La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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EL CEBO EN LA CORRIENTE
La debilidad de un hombre violento es creer que su fuerza física le otorga el control de la situación. No sabe que el verdadero poder reside en la paciencia de quien se deja someter solo para calcular la profundidad de la fosa de su verdugo.
Ela sintió la presión de los dedos de Julián sobre su antebrazo, justo sobre la carne donde los sedantes de la clínica mental solían dejar moretones que ya nadie recordaba. Sostuvo la mirada de su esposo sin pestañear, obligando a sus ojos a humedecerse de forma deliberada, simulando una fragilidad que no sentía desde hacía años.
—Me estás lastimando, Julián —susurró, con la voz quebrada en el tono exacto para herir su orgullo masculino.
Julián parpadeó, desconcertado por la falta de resistencia física. Su agarre se aflojó notablemente, aunque la sospecha seguía latiendo en la vena de su sien.
—Solo quiero respuestas, Susana —siseó él, dando un paso atrás pero manteniéndose firme—. Kang me trató como a un estorbo hoy. Pero cuando pronuncié tu nombre, vi cómo se le tensaba la mandíbula. ¿De qué tanto hablan en esas reuniones del Saint Michel? ¿Qué cartas estás jugando a mis espaldas?
Ela se frotó el antebrazo con suavidad, bajando la cabeza para ocultar la fría sonrisa de desprecio que amenazaba con dibujarse en sus labios. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos reflejaban una mezcla perfecta de dolor y decepción.
—¿De verdad me estás preguntando eso? —preguntó ella, con un tono herido que hizo que Julián retrocediera un milímetro más—. Todo lo que hago, cada té aburrido con las arpías del comité, cada sonrisa fingida a la histérica de Patricia y cada conversación formal con el señor Kang, lo hago por ti, Julián. Por tu carrera. Por nuestra familia.
—¿Por mí? —reitió Julián, con una mueca que pretendía ser escéptica pero que ya delataba su necesidad de creerle.
—El señor Kang es un hombre sitiado en su propia empresa —explicó Ela, dando un paso hacia él, acortando la distancia con una familiaridad reconfortante—. Su suegro lo vigila, su esposa lo humilla públicamente y él no confía en nadie de la junta directiva. Si yo logro que él nos vea como aliados discretos, como una familia respetable y ajena a las intrigas del holding, él te promoverá. No porque seas un empleado más, sino porque serás el único hombre de confianza que le quede en Althea. ¿No lo entiendes? Estoy construyendo tu puente hacia la cima.
Julián la escuchó en silencio. La lógica maquiavélica pero sumisa de "Susana" encajaba a la perfección con su propia ambición desmedida. Su pecho se infló de nuevo con esa soberbia estúpida que Ela conocía tan bien.
—¿Entonces... todo es por mi ascenso? —preguntó, su voz perdiendo la agresividad para recuperar el tono codicioso de siempre.
—¿Por quién más sería, mi amor? —Ela colocó sus manos sobre el pecho de Julián, sintiendo el latido rítmico del corazón del asesino de su padre. El asco era un fuego helado en su estómago, pero su rostro era pura devoción—. Sé lo mucho que has sacrificado por el holding. Sé lo que vales. Solo quiero que el mundo te dé el lugar que te mereces. Pero si vas a desconfiar de mí cada vez que intento ayudarte... entonces dejaré el comité mañana mismo.
Julián reaccionó de inmediato, tomándola de las manos con prisa, asustado de perder el hilo dorado que lo conectaba con la presidencia de Althea.
—No, no... perdóname, Susana. Es que... la presión en la oficina es insoportable. Tienes razón. Eres una esposa maravillosa. No debí dudar de ti.
—Está bien, mi vida —susurró Ela, permitiendo que él la abrazara. Mientras la barbilla de Julián descansaba sobre su hombro, los ojos de Ela se abrieron en la penumbra de la pista de baile, fijos en la nada—. Ve a casa con Lucía. Yo terminaré de cerrar la academia y te alcanzo en una hora.
Cuando Julián cruzó la puerta de salida, completamente pacificado y convencido de su propio triunfo, Ela corrió al baño de la academia. Se apoyó sobre el lavabo y abrió la llave del agua fría, enjuagándose la boca y la cara con una urgencia desesperada, como si pudiera arrancarse la capa de mentiras que la cubría.
Mientras tanto, en una oficina oscura del centro de la ciudad, un hombre de hombros anchos y mirada cansada revisaba una serie de carpetas bajo la luz de una lámpara de escritorio. Era Tomás.
Frente a él, un corcho de pared estaba cubierto de fotografías: recortes de periódicos antiguos sobre el incendio de la fábrica de cosméticos del padre de Ela, la ficha policial del día del homicidio y, en el centro, una foto reciente de Julián saliendo del edificio de Althea.
Tomás sabía que Ela estaba jugando un juego suicida. Julián era un ejecutor, un peón violento, pero detrás de él había una red de poder que no dudaría en hacerla desaparecer a ella también si descubrían la farsa.
Su teléfono celular vibró sobre la mesa. El número en la pantalla no tenía identificación.
—¿Diga? —respondió Tomás con cautela.
—Está moviendo las piezas demasiado rápido —la voz de Victoria sonó al otro lado de la línea, fría y aristocrática—. La esposa de Kang ya está cayendo en la trampa de la paranoia, y el viejo patriarca ha ordenado poner ojos sobre la academia. Necesitamos un escudo de distracción, Tomás. Si de verdad quieres proteger a la niña de tu mentor, tienes que estar listo para intervenir.
—No voy a dejar que le pase nada, Victoria —siseó Tomás, apretando el puño—. Pero ella está durmiendo con el diablo. Julián es peligroso. Si él descubre que Susana es Ela...
—No lo descubrirá. Su ambición lo tiene ciego —interrumpió Victoria con desdén—. Preocúpate por Kang. El CEO es el que tiene el poder de salvarla o de hundirnos a todos si descubre que lo estamos usando como el peón de nuestra corona. Mantente cerca, Tomás. El aire se está volviendo espeso.
Alrededor de las diez de la noche, una silueta elegante avanzaba por la acera mojada de la calle lateral de la academia.
Kang caminaba bajo su paraguas oscuro, con el abrigo cerrado hasta el cuello. Había intentado regresar a su mansión, pero la sola idea de enfrentar los gritos histéricos de Patricia o las llamadas de control de su suegro le revolvía el estómago. Su mente, habitualmente fría y matemática, se había convertido en un laberinto donde todos los pasillos conducían a la misma mujer de ojos felinos y verdades afiladas.
Se detuvo frente a la entrada de El Compás de Seda. Las luces interiores estaban apagadas, salvo por el resplandor azulado que provenía de la rendija de la puerta de la oficina del fondo.
Sabiendo que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno, Kang empujó la puerta principal, que Ela había dejado sin el cerrojo tras la partida de Julián.
El sonido de sus pasos sobre la madera pulida alertó a Ela. Ella emergió de la oficina, sosteniendo una tableta en la mano. Al ver al CEO de pie en medio de la penumbra de la pista de baile, su respiración se detuvo por un instante. No era una actuación; la presencia física de Kang ejercía una gravedad sobre ella que cada vez le costaba más ignorar.
—Señor Kang... —dijo ella, recuperando el tono formal, aunque sus ojos brillaron en la oscuridad—. La academia está cerrada. Y creo que fui bastante clara ayer sobre los límites de nuestra... comunicación.
Kang cerró su paraguas y lo dejó apoyado contra la pared. Dio tres pasos firmes hacia ella, deteniéndose a la distancia exacta donde el aire que exhalaba rozaba el rostro de Ela.
—Sé lo que dijiste, Susana —dijo él, su voz era un susurro denso, cargado de una urgencia contenida—. Pero mi vida es un naufragio y tú eres la única orilla que veo. No me pidas que me mantenga alejado cuando eres la única razón por la que soporto el resto del día.
Ela sintió un espasmo de triunfo mezclado con un dolor agudo en el pecho. Este es el hombre que maneja el dinero de los asesinos de mi padre, se repitió a sí misma como un mantra para mantener el hielo en sus venas. No es una persona; es mi herramienta.
—No puedo darte lo que buscas, Kang —dijo ella, dando un paso atrás, manteniendo la distancia física—. Tienes una esposa. Tienes una reputación. Y yo tengo un esposo que... que confía en mí. No voy a destruir mi vida por un capricho tuyo.
—¿Un capricho? —Kang acortó la distancia de un golpe, tomándola suavemente por los hombros. Sus manos quemaban a través de la tela de su vestido gris—. Mírame a los ojos y dime que esto es un capricho. Dime que no sientes la misma electricidad que yo cada vez que nos tocamos. Dime que cuando bailas conmigo estás pensando en tu esposo.
Ela levantó la vista. Las pupilas de Kang estaban dilatadas, fijas en sus labios con una devoción absoluta. Ella sabía que si cedía ahora, el control de la venganza cambiaría de manos. Tenía que apretar la soga un poco más.
—Vete, Kang —susurró, con los labios temblando ligeramente, una mezcla perfecta de deseo fingido y rechazo real—. Por favor... vete antes de que hagamos algo de lo que no podamos regresar.
Kang la sostuvo por un segundo más, el conflicto interno desgarrándolo por dentro. Podía tomarla en ese instante, obligarla a aceptar lo que ambos sabían que existía entre ellos, pero la vulnerabilidad y el aparente respeto de Susana lo desarmaron por completo.
Lentamente, su mano se deslizó por el brazo de ella, rozando sus dedos en una despedida silenciosa y dolorosa.
—No voy a rendirme, Susana —dijo él, con una promesa helada en la voz—. Voy a resolver el desastre de mi vida. Y cuando lo haga, no habrá límites que puedas ponerme.
Kang dio media vuelta y salió a la noche lluviosa, dejando a Ela sola en la inmensidad de la pista.
Ella se llevó la mano al pecho, tratando de calmar el latido desbocado de su corazón. La trampa estaba cerrada alrededor del CEO. Pero por primera vez desde que inició este viaje al infierno, Ela sintió miedo de que el fuego que estaba encendiendo terminara por consumirla a ella también.