramente desordenado.
El sudor recorría su frente.
Y cada golpe desprendía una fuerza impresionante.
—Buenos días.
Alexander se giró.
—Pensé que seguirías descansando.
—No pude dormir.
—Yo tampoco.
Ela sonrió.
—¿Problemas?
—Demasiados.
El duque apoyó la espada sobre un banco cercano.
—Helena descubrió algo durante la noche.
—¿Sobre Viktor?
—Sí.
La expresión de Alexander se volvió seria.
—Alguien dentro del ejército está colaborando con él.
Ela abrió los ojos.
—¿Un traidor?
—Exactamente.
—¿Saben quién es?
—Todavía no.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Por primera vez desde que llegó a aquel mundo, Ela sintió verdadero miedo.
Porque un enemigo oculto podía ser más peligroso que un ejército entero.
Horas después, Cedric y Lucas partieron hacia una ciudad cercana.
Habían encontrado una pista relacionada con uno de los hombres de Viktor.
Alexander no estaba contento.
Pero tampoco podía detener la investigación.
Antes de partir, Cedric encontró a Ela cerca de los establos.
—Volveré pronto.
—Eso espero.
—¿Te preocupa?
—Un poco.
Cedric permaneció en silencio.
Luego sonrió ligeramente.
—Intentaré no iniciar ninguna guerra.
—Agradezco el esfuerzo.
—No prometo nada.
Por alguna razón ambos terminaron riendo.
Desde una ventana cercana, Julian observaba la escena.
—Definitivamente.
Leonard apareció a su lado.
—Definitivamente qué.
—Ellos.
—Ah.
—¿Lo ves?
—Hasta los árboles lo ven.
Mientras tanto, Diana escuchaba detrás de una puerta.
—Ustedes dos son imposibles.
Aquella misma tarde tuvo lugar una recepción organizada por varias familias nobles.
Alexander insistió en que Ela asistiera.
—¿Por qué?
—Porque esconderte hará que parezcas débil.
—Eso fue muy político.
—Soy un duque.
—Buen argumento.
La recepción se celebraba en una enorme mansión decorada con mármol blanco y lámparas de cristal.
Cientos de invitados recorrían los salones.
La música sonaba suavemente.
Y los rumores viajaban más rápido que el viento.
Beatrice Crowley apareció apenas diez minutos después.
Como una tormenta perfectamente vestida.
—Lady Evelina.
—Lady Beatrice.
—Me alegra ver que ya puedes caminar.
—También me alegra.
—Hubiera sido una pena quedar inválida.
El salón quedó en silencio.
Algunos nobles observaron con atención.
Esperando una discusión.
Una humillación.
Un espectáculo.
Ela sonrió.
—Tiene razón.
Beatrice parpadeó.
—¿Perdón?
—Hubiera sido una pena.
Especialmente porque seguiría siendo más agradable que usted.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Después varias personas comenzaron a ocultar risas.
Beatrice quedó petrificada.
Diana casi se atragantó con una bebida.
Julian desapareció detrás de una cortina para reír.
Y Leonard tuvo que salir al jardín.
—Qué carácter tan interesante tiene usted.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
La sonrisa de Beatrice se volvió rígida.
Y por primera vez se retiró sin saber qué responder.
Aquella noche, mientras todos celebraban la pequeña victoria de Ela, ocurrió algo inesperado.
Un carruaje llegó apresuradamente a la mansión Valmont.
Alexander recibió una carta.
La leyó.
Y su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué sucede?
El duque levantó lentamente la vista.
—Cedric y Lucas fueron atacados.
El corazón de Ela dejó de latir durante un instante.
—¿Qué?
—Una emboscada.
—¿Están bien?
Alexander observó nuevamente la carta.
—Lucas está herido.
—¿Y Cedric?
El silencio duró apenas unos segundos.
Pero para Ela parecieron horas.
—Cedric sobrevivió.
Ella soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Dónde están?
—Regresan a la capital.
Aquella noche nadie durmió.
Ni Alexander.
Ni Diana.
Ni Julian.
Ni Leonard.
Y mucho menos Ela.
Porque mientras observaba la lluvia caer sobre los jardines, un pensamiento aterrador se repetía una y otra vez.
La muerte de Cedric había comenzado.
Exactamente igual que en sus recuerdos.
Y si no hacía algo pronto...
La historia volvería a seguir el mismo camino.