¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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El Engranaje Del Destino
Dos años más pueden parecer un suspiro en las hojas del calendario, pero cuando se construyen sobre los cimientos de un amor real, son capaces de transformar una vida entera. El apartamento de estilo industrial que Gonzalo y yo elegimos se había convertido en un reflejo exacto de nuestra sintonía: las plantas que Caliope me ayudaba a cuidar crecían verdes cerca de los grandes ventanales, los discos de vinilo de Jester decoraban las repisas y, en el rincón de taller de Gonzalo, el aroma a soldadura y metal se mezclaba con la fragancia de vainilla que yo solía usar. A mis treinta y dos años, mi carrera de modelaje había alcanzado una madurez plena; ya no desfilaba por aprobación, sino por el puro placer del arte, sabiendo que al final de la pasarela siempre me esperaba la misma mirada cálida que me hacía sentir en casa. Gonzalo, por su parte, había consolidado su empresa de diseño de audio de alta gama, pero su esencia seguía siendo la misma: el hombre práctico, risueño y locamente enamorado que desarmaba mis temores con un solo abrazo.
La mañana del sábado comenzó con un caos absoluto y maravilloso. Faltaban apenas unas horas para que el segundero marcara la hora de nuestra boda. Mi apartamento se había transformado en un centro de operaciones estéticas donde el perfeccionismo que me caracterizaba estaba al borde del colapso.
—Yadira, si sigues caminando en círculos vas a desgastar el suelo de madera antes de ponerte el vestido —bromeó Caliope, entrando a la habitación con dos tazas de café humeante.
Su relación con Jester también había florecido en estos dos años; se mudaron juntos y la madurez de ambos los había convertido en el pilar del grupo. Caliope, con su uniforme de dama de honor en un tono verde oliva que resaltaba su imponente estatura de uno con setenta y cinco, se sentó en el borde de la cama y me obligó a tomar un sorbo de café.
—No puedo evitarlo, Cali —admití, sintiendo las manos frías a pesar del calor del verano—. ¿Y si algo sale mal con el sistema de sonido? Ya sabes cómo es Gonzalo, diseñó los amplificadores de la recepción él mismo. Si un cable falla, va a querer ponerse a soldar en medio de la fiesta con el traje puesto.
—Para eso está Jester allá —me tranquilizó ella, dándome un apretón cariñoso—. Jester mide un metro ochenta y tiene la fuerza de un bartender que carga barriles; te aseguro que si Gonzalo intenta tocar un destornillador hoy, Jester lo va a sentar a la fuerza y le va a poner un trago en la mano. Relájate, amiga. Hoy es tu día.
A los pocos minutos llegó la estilista, y el proceso de transformación comenzó. Mientras me peinaban el cabello en ondas suaves que caían sobre mis hombros y aplicaban un maquillaje sutil que resaltaba la timidez natural de mis ojos, me quedé mirando el espejo. Recordé a la Yadira de veintiocho años, aquella chica que se escondía detrás de sus silencios por miedo a no ser correspondida por un amor platónico. Qué tonta había sido. El verdadero engranaje del destino no se detiene por fantasías; se mueve con la constancia de los detalles reales, con la paciencia de un hombre que supo esperar a que yo estuviera lista para ver el amor de verdad.
Cuando finalmente me ayudaron a colocarme el vestido, la habitación se quedó en un silencio sepulcral. Era un diseño corte sirena de encaje blanco que se amoldaba a mis sesenta kilos y mi uno con sesenta y seis de estatura, realzando cada curva con una elegancia impecable. El escote en la espalda caía en una forma de V profunda, dejando al descubierto la piel suave que Gonzalo tanto amaba acariciar.
—Estás... espectacular, hermana —susurró Caliope, con los ojos empañados por las lágrimas.
En ese momento, el teléfono sonó. Era un mensaje de texto de Gonzalo. Al abrirlo, una sonrisa involuntaria iluminó mi rostro. «Los circuitos están calibrados, el corazón está a mil revoluciones por minuto y mi frecuencia solo espera sintonizar con la tuya. Te veo en el altar, mi modelo perfecta». Toda la ansiedad se disipó de golpe. No importaba si el banquete se retrasaba o si la música fallaba; el único engranaje que importaba hoy era el que unía mi vida a la suya para siempre.
Yadira Caliope
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