En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Simetría rota.
Ese mismo día, por la tarde, el impulso y la culpa arrastraron a Axel hacia los jardines del campus. Encontró a Liv exactamente en el mismo lugar de siempre: la banca de madera carcomida bajo el gran roble, con el cuaderno de hojas amarillentas abierto sobre sus rodillas y una pluma entre los dedos. Parecía que nada había pasado, que el tiempo se había congelado en su rutina.
Pero ambos sabían que la simetría se había roto para siempre.
—Llegas temprano —dijo Axel, deteniéndose frente a ella, con las manos ocultas en los bolsillos para que no viera la tensión de sus dedos.
Liv levantó la mirada lentamente. Esbozó una sonrisa, pero Axel sintió un golpe en el estómago al darse cuenta de que no era la misma sonrisa brillante del parque de las luces. Era una réplica apagada, una cortesía diplomática.
—Siempre llego temprano, Axel. Eres tú el que suele calcular el tiempo para hacerme esperar.
Axel se sentó a su lado, dejando un espacio prudencial entre sus cuerpos, un espacio que ahora se sentía como un abismo.
—Hoy tengo un plan mucho mejor para nosotros.
—¿Mejor que qué? —preguntó ella, sin dejar de mirarlo.
—Mejor que esto —señaló con un gesto vago la banca, el cuaderno y la tranquilidad del campus—. Podemos ir a ese restaurante flotante en el Sena del que te hablé.
Liv cerró el cuaderno de golpe, con un sonido seco que cortó el aire.
—No todo en la vida tiene que ser “mejor” o más caro, Axel. A veces, lo que ya es, es suficiente.
—Para progresar, sí tiene que ser mejor, Liv.
—No.
—Liv, no empieces con tus discursos idealistas.
—Axel.
Silencio. El viento de la tarde movió las hojas secas del suelo. Axel exhaló un suspiro de frustración, pasándose una mano por el rostro.
—Vamos a salir de aquí. Camina.
—No puedo.
—Regla número uno de nuestro trato, Cenicienta. Dijiste que sí a mis propuestas.
—Hoy no, Axel. Definitivamente no.
—¿Se puede saber por qué? ¿Tienes algún examen importante de literatura medieval?
Liv dudó un segundo, mirando hacia los edificios de piedra de la universidad antes de clavar sus ojos marrones directamente en la armadura del junior.
—Porque… simplemente no quiero. No tengo ganas de participar hoy.
Directo. Sin adornos literarios. Sin la comedia dramática a la que él estaba acostumbrado. Esa negativa rotunda y madura no estaba en ninguna de las páginas del plan de Axel.
Axel frunció el ceño, sintiendo una punzada de irritación mezclada con una creciente ansiedad.
—¿Te pasó algo hoy? ¿Alguien te dijo algo en la facultad?
—No. Nada.
—Entonces levántate y ven conmigo.
—Te dije que no, Axel.
—Liv…
—Vi lo de ayer en la cafetería —soltó ella de golpe.
Silencio absoluto. El jardín pareció enmudecer. Ahí estaba la carta sobre la mesa. Directo al centro, sin escapatoria posible para las mentiras corporativas de Axel.
Axel se recargó contra el respaldo de la banca, adoptando su postura de indiferencia ensayada, aunque por dentro sentía que el suelo se tambaleaba.
—¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
—Y… nada —respondió ella, volviendo la mirada hacia el frente, observando la nada—. Solo entendí las cosas finalmente. Tuve un momento de lucidez.
—¿Qué se supone que entendiste, según tu lógica?
—Que tú tienes tu vida, tu mundo de cristal, tus reinas perfectas y tus planes de herederos… y yo tengo la mía. Una vida ordinaria con libros usados.
—Eso es algo que ya sabías desde el primer día que nos sentamos aquí, Liv. No es ninguna novedad de la que debas sorprenderte.
—Sí… lo sabía en la teoría —admitió ella con un hilo de voz que a Axel le destrozó el pecho—. Pero no dolió verlo en la práctica. No de esa manera tan fría.
Axel sintió una incomodidad espantosa en el estómago, como si el control de la situación se le estuviera escapando como arena entre los dedos. Detestaba no tener el control.
—Lo que viste no cambia absolutamente nada de lo que hacemos aquí, Liv. Estás mezclando las cosas.
Liv lo miró de nuevo, y esta vez sus ojos estaban llenos de una seriedad que lo asustó.
—Para ti no cambia nada, Axel. Porque para ti nada tiene consecuencias reales.
—No cambia nada para nadie racional. Un beso es solo un beso en la alta sociedad.
—Para mí sí cambia todo, Axel...
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