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Capítulo 16
Los lamentos de la noche
El bosque era diferente al del inicio del viaje.
Los árboles crecían tan juntos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Sus troncos eran más gruesos, sus raíces más retorcidas y el silencio resultaba inquietante.
Laira caminaba detrás de Asterion desde hacía horas.
Al principio había intentado seguir su ritmo con entusiasmo.
Pero ahora...
Cada paso comenzaba a pesarle.
Sus piernas dolían.
Los hombros también.
Y la pequeña mochila parecía haber duplicado su peso.
Intentó no decir nada.
No quería parecer débil.
Asterion continuó caminando unos metros más.
Sin girarse.
Sin embargo, habló.
—Estás reduciendo el paso.
Laira levantó la vista.
—¿Cómo...?
—Hace veinte minutos.
Ella soltó una pequeña risa.
—Creí que no lo había notado.
—Lo noté hace bastante.
Continuaron avanzando unos segundos.
Entonces el Archimago se detuvo.
Se volvió hacia ella.
Y, con la misma naturalidad con la que hablaría del clima, dijo:
—Sube.
Laira parpadeó.
—¿Perdón?
Asterion giró ligeramente el cuerpo.
—Te cargaré.
La joven abrió mucho los ojos.
—¡No!
—Llegaremos más rápido.
—Pero...
—No es una pregunta.
Laira cruzó los brazos.
—Puedo caminar.
Intentó dar otro paso.
Y soltó un pequeño gesto de dolor.
Asterion arqueó una ceja.
Ella desvió la mirada.
—Solo fue un tropiezo.
Él suspiró.
—Laira.
Si continúas forzándote...
Mañana no podrás caminar.
Ella permaneció callada.
Sabía que tenía razón.
Con algo de vergüenza se acercó.
Asterion se inclinó apenas lo suficiente para que pudiera subir.
Laira apoyó las manos sobre sus hombros.
Con cuidado se acomodó sobre su espalda.
—¿No peso mucho?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Ella sonrió.
—Entonces... gracias.
El Archimago reanudó la marcha como si no llevara absolutamente nada.
Y, para sorpresa de Laira, caminaba incluso más rápido que antes.
—Es injusto...
—¿Qué cosa?
—Usted no parece cansarse nunca.
—Porque no me canso.
Ella infló ligeramente las mejillas.
—Eso sigue siendo injusto.
Después de casi una hora, Laira pidió bajar.
—Ya puedo caminar otra vez.
Asterion accedió.
La joven volvió al sendero con energía renovada.
Pero apenas dio unos pasos...
Escuchó algo.
Un crujido.
Muy cerca.
Giró la cabeza.
Nada.
Solo árboles.
Siguieron avanzando.
Otro ruido.
Esta vez al otro lado del camino.
Como si alguien caminara entre los arbustos.
Laira aceleró el paso sin decir una palabra.
Un tercer sonido.
Más cercano.
Entonces terminó prácticamente caminando al lado de Asterion.
Él lo notó de inmediato.
—¿Ocurre algo?
La joven intentó sonreír.
—No...
Bueno...
Creo que sí.
Bajó un poco la voz.
—Siento que algo nos sigue.
Asterion observó el bosque.
Él también lo sentía.
Pero no era una sola presencia.
Había varias.
Ocultándose.
Esperando.
No estaban atacando.
Todavía.
El sol comenzó a desaparecer.
Las sombras crecieron rápidamente.
Laira levantó la vista hacia el cielo.
—¿Dónde dormiremos?
Guardó silencio unos segundos antes de añadir:
—Si esa cosa sigue persiguiéndonos...
¿Será seguro dormir aquí?
Asterion continuó observando el terreno.
Hasta que encontró una formación rocosa.
Una abertura estrecha conducía al interior de una pequeña cueva.
Entró primero.
La revisó cuidadosamente.
No había animales.
Ni rastros recientes.
Solo piedra.
Salió unos minutos después.
—Dormiremos aquí.
Laira miró la entrada.
—¿Y si entra esa criatura?
Asterion apoyó una mano sobre la roca.
Un antiguo círculo mágico apareció bajo sus pies.
La entrada comenzó a cerrarse lentamente.
Grandes bloques de piedra se deslizaron unos sobre otros hasta dejar apenas una pequeña abertura por donde entraba el aire.
La luz de los símbolos desapareció.
—Ahora no podrá entrar nadie.
Laira observó la pared de piedra.
—Eso fue...
Increíble.
Él simplemente respondió:
—Es un hechizo básico.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces no quiero imaginar cómo son los difíciles.
La noche cayó por completo.
Dentro de la cueva solo permanecía encendido un pequeño fuego.
Laira bebía lentamente una infusión de hierbas.
El calor resultaba agradable.
Por primera vez en todo el día comenzó a relajarse.
Entonces...
Lo escuchó.
Un lamento.
Largo.
Profundo.
Como el llanto de alguien que llevaba siglos sufriendo.
Otro respondió desde la lejanía.
Después otro.
Y otro más.
Los sonidos parecían rodear la montaña.
Laira sintió un escalofrío.
Dejó lentamente la taza sobre el suelo.
—¿Lo escuchó?
Asterion asintió.
Los lamentos continuaban.
Algunos parecían muy lejanos.
Otros...
Extrañamente cerca.
La joven tragó saliva.
—¿Qué es eso?
Sin darse cuenta, dio un paso hacia el Archimago.
Luego otro.
Hasta quedar muy cerca de él.
Instintivamente sujetó una de sus mangas.
No con fuerza.
Solo lo suficiente para sentir que no estaba sola.
Asterion bajó la mirada hacia aquella pequeña mano.
Después volvió a escuchar los lamentos.
Su expresión se endureció.
—No saldrán del bosque.
Respondió con calma.
—¿Pero qué son?
El silencio duró unos segundos.
Finalmente habló.
—Almas.
Laira sintió un nudo en el estómago.
Él continuó.
—Hace siglos, en este bosque se libró una guerra.
Muchos murieron sin encontrar descanso.
Dicen que, algunas noches, sus voces aún buscan el camino de regreso.
La joven apretó un poco más la tela de su túnica.
Asterion no se movió.
Permaneció allí, escuchando los ecos del pasado.
Y, aunque jamás lo admitiría...
Se aseguró de mantener el fuego encendido hasta el amanecer.