Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
NovelToon tiene autorización de Margalo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 19- Esto lo sabemos entre los 2
Marco no perdió ni un minuto. Con solo una llamada, supo con exactitud dónde se alojaba Anabel: en la suite presidencial del hotel más exclusivo de la ciudad, el mismo que él mismo había mandado construir años atrás y donde siempre se quedaban los invitados más distinguidos. Sabía que ella no había reservado por azar; sabía que su influencia llegaba a todos lados, pero la suya llegaba mucho más lejos.
Subió en el ascensor privado, sin detenerse en ningún piso más, y cuando llegó a la puerta de la habitación, no llamó. Con un simple movimiento de muñeca, la cerradura electrónica cedió ante su código de acceso, y entró despacio, sin hacer ruido, con la seguridad de quien sabe que todo ese lugar le pertenece.
Al cruzar el umbral, se detuvo un instante. Anabel estaba de espaldas a él, en medio de la habitación, y justo en ese momento acababa de quitarse la blusa y se estaba cambiando de sostén. Al oír el leve clic de la puerta, se giró de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y sus mejillas se tiñeron de un rubor momentáneo antes de que su orgullo tomara el control. Rápidamente se puso una camisa fina de seda que tenía cerca, se abotonó con movimientos rápidos pero sin perder la compostura, y lo miró fijamente, sin retroceder ni un paso.
—¿Quién te dio permiso para entrar? —le espetó con voz firme, sin mostrar ni un ápice de miedo—. ¿Crees que por ser el dueño de todo puedes irrumpir en mi habitación como si fuera tu despacho?
Marco cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, cruzando los brazos y recorriéndola con la mirada con calma, sin ninguna intención de disculparse.
—Yo no necesito permiso para entrar en lo que es mío —respondió con voz profunda y serena—. Y tampoco he venido a pedirte nada. Sé perfectamente quién eres, sé la influencia que tienes sobre tu hermano, sé que has venido a vigilar y a juzgar, y sobre todo… sé que sabes lo que hay entre Elisa y yo. No hace falta que finjamos.
Anabel se quedó callada unos segundos, sopesando sus palabras, y al final soltó una pequeña risa seca, sin dejar de sostenerle la mirada.
—Pues sí, lo sé —dijo con total frialdad—. Y sé que lo que hacen es una traición, una mentira que va a destrozar a Luis cuando se entere. No pienso callármelo, no pienso dejar que se salgan con la suya.
Marco dio un paso hacia ella, y la habitación pareció encogerse con su presencia.
—Te he escuchado —dijo con firmeza—. Y ahora te digo yo a ti: todo esto se puede arreglar sin que nadie salga herido si tú decides guardar silencio. Sé que eres una mujer práctica, que sabe lo que quiere. Dime cuánto dinero necesitas. Una cantidad que te cambie la vida, que te asegure el futuro para ti y para los tuyos. Dime la cifra y la tendrás en tu cuenta antes de que anochezca. Solo te pido que te vayas y que no vuelvas a interferir entre nosotros.
Anabel lo miró con desdén al principio, como si le hubiera ofendido, y caminó hacia él lentamente, moviéndose con una gracia calculada y provocativa.
—¿Crees que todo se reduce a dinero? —susurró, deteniéndose a solo unos centímetros de él, mirándolo a los ojos con una intensidad distinta, más oscura y más ardiente—. ¿Crees que puedes comprarme como compras a todos los demás?
—Dime qué es lo que quieres entonces —replicó él, sin apartarse, empezando a entender que no se trataba de billetes ni de cuentas bancarias—. Si no es dinero, ¿qué es?
Ella sonrió despacio, una sonrisa que mezclaba desafío y deseo, y levantó una mano para rozarle suavemente el pecho a través de la camisa, sintiendo la dureza de su cuerpo bajo la tela.
—Hay cosas que valen mucho más que el oro, Marco —dijo con voz suave y seductora—. Y lo que yo quiero… no lo vas a encontrar en ningún banco ni en ninguna cuenta. Lo que quiero… eres tú.
Marco se quedó inmóvil un instante, comprendiendo al fin su juego. Vio la forma en que lo miraba, la manera en que se acercaba, la tensión que emanaba de ella, y entendió que lo que buscaba era posesión, venganza y placer mezclados en uno solo.
—¿Quieres que esté contigo? —preguntó él con calma.
—Sí —susurró ella, acercándose aún más hasta que sus cuerpos casi se rozaban—. Si estás conmigo… si me das lo que te pido… entonces sí, me iré y no diré una sola palabra. Dejaré a Elisa tranquila, dejaré a Luis tranquilo. Solo quiero que seas mío, aunque sea una vez.
Marco la miró a los ojos, sopesando la propuesta, y asintió lentamente.
—Si eso es lo que hace que todo se calme —dijo con voz grave—, y si eso garantiza que dejarás de interferir… lo haré.
Anabel sonrió con triunfo y pasión, y pasó los brazos alrededor de su cuello.
—Entonces hagámoslo —dijo ella al oído—. Pero no aquí. Quiero hacerlo en el lugar más alto de este hotel, donde nadie nos vea, donde solo seamos tú y yo. Quiero que sea mío de verdad.
Marco no dudó. La tomó de la cintura con firmeza y la atrajo hacia sí, devolviéndole la cercanía con una intensidad que hizo que el aire se calentara entre los dos.
—Como tú quieras —respondió él, y antes de salir, la besó con una pasión profunda y arrolladora, un beso que sellaba ese pacto extraño y peligroso, dejando claro que estaba dispuesto a todo para proteger lo que sentía por Elisa.