NovelToon NovelToon
Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 - Madurez iracunda

—Tienen cuarenta y ocho horas.

Don Guillermo pronunció el plazo mientras un sirviente retiraba los platos intactos. Lo dijo sin elevar la voz, como quien anuncia la hora de salida de un barco que no espera a los retrasados.

Ernesto permaneció de pie.

—No necesitamos dos días para responder algo semejante.

—Entonces diga que no ahora mismo.

La mirada de Guillermo se deslizó hacia la carpeta de cuero. Dentro aguardaban las rutas, la maquinaria y las hojas de Virginia. No señaló los documentos. No era necesario. Había colocado la salvación sobre la mesa y ahora invitaba a Ernesto a rechazarla delante de su esposa y de su hija.

Damaris volvió a tocar el brazo de su marido.

—Agradecemos el tiempo —dijo.

Diane la miró con incredulidad.

—Madre…

—Nos retiraremos —continuó Damaris, sin permitir que la interrumpiera.

Don Guillermo se levantó para despedirlos. Eduardo ya no estaba en el comedor. Había salido después de la propuesta, cerrando la puerta con una violencia que hizo temblar las copas. Beatriz observó aquel lugar vacío durante el resto de la conversación.

Mientras cruzaban el vestíbulo, Diane escuchó pasos en el corredor superior. Levantó la vista y distinguió a Eduardo detrás de la baranda. La distancia convertía su rostro en una máscara oscura, pero la mano apoyada sobre la madera temblaba.

Él no bajó.

Diane tampoco se despidió.

En el carruaje, el silencio duró hasta que las puertas de la mansión desaparecieron entre los cipreses.

—No voy a casarme con él —dijo entonces.

Ernesto cerró los ojos.

—Nadie ha dicho que lo harás.

—Don Guillermo lo dijo. Mamá le dio las gracias por permitírnoslo.

—Le agradecí el plazo —corrigió Damaris.

—¿Para qué necesitamos un plazo si la respuesta es no?

Las ruedas golpearon una piedra y el carruaje se inclinó. Damaris sujetó el bolso contra su regazo. Ernesto continuó con los ojos cerrados, como si fingir sueño pudiera devolverlo a la hora anterior a la cena.

—Tu padre buscará otra solución —dijo Damaris.

Diane volvió la mirada hacia él.

—Dímelo tú.

Ernesto abrió los ojos.

—Buscaré otra solución.

No dijo que la encontraría.

La diferencia fue pequeña, pero Diane ya había aprendido a desconfiar de las palabras colocadas con demasiado cuidado.

La primera mañana de las cuarenta y ocho horas comenzó antes del amanecer.

Ernesto partió hacia el centro de Santa Lucía llevando una carpeta con escrituras, balances y cartas de recomendación. Diane lo vio desde la galería. Parecía un soldado que acudía a una batalla vestido para una reunión. Damaris desayunó a la hora acostumbrada, corrigió el menú del día y ordenó que limpiaran la habitación de invitados.

—¿Esperamos a alguien? —preguntó Diane.

—Una casa no debe parecer abandonada solo porque sus dueños estén preocupados.

—¿Quién vendría a visitarnos hoy?

—Precisamente por eso debe estar preparada.

Diane dejó la taza sin probar el chocolate.

—¿Sabías cuál sería la propuesta?

Damaris untó mantequilla en una tostada.

—Ya respondiste esa pregunta anoche con tu imaginación.

—No la respondiste tú.

—Hay preguntas que una hija no debe formular a su madre.

—¿Y hay madres que entregan a sus hijas para pagar deudas?

El cuchillo se detuvo sobre la porcelana.

Damaris levantó la vista. Durante un instante, Diane sintió el impulso infantil de pedir disculpas. Lo aplastó antes de que llegara a su boca.

—Ten cuidado —dijo su madre—. La rabia puede hacerte valiente, pero también estúpida.

—Prefiero ser estúpida a convertirme en el precio de esta casa.

Diane se levantó y salió del comedor.

Esperó a su padre durante horas. Intentó pintar, pero cada color terminaba convertido en el vino oscuro de la mesa de Guillermo. Intentó escribir a Iván y rompió tres hojas porque ninguna frase parecía capaz de contar lo ocurrido sin volverlo real. Al mediodía caminó hasta los secaderos. Los trabajadores bajaron la voz al verla. Algunas hojas colgadas se deshacían por los bordes con solo rozarlas.

Encontró al administrador revisando cajas vacías.

—¿Cuánto debemos? —preguntó.

El hombre palideció.

—Debe hablar con su padre, señorita.

—Mi padre cree que hablar conmigo empeorará las cifras.

—No estoy autorizado.

Diane abrió una de las cajas. En el fondo quedaban fragmentos secos de tabaco, quebradizos como insectos muertos.

—¿Cuántas familias dependen de la fábrica?

El administrador miró hacia la puerta.

—Cincuenta y tres de manera directa. Más los jornaleros de temporada.

Diane cerró la caja.

Hasta entonces había pensado en la ruina como la pérdida de su habitación, sus vestidos y el apellido que Damaris protegía como una reliquia. De pronto tuvo cincuenta y tres rostros. Mujeres esperando salarios. Niños comiendo del mismo campo que se secaba. Iván ocultando cortes en las manos para no perder una jornada.

La comprensión no hizo más aceptable el matrimonio.

Solo volvió más pesada su negativa.

Ernesto regresó al anochecer. Diane lo esperó en el vestíbulo. Supo que había fracasado antes de que él se quitara el sombrero.

—El Banco Mercantil no puede ampliar el crédito —explicó—. La familia Salvatierra aceptaría comprar las tierras del este, pero ofrece menos de la mitad de su valor. Mañana hablaré con el consorcio de Sevilla.

—¿Y si también dicen que no?

—No lo harán.

Damaris apareció en la escalera.

—¿Eso te dijeron o eso necesitas creer?

Ernesto le lanzó una mirada agotada.

—No esta noche.

—Nos queda una noche y un día.

Diane observó a ambos. Su madre no parecía sorprendida por el fracaso. Aquella tranquilidad comenzaba a parecerle menos una virtud que una prueba.

—Podemos vender la casa —dijo Diane.

Damaris descendió el último escalón.

—No bastaría.

—Las joyas. Los cuadros. Mis vestidos.

—No bastaría.

—Entonces la tierra.

—Nos dejaría sin producción para pagar el resto.

—Debe existir algo que podamos perder antes que mi vida.

Ernesto dejó el sombrero sobre una mesa.

—Diane, nadie quiere quitarte la vida.

—Solo quieren decidir con quién debo vivirla.

El cansancio abandonó por un momento el rostro de su padre. Diane vio dolor, pero también una sombra de cálculo. Ernesto no estaba imaginando a Eduardo. Estaba viendo barcos, máquinas y hojas saludables suspendidas en los secaderos.

—Mañana encontraré el dinero —insistió.

Diane deseó creerle. Había creído en él toda su vida con la facilidad con que se cree en la salida del sol. Pero la fe, descubrió, también podía agotarse cuando se la obligaba a trabajar sin pruebas.

La segunda mañana llegó con lluvia.

Ernesto partió hacia la estación para reunirse con los representantes del consorcio. Regresó antes del almuerzo, empapado y sin la carpeta. Había dejado documentos como garantía para una evaluación que tardaría dos semanas.

Don Guillermo esperaba una respuesta antes de la noche.

La familia se reunió en el salón. Sobre el escritorio continuaba la solicitud de quiebra. Damaris colocó junto a ella la invitación, como si preparara una balanza.

—Podemos pedir más tiempo —dijo Ernesto.

—Guillermo no lo concederá —respondió Damaris.

—No puedes saberlo.

—Los hombres poderosos solo conceden tiempo cuando creen que aumenta el precio.

Diane permanecía junto a la chimenea. Había llevado el cuaderno de dibujos contra el pecho, sin saber por qué. Tal vez necesitaba recordar que existía una parte de sí misma que no figuraba en ningún balance.

—Declárate en quiebra —dijo.

Ernesto la miró como si lo hubiera golpeado.

—No comprendes lo que pides.

—Comprendo que perderemos la empresa.

—Perderemos mucho más. Los trabajadores quedarán sin empleo. Los bancos tomarán la tierra. Tu madre y tú dependerán de la caridad de familiares que apenas nos toleran.

—Trabajaré.

Damaris soltó una exhalación seca.

—¿Pintando cielos?

—Haciendo lo que sea.

—No sabes cocinar, coser para vender ni administrar una casa sin sirvientes. No has pasado una noche sin fuego en la habitación. Hablas de pobreza como quien habla de un país leído en un libro.

—Puedo aprender.

—Mientras aprendes, otros pasarán hambre.

Cada palabra de Damaris añadía un rostro a la culpa. Diane apretó el cuaderno.

—También puedo huir —dijo.

Ernesto palideció.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? Si no estoy aquí, no podrán usarme.

—Tu fuga sería un escándalo. Guillermo retiraría cualquier posibilidad de trato y los bancos actuarían de inmediato.

Diane sintió que algo ardía dentro de ella.

—Entonces ya lo estás considerando.

—Estoy intentando salvarnos.

—No. Estás intentando descubrir cuánto de mí necesitas vender.

Ernesto cruzó el salón. Por un instante Diane creyó que la abrazaría. Él se detuvo a un paso, con las manos abiertas e inútiles.

—Eres la luz de mi vida —dijo—. Todo cuanto he hecho ha sido para darte seguridad.

—Entonces déjame elegir una vida insegura.

La petición quedó suspendida entre ambos.

Ernesto no respondió.

Damaris se acercó a la ventana. Afuera, la lluvia borraba los campos detrás de una cortina gris.

—Si rechazamos la propuesta, perderemos la fábrica —dijo—. Después la tierra. Después esta casa. No dentro de un año, Diane. Quizá antes de Navidad. Los criados se marcharán, tus amigas dejarán de visitarte y los hombres que hoy te sonríen fingirán no recordar tu nombre.

Diane la escuchó sin apartar la mirada de su padre.

—Díselo completo —continuó Damaris—. Dile que incluso el techo bajo el que piensa refugiarse con ese muchacho pertenece al banco.

Ernesto cerró los ojos.

Fue entonces cuando Diane comprendió que la decisión ya no estaba siendo discutida.

Solo estaban esperando que el miedo le enseñara a llamarla necesaria.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play