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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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MIL ALMAS EN UN SOLO CORAZÓN CAPÍTULO 4

Tres noches habían pasado desde que la nota de Valide Dilara llegó a su almohada, y en el pequeño rincón oscuro del dormitorio común nada había vuelto a ser igual. Las cuatro ya no eran solo cuatro chicas atrapadas en un palacio gigante: se habían convertido en un equipo silencioso, preciso, que funcionaba sin necesidad de hablar. Todas las mañanas, antes de que sonara el primer grito de la Kahya Kadın, se pasaban señales con las manos bajo las mantas para avisar si venía alguien, si había peligro, si debían seguir actuando o si podían relajarse un segundo. Todas las tardes, mientras limpiaban, cosían o aprendían lecciones, se comunicaban sin hacer ruido: un roce de hombro significaba “cuidado”, un guiño muy leve era “todo va bien”, pasar la mano por el cabello de cierta forma quería decir “Gülşah nos vigila”.

Por supuesto, el aprendizaje no había estado exento de risas y desastres, sobre todo por culpa de Zeynep. Todavía recordaban la noche anterior, cuando habían ensayado la señal de “peligro inminente” y la muchacha del mar se había confundido tres veces seguidas, primero levantando el brazo como si estuviera saludando a un rey, luego rascándose la nariz con fuerza y por último golpeando sin querer a Lila en el hombro tan fuerte que la pobre había soltado un grito ahogado que casi las delata a todas frente a la guardia nocturna. Gül las había regañado con su voz más seria, frunciendo el ceño y diciendo que eran unas niñas irresponsables que iban a terminar todas muertas por su culpa… pero cinco minutos después era la que repetía cada señal más rápido y más perfecta que ninguna, con una precisión que parecía haber nacido para ello.

—Esto es una estupidez —decía siempre, mientras movía los dedos con una elegancia militar impecable—. Una tontería de pueblo. Pero bueno… por si acaso. No cuesta nada.

Y Elif las miraba reír, equivocarse, ayudar mutuamente, y sentía por dentro cómo algo que llevaba siglos roto dentro de su alma seguía pegándose pedacito a pedacito. Por primera vez en mil existencias, no tenía que cargar todo el peso sola. Por primera vez, si caía, había tres manos listas para levantarla antes de que tocara el suelo.

Pero la paz, como ya había aprendido demasiado bien a lo largo de los siglos, nunca duraba mucho en lugares donde el poder, la ambición y el odio se respiraban con el mismo aire que se llenaba los pulmones.

La noticia cayó como un cubo de agua helada sobre todas las novatas a primera hora de la mañana, mientras desayunaban pan tibio y miel negra en el comedor grande: en **tres días exactos** se celebraría la **Gran Prueba de Ascenso**, la única oportunidad que tenían todas las recién llegadas para dejar de ser simples sirvientas invisibles y ascender a los rangos superiores del harén, con mejores habitaciones, menos tareas pesadas, ropa más fina y la posibilidad real de ser vistas alguna vez por el Sultán. Quienes aprobaran ganarían estatus, protección, un lugar un poco más seguro dentro de aquellas murallas. Quienes suspendieran se quedarían en el nivel más bajo para siempre, destinadas a limpiar suelos, lavar ropa y servir a las demás hasta envejecer o morir.

Y había más. Las pruebas no eran iguales para todas. Se sortearon al azar frente a todo el mundo, cada chica sacaba un pergamino enrollado de una copa de plata maciza donde venía escrito qué debía hacer: algunas debían recitar poemas antiguos de memoria, otras bailar danzas rituales del imperio, otras preparar platos complejos, otras tejer patrones imposibles en seda, otras demostrar conocimientos de religión, historia o protocolo.

Gülşah Kadın había sido la encargada de preparar todos los pergaminos. Y por supuesto, había hecho todo lo posible para manipular el sorteo a su favor.

Cuando llegó el turno de Elif, metió la mano temblorosa y fingidamente torpe dentro de la copa, sacó el pergamino más pequeño, lo desenrolló despacio y leyó en voz alta con la voz quebrada, mientras Gülşah la miraba desde la primera fila con una sonrisa dulce y venenosa dibujada en los labios:

—“Primera prueba: recitar de memoria, sin fallar ni una sola palabra, el poema épico completo ‘La Caída de la Ciudad Blanca’, de trescientos versos antiguos, en el idioma original de cuatrocientos años atrás… Segunda prueba: bailar la ‘Danza de los Siete Velos de la Pureza’, con los pasos exactos, el ritmo perfecto y sin que se caiga ni una sola de las campanas de plata cosidas en el borde del vestido… Tercera prueba: crear desde cero el perfume imperial ‘Aliento de Rosa y Sándalo’, con las proporciones exactas, la fragancia duradera y el color cristalino que solo usan las Sultanas… Tiempo para prepararse: tres días. Si falla una sola de las tres partes, la prueba se da por perdida en su totalidad.”

Un murmullo de horror y lástima corrió por toda la sala. Incluso la Kahya Kadın frunció el ceño y miró a Gülşah con desaprobación. Aquello no era una prueba: era una sentencia de fracaso asegurado. Ninguna novata, ninguna, ni siquiera las más educadas y preparadas de familias nobles, era capaz de superar las tres cosas juntas en tres días. El poema era tan antiguo que casi nadie hablaba ya ese idioma, la danza requería años de entrenamiento diario desde la infancia, y la fórmula exacta del perfume imperial era un secreto guardado bajo siete llaves en el laboratorio de los eunucos perfumistas, que nadie había logrado descifrar en generaciones. Era matemáticamente imposible. Estaba diseñada para que fallara sí o sí.

—P‑Pero… mi señora… —balbuceó Elif, poniéndose más roja que un tomate, con los ojos llenos de lágrimas a punto de caer, temblando de pies a cabeza como si le hubieran dicho que la iban a ejecutar al amanecer—. Yo… yo no sé leer casi nada… en mi pueblo casi no había escuela… y bailar… yo me caigo caminando por un camino llano… y perfumes… yo ni siquiera sé distinguir una flor de otra… seguro que lo hago todo mal… seguro que suspendo… por favor cámbiemelo, por favor… ponga lo que quiera, pero esto es demasiado para mí…

—¡Nada de ruegos! —le cortó Gülşah con voz dulce y firme, disfrutando cada segundo de su supuesto sufrimiento—. El azar ha hablado. Todos hemos visto lo que has sacado. Tienes tres días. O lo logras… o te quedas aquí abajo limpiando letrinas durante el resto de tu miserable vida. Y confío mucho en tu famosa suerte, blanquita —añadió bajito solo para ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. A ver si esta vez los ángeles también te ayudan a recitar trescientos versos muertos, bailar como una dama de la corte y mezclar olores sin equivocarte. Yo apostaría todo lo que tengo a que esta vez, por fin, se te acaba la racha.

Se dio la vuelta y se marchó caminando despacio, con la seda de su túnica arrastrando suave por el suelo, segura, absolutamente segura de su victoria. Por primera vez en mucho tiempo, Zeynep no quiso ir detrás de ella a gritarle ni a insultarla. Se acercó a Elif, la rodeó con un brazo por los hombros y la apretó fuerte contra sí, seria, sin chistes ni risas esta vez.

—No te preocupes —le dijo muy bajito al oído, mientras Lila y Gül se acercaban también formando un pequeño círculo protector alrededor de ella—. Nosotras te ayudaremos. Las cuatro juntas podemos con todo. Aunque tengamos que estar despiertas las tres noches enteras. Aunque tengamos que aprender el poema todas para decírtelo al oído palabra por palabra. No vas a pasar por esto sola.

Gül asintió con la cabeza muy seria, ya mentalizando cómo organizar el tiempo, cómo dividir las tareas, cómo buscar información oculta en los libros viejos de la biblioteca a la que solo ella tenía acceso por ser la que ayudaba a la Kahya Kadın a ordenarlos. Lila apretó su mano con fuerza, sin decir nada, pero sus ojos oscuros decían más que cualquier discurso: estaría allí hasta el final.

Elif las miró a las tres, sintió el calor de sus cuerpos, la lealtad sincera que emanaban de cada una, y por dentro sonrió con una calma absoluta que nadie más habría entendido. Porque lo que Gülşah no sabía, lo que nadie en todo aquel palacio sabía, es que para ella aquellas tres pruebas “imposibles” no eran un castigo. Eran casi un regalo.

El poema de La Caída de la Ciudad Blanca? Lo había escuchado recitar en voz alta por el propio poeta que lo escribió, hacía ya cuatrocientos años, cuando ella era una joven copista que trabajaba en la biblioteca de aquel mismo palacio, y se lo sabía de memoria hacia adelante, hacia atrás y empezando por cualquier verso que le dijeran.

La Danza de los Siete Velos? La había bailado delante de tres emperadores distintos en tres vidas diferentes, ganando competiciones enteras, y conocía cada paso, cada giro, cada movimiento de muñeca, cada ritmo mejor que cualquier bailarina viva.

Y el perfume Aliento de Rosa y Sándalo? Ella misma había sido quien creó la fórmula original, hacía ciento veinte años, cuando fue la perfumista personal de la Sultana madre de aquel entonces. Se sabía cada ingrediente, cada gota, cada tiempo de maceración, cada pequeño truco secreto que nadie más había logrado descubrir nunca.

El único problema real no era superar las pruebas. El verdadero reto, el más difícil de todos, era **superarlas fingiendo al máximo que no sabía nada, que todo era pura casualidad, suerte del cielo, ayuda de los ángeles y torpeza bienintencionada**, sin que nadie, absolutamente nadie, sospechara la verdad. Y sobre todo, sin que Gülşah encontrara ni una sola prueba para acusarla de brujería.

Así que durante los tres días siguientes, dio el espectáculo más grande, más largo y más perfecto de toda su existencia milenaria.

Cuando estaban las cuatro solas en el rincón del dormitorio estudiando, Gül le leía el poema en voz alta despacio y Elif lo repetía equivocándose una palabra sí y otra también, tartamudeando, confundiendo versos, diciendo tonterías, riendo nerviosa y dándose golpecitos en la frente diciendo “¡qué cabeza tan vacía tengo, Dios mío, nunca me lo voy a aprender!”, hasta que de repente, por “suerte”, lo decía todo bien una vez y se ponía a saltar de alegría como una niña pequeña, mientras las otras tres la miraban sonriendo, sin saber aún que ya se lo sabía antes de que Gül terminara siquiera de leer la primera estrofa.

Cuando practicaba la danza en el salón vacío por las tardes, a escondidas, tropezaba con su propio vestido cada dos pasos, se caía sentada en el suelo casi todo el rato, se enredaba en los velos, hacía los giros al revés, se golpeaba los codos con las columnas y decía llorando que nunca lo lograría, que era demasiado torpe… hasta que en los últimos segundos, cuando creía que nadie la veía, hacía una secuencia entera perfecta, fluida, elegante, como si flotara sobre el mármol, para volver inmediatamente a tropezar y fingir que había sido un accidente afortunado.

Cuando fue al laboratorio de perfumes con permiso para usar los ingredientes, mezclaba cosas al azar a propósito, hacía olores horribles que la hacían toser y reír a la vez, casi tira frascos caros por el suelo, se manchaba las manos de todos los colores, decía que no entendía nada de nada… y en medio de todo aquel desastre aparente, iba poniendo cada gota exacta en el momento justo, en el orden perfecto, siguiendo la fórmula que ella misma había inventado hacía generaciones.

Varias veces, mientras practicaba, sentía la mirada pesada de alguien clavada en su espalda desde una puerta o un balcón oculto. Sabía perfectamente quién era: unas veces Gülşah, venida a verla fracasar para irse más tranquila a dormir; otras, mucho más a menudo, el propio Sultán Murad, que había encontrado mil excusas absurdas para pasar por cerca de donde ella estaba cada día, sin que nadie se diera cuenta, observándola en silencio, intentando atraparla en un descuido, intentando ver más allá de la máscara. Y cada vez que notaba que él estaba allí, aumentaba aún más su actuación: se hacía más tonta, más torpe, más despistada, casi ridícula, disfrutando por dentro de lo mucho que le costaba al joven soberano resolver el acertijo que ella representaba.

Una tarde, mientras buscaba en la gran biblioteca alta y polvorienta un pergamino falso del poema para seguir fingiendo que lo estudiaba, se encontró sola entre estantes de madera que subían hasta el techo abovedado, llena de libros viejos que olían a cuero, tinta y tiempo pasado. Sin pensar, por reflejo de otra vida, sacó de un estante alto un libro enorme de piel oscura, lo abrió por la mitad y empezó a pasar las páginas muy despacio, leyendo en silencio, absorta, olvidando por unos minutos dónde estaba, quién debía ser, qué máscara debía llevar puesta. Era el tratado de astrología y matemáticas que había escrito ella misma con su propia mano, hacía trescientos años, bajo otro nombre, otro cuerpo, otra vida. Reconocía hasta los pequeños errores de caligrafía que había dejado en algunas páginas, las notas al margen que había escrito con tinta roja.

—Así que también sabes leer libros antiguos de ciencias prohibidas, niña blanca.

La voz baja, suave y ronca de Valide Dilara la hizo saltar en el sitio, cerrando el libro de golpe con un golpe seco que resonó en toda la sala. Se giró muy despacio, el corazón latiéndole fuerte, y la vio apoyada en el marco de una puerta entreabierta entre las sombras, con su túnica azul apagado, su cabello blanco recogido y su mirada sabia que lo veía todo. Sin pensarlo, antes de que la máscara volviera a ponerse en su sitio, respondió con una voz que sonó mucho más vieja, mucho más culta y mucho más segura de lo que debía:

—Este libro… tiene un error en el cálculo del eclipse del año trescientos doce. El autor se equivocó en tres días. Lo corregiría si tuviera tinta y pluma a mano.

Se calló de inmediato. Se heló la sangre. Había hablado de más. Otra vez. Demasiado. Se puso roja como un pimiento, juntó las manos con torpeza, bajó la cabeza y empezó a balbucear de inmediato, intentando deshacer el daño:

—¡A‑Ay, perdóneme, no sé qué dije! ¡Yo no sé leer casi nada! ¡Lo abrí nomás porque era grande y bonito! ¡Seguro que todo eso me lo inventó la cabeza porque soy muy tonta y me creo cosas que no son! ¡No entiendo nada de esas letras raras, de verdad que no!

Dilara no dijo nada. Se quedó mirándola en silencio durante unos segundos larguísimos, y luego una sonrisa pequeña, triste y sabia se dibujó en sus labios arrugados por la edad. Dio un paso dentro de la biblioteca, se acercó muy despacio hasta ella, le pasó una mano suave por encima del cabello blanco como si fuera su propia abuela, y le susurró muy bajito al oído, para que solo ella lo oyera:

—Sigue actuando así, pequeña. Lo haces muy bien. Casi me engañas a mí también. Pero recuerda lo que te dije: la prueba verdadera no es lo que tienes que hacer delante de todos. Es lo que harás cuando Gülşah te ponga trampas delante de toda la corte, cuando nadie crea que puedes salir airosa. Ahí es donde se verá si realmente vales todo lo que llevas dentro. Y una cosa más —añadió, metiéndole sigilosamente un papelito doblado cuatro veces dentro de la manga de su túnica—. La fórmula del perfume que tienes que hacer… la que crees que recuerdas a la perfección… cambió un solo ingrediente hace cincuenta años. Aquí tienes la actualización. Para que no te equivoques por demasiado perfecta. La gente sospecha de las cosas que salen demasiado bien. Hazlo casi bien. No del todo.

Y antes de que Elif pudiera darle las gracias o preguntarle nada más, la mujer mayor se dio la vuelta y desapareció entre las sombras de los estantes tan silenciosamente como había llegado, sin dejar rastro de su paso. La muchacha se quedó quieta en el mismo sitio, sintiendo el papel caliente contra su piel a través de la tela, y entendió entonces algo que había empezado a sospechar hacía días: Valide Dilara no solo era su aliada. Era alguien que, de alguna forma, sabía exactamente quién era ella, o al menos sospechaba la verdad más grande de todas.

Un rato después, cuando ya se disponía a salir de la biblioteca con el libro falso del poema bajo el brazo, chocó de frente con alguien que venía caminando distraído entre las estanterías. Fue un golpe suave, pero ambos retrocedieron un paso al mismo tiempo. Eran los ojos oscuros, ardientes y profundos del Sultán Murad. Había entrado sin hacer ruido, solo, sin guardias, como siempre que venía a buscarla. Se quedaron los dos quietos, muy cerca el uno del otro, sin hablar, durante lo que pareció una eternidad. El olor a cuero limpio, incienso y poder de él le llenó los pulmones de golpe, haciendo que su corazón se acelerara sin permiso, aunque por fuera siguió siendo la misma chica asustada y torpe de siempre.

—¡Ay, perdóneme, mi Sultán! —exclamó ella, dando un salto hacia atrás como si le hubiera quemado, tropezando con sus propios pies y agarrándose fuerte del estante para no caer sentada, con los ojos como platos y toda la cara roja—. ¡No le vi venir! ¡Soy muy despistada, siempre ando con la cabeza en las nubes! ¡Perdone mi torpeza, por favor, no quería!

Murad no respondió de inmediato. La miró de arriba abajo muy despacio, fijándose en cada detalle: en cómo temblaba de los pies a la cabeza, en cómo apretaba el libro contra su pecho como si fuera su única posesión en el mundo, en cómo no se atrevía a levantar la vista ni un centímetro del suelo. Pero luego sus ojos se desviaron un segundo hacia el libro que ella había dejado abierto sobre la mesa antes de que él entrara: el tratado de matemáticas prohibidas, abierto justo por la página del eclipse. Y por un instante, su mirada se iluminó con una chispa de inteligencia y curiosidad que le hizo arder la piel a ella.

—Tú… —empezó a decir con su voz grave, joven y profunda, señalando el libro con un dedo largo y fuerte—, ¿entendes algo de lo que pone ahí? He buscado a alguien que me explique ese error del cálculo desde hace meses. Ningún sabio de mi corte ha sido capaz de verlo todavía.

Elif casi se muere del susto en el acto. Reaccionó en una fracción de segundo, abrió mucho más los ojos, se rió una risita tonta, aguda y sin sentido, y negó con la cabeza tantas veces que casi se le da un vuelco:

—¡A‑A mí? ¡Si yo no sé ni leer bien las letras sencillas, mi Señor! ¡Abrí ese libro nomás porque tenía una tapadera bonita de color oscuro y me gustó cómo brillaba el oro! ¡Todo lo que hay dentro son rayas y números raros que parecen hormigas para mí! ¡No entiendo absolutamente nada, nada de nada, se lo juro por todo lo sagrado! ¡Seguro que usted se equivoca de persona! ¡Yo soy la más tonta de todas las novatas, todo el mundo lo dice!

Murad la miró fijamente a los ojos durante unos segundos interminables, intentando encontrar una sola grieta en aquella actuación perfecta, intentando atrapar una sola mentira, una sola señal de que lo que decía no era cierto. Pero no encontró nada. Nada. Solo una chica del pueblo, miedosa, ingenua, medio boba, que no era capaz ni de mirarlo a la cara sin sonrojarse hasta las orejas. Suspiró hondo, casi con decepción, y apartó la mirada.

—Claro —murmuró más para sí que para ella—. Perdona. He debido confundirte con otra persona. Puedes irte.

Ella no se lo dijo dos veces. Hizo una reverencia tan profunda y tan mal hecha que casi se cae de narices contra el suelo, murmuró mil perdones más y salió caminando rápido, casi corriendo, de la biblioteca, sin mirar atrás hasta que dobló la primera esquina y se apoyó en la pared fría de mármol para recuperar el aliento. Había estado a un pelo de ser descubierta. Un pelo más cerca y todo habría terminado. Aquel muchacho era mucho más listo, mucho más observador y mucho más terco de lo que nadie imaginaba. Tendría que tener mil veces más cuidado de ahora en adelante.

Por fin, después de tres días y tres noches que parecieron siglos, llegó el gran día.

El Salón del Trono estaba adornado hasta el extremo con tapices de seda bordada en oro, lámparas de cristal que colgaban del techo alto, cientos de velas encendidas que bañaban todo de una luz dorada, cálida y solemne. En el trono elevado de mármol y oro, sentado derecho, serio, guapo y majestuoso, estaba el Sultán Murad, vestido con su túnica de púrpura real y plata, la espada al cinto, la mirada recorría toda la sala sin detenerse en nadie… aunque de vez en cuando, sin que casi nadie lo notara, sus ojos buscaban instintivamente la figura de cabello blanco entre las novatas. A su derecha, en un sillón más pequeño, estaba Valide Dilara, que había decidido asistir por primera vez en veinte años a una prueba de novatas, excusándose en que “tenía ganas de ver caras nuevas”. A la izquierda, Gülşah Kadın sonreía de oreja a oreja, segura, lista para disfrutar del fracaso más humillante que nadie hubiera visto nunca.

Todas las novatas pasaron una por una: algunas lo hicieron bien, otras regular, otras muy mal, algunas se quedaron mudas del susto y salieron llorando. Hasta que por fin el gran visir llamó en voz alta el nombre que todo el mundo estaba esperando:

—¡ELIF, DEL PUEBLO DE LAS MONTAÑAS DEL NORTE!

Salió del grupo caminando lento, con los hombros encogidos, la cabeza baja, temblando visiblemente, como si fuera a desmayarse en cualquier momento. Llevaba el vestido de prueba de color blanco y plata, con siete velos de distintas longitudes y pequeñas campanas de plata cosidas en los bordes, que sonaban bajito y melodioso con cada paso. Se paró justo en el centro del salón, sobre la gran estrella de mármol de ocho puntas, hizo una reverencia tan torpe que casi se cae, y esperó con los ojos cerrados la señal para empezar.

Gülşah hizo una pequeña seña imperceptible con la mano a uno de sus sirvientes que estaba detrás de una cortina. La primera trampa ya estaba en marcha.

—Primera prueba: recitación del poema —anunció el visir.

Y en ese instante, el sirviente cambió sigilosamente el pergamino que tenía el juez que debía leer para corregirla: en lugar del poema que le había tocado en suerte, pusieron otro mucho más largo, mucho más antiguo, mucho más difícil, que nadie esperaba. Gülşah sonrió más fuerte. Esta vez no habría escapatoria.

Elif lo notó inmediatamente en cuanto el juez empezó a decirle por dónde debía empezar. No era el de siempre. Era otro. Pero claro, no podía decir nada. No podía quejarse. Tendría que recitarlo también… y hacerlo parecer un milagro de suerte.

Así que empezó tartamudeando, equivocándose las primeras palabras, deteniéndose, rascándose la cabeza nerviosa, diciendo “ay, no me acuerdo, perdón, ay, qué tonta soy” unas cuantas veces… hasta que de repente, como si una voz celestial le hablara al oído, empezó a recitar todo seguido, fluido, perfecto, sin fallar ni una sola coma, con la entonación exacta, el sentimiento justo, en el idioma antiguo tan bien pronunciado que incluso los sabios más viejos de la corte abrieron los ojos sorprendidos. Cuando terminó, hizo una pausa, abrió los ojos muy despacio y miró a todos con cara de no entender qué había pasado, como si ella misma no supiera cómo lo había logrado.

—¡A‑Ay! —exclamó, tapándose la boca con ambas manos, sorprendidísima—. ¡Lo dije todo! ¡No me lo creo! ¡Seguro que Dios me puso las palabras en la boca porque yo no me sabía ni la mitad de verdad! ¡Qué suerte la mía, Dios mío!

Todo el salón estalló en murmullos de admiración. Incluso Murad se había inclinado un poco hacia adelante en el trono, con los ojos muy abiertos, una pequeña sonrisa de incredulidad dibujada en sus labios. Gülşah apretó los dientes con rabia, pero no se dio por vencida. Hizo otra seña. Segunda trampa.

—Segunda prueba: Danza de los Siete Velos —dijo el visir.

La música empezó a sonar lenta, solemne, con tambores y flautas antiguas. Pero justo en el primer compás, uno de los ayudantes de Gülşah que estaba escondido cerca del suelo derramó una capa fina de aceite de oliva transparente, invisible, justo sobre la estrella de mármol donde ella debía bailar. Resbaladizo. Mortal. Un paso en falso y caería al suelo en medio de todo el mundo, humillada para siempre, prueba suspendida automáticamente.

Elif lo olió antes de dar el primer paso. Conocía ese olor mejor que nadie. Sabía exactamente dónde estaba y qué tan peligroso era. Pero bailó igual. Y lo hizo de forma magistral: parecía que se iba a caer cada dos segundos, daba pasos inseguros, se tambaleaba, las campanas sonaban más fuerte de lo normal por sus movimientos bruscos, todos contenían el aliento creyendo que en cualquier momento se estrellaba… pero nunca resbalaba de verdad. Nunca pisaba la zona aceitosa. Nunca fallaba un paso. Cada giro, cada movimiento de velo, cada levantamiento de pierna era perfecto, aunque disfrazado de torpeza controlada. Cuando terminó la danza, con el último velo cayendo suavemente al suelo justo en el último compás, todo el salón se quedó en silencio unos segundos… y luego estalló en aplausos contenidos, respetuosos, porque incluso la gente más seria estaba impresionada.

—¡Ay, casi me caigo mil veces! —decía ella riendo nerviosa, secándose el sudor falso de la frente con el dorso de la mano—. ¡Menos mal que me agarré de los velos cada vez! ¡Otra vez los ángeles, seguro! ¡No sé cómo no me rompí la cabeza!

Gülşah ya estaba pálida de rabia. Sus manos temblaban de la furia contenida. Solo quedaba la tercera prueba. Solo una. Y esta vez no habría errores. No habría suerte. Había preparado la trampa definitiva.

—Tercera y última prueba: creación del perfume imperial —anunció el visir.

Trajeron la mesa con todos los ingredientes, frascos de cristal, morteros, agua destilada y alcohol. Pero lo que nadie sabía es que Gülşah misma había cambiado todos los frascos de sitio, había quitado dos ingredientes esenciales y había puesto otros dos venenosos sin olor, que si se mezclaban arruinaban todo el perfume para siempre, dejando un olor hediondo que nadie podría soportar. Si Elif usaba lo que había allí, el resultado sería una catástrofe. Estaba asegurado.

La muchacha se acercó a la mesa con paso lento, mirando todos los frascos como si no conociera ninguno, tocándolos con dedos temblorosos, haciendo muecas de confusión. Todos pensaron que ya estaba perdida. Que allí terminaba su racha.

Pero Gülşah había olvidado un detalle pequeño, casi insignificante: Elif no distinguía los ingredientes por las etiquetas. Los distinguía por el olor. Por el peso. Por la forma de la luz al pasar a través del líquido. Conocía cada uno con los ojos cerrados, con una sola respiración. Así que, fingiendo que mezclaba cosas al azar, que elegía por colores bonitos, que no sabía lo que hacía, fue cogiendo exactamente lo que necesitaba, evitando perfectamente los frascos trampa, siguiendo la fórmula que ella misma creó… y recordando el consejo de Dilara: no lo hagas perfecto. Hazlo casi perfecto. Un poquito menos. Para que parezca suerte, no maestría.

Cuando terminó, sirvió el líquido cristalino, ligeramente rosado, en tres frascos pequeños de prueba y se los entregó a los jueces con la cabeza baja, temblando. Los tres olieron al mismo tiempo… y se quedaron boquiabiertos. Era exactamente el perfume imperial. Igual que el original. Incluso un poco mejor, más suave, más duradero. Solo un poquito menos intenso en la nota final, lo que lo hacía parecer una copia increíblemente afortunada, no la obra de un maestro.

—No… no puede ser —susurró uno de los jueces, el perfumista mayor del palacio, que llevaba cincuenta años en el cargo—. En cincuenta años nadie lo había logrado. Nadie.

—¡Otra vez suerte! —gritó Elif saltando en el sitio como una niña pequeña, aplaudiendo con las manos, con lágrimas de alegría en los ojos—. ¡Fui poniendo cosas que me olían bonitas y salió solo! ¡No me lo puedo creer! ¡Qué día tan bueno tengo!

En ese momento, Gülşah Kadın perdió por completo la cabeza. No podía aceptarlo. No podía permitir que aquella chica del pueblo la humillara delante de todo el imperio una vez más. Se puso de pie de un salto, señalándola con el dedo índice con la cara distorsionada por el odio, y gritó con todas sus fuerzas para que todo el salón la oyera:

—¡ES BRUJERÍA! ¡NO PUEDE SER DE OTRA FORMA! ¡NINGUNA CHICA DEL PUEBLO SIN EDUCACIÓN PUEDE HACER ESTAS COSAS SI NO TIENE AYUDAS DEL DIABLO! ¡TIENE EL CABELLO BLANCO POR ALGO! ¡ES UNA HECHICERA, MALDITA, PELIGROSA! ¡DEBEMOS CASTIGARLA YA, ANTES DE QUE TRAIGA LA MUERTE A TODOS NOSOTROS!

Un silencio frío, pesado y terrible cayó sobre todo el salón. Nadie se atrevía a respirar. La acusación de brujería era la más grave que existía. Si se aceptaba, la muerte lenta en la hoguera era segura. Gülşah sonrió triunfante. Por fin lo había logrado.

Pero antes de que nadie pudiera decir ni una sola palabra de más, tres voces femeninas, fuertes, claras y decididas se alzaron al mismo tiempo desde la fila de las novatas:

—¡NO ES VERDAD!

Zeynep, Lila y Gül habían salido del grupo juntas, de la mano, sin dudar ni un segundo, parándose justo delante de Elif formando un muro humano protector entre ella y toda la corte. Zeynep habló primero, con la voz potente y valiente que le había dado el mar:

—¡Ella no es ninguna bruja! ¡Estamos con ella las veinticuatro horas del día! ¡Vemos todo lo que hace! ¡Solo estudia mucho, se esfuerza más que ninguna y tiene mucha suerte! ¡Si la castigáis a ella, tendréis que castigarnos a nosotras también, porque creemos en ella!

Gül habló después, seria, fría, impecable, citando leyes del imperio de memoria que nadie recordaba ya, demostrando con argumentos irrefutables que acusar sin pruebas era ilegal, que todo lo hecho había sido delante de todos los jueces, que no había trampa posible. Y Lila, aunque temblaba de pies a cabeza y se le quebraba la voz, miró fijamente a Gülşah a los ojos y dijo fuerte y claro:

—Ella nos salvó la vida a más de una. Las brujas no hacen eso. Usted sí que hace trampas. Todos lo vimos.

Todo el mundo empezó a murmurar de nuevo, ahora del lado de las cuatro chicas. La gente empez

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