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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22

El diagnóstico

Fernando León tenía sesenta y dos años, barba canosa y la paciencia de un hombre que ha editado trescientos libros y sabe que los escritores son animales difíciles.

—Valentina. El manuscrito tenía fecha de entrega en octubre. Estamos en enero. ¿Dónde está?

—No puedo escribir.

—¿No puedes o no quieres?

—No puedo. Me siento frente a la computadora y las palabras no salen. Abro el documento y me quedo mirando la pantalla durante horas. No es bloqueo de escritor. Es como si la parte de mi cerebro que convierte pensamientos en oraciones se hubiera desconectado.

Fernando la miró por encima de los lentes. Conocía a Valentina desde hacía tres años — había editado su primer libro de crónicas, le había conseguido una columna en el suplemento cultural, le había dado el consejo más útil que ella había recibido en su carrera: "Escribe como si le hablaras a una persona inteligente que no sabe nada del tema." Ahora la miraba como se mira a alguien que necesita ayuda, no consejos.

—¿Estás viendo a alguien? Un profesional, digo.

—No.

—Ve.

El 21 de enero, Valentina se sentó en el consultorio de una psicóloga que Fernando le recomendó. El consultorio tenía plantas, una fuente de agua que hacía un ruido blanco molesto y diplomas en la pared. La psicóloga era una mujer de pelo corto y ojos tranquilos que no tomaba notas y no hacía preguntas innecesarias.

La evaluación duró una hora y cuarenta minutos. Valentina habló de Hapir. De los dulces. De Samir. De las fosas comunes. De los niños. Del insomnio, el pelo que se le caía, la incapacidad de escribir, la incapacidad de comer más de una vez al día, la incapacidad de dormir más de tres horas seguidas. Habló de Santiago — o intentó hablar de Santiago, pero cada vez que decía su nombre la garganta se le cerraba como una puerta.

El diagnóstico fue formal y preciso: depresión mayor severa con componente de estrés postraumático. La psicóloga le recetó antidepresivos y pastillas para dormir. Le explicó los efectos secundarios, los tiempos de espera, la necesidad de terapia semanal complementaria. Valentina asintió a todo.

Esa noche llamó a Andrea.

—Me diagnosticaron depresión. Severa. Me dieron pastillas.

El silencio al otro lado de la línea duró cuatro segundos.

—Voy para allá.

—No. No vengas. Solo necesito que lo sepas. Necesito que alguien lo sepa.

—Val...

—Andrea. No vengas. Estoy bien. Estoy tomando las pastillas. Estoy yendo a terapia. Solo necesito que lo sepas. ¿Está bien?

—Está bien —dijo Andrea, con la voz de alguien que dice una cosa y piensa otra.

Valentina no se lo dijo a su familia. No se lo dijo a Roberto, que la llamaba cada semana y le preguntaba cómo estaba y se conformaba con un "bien, papá." No se lo dijo a Patricia, que le mandaba fotos de los árboles del jardín de San Lorenzo y recetas de pollo que Valentina no cocinaba. No se lo dijo a Elena.

Elena se enteraría sola.

---

La Capital era una ciudad de seis millones de personas, tráfico interminable y un cielo que nunca era completamente azul ni completamente gris. Elena Cisneros vivía en un departamento de dos pisos en una colonia exclusiva con portero, jardín interior y un perro salchicha que se llamaba Napoleón y que ladraba cada vez que alguien tocaba el timbre.

Valentina llegó para las fiestas. Elena la recibió con un abrazo medido, un beso en cada mejilla y un comentario sobre su peso que aterrizó como una piedra en un estanque.

—Estás muy delgada. ¿Estás comiendo?

—Sí, mamá.

—No parece. Mañana vamos al mercado. Necesitas proteína.

Elena había organizado la semana entera: desayunos, almuerzos, una cena con amigas, una visita al oftalmólogo el miércoles para revisar la córnea dañada de Valentina. El oftalmólogo se llamaba Adrián Torres. Tenía treinta y cinco años, mandíbula cuadrada, práctica exitosa y, según Elena, "la mejor reputación de la ciudad en cirugía ocular."

—¿Por qué suenas como si me estuvieras vendiendo un producto? —preguntó Valentina.

—Solo digo que es buen médico. Y soltero. Pero eso no tiene nada que ver.

—Mamá.

—¿Qué? Solo es información.

La cita con el Dr. Torres fue profesional y breve. Le revisó la córnea, le cambió la medicación tópica, le dijo que la recuperación iba bien pero que necesitaría seguimiento semestral. Era amable, competente, y la miraba con la atención cortés de alguien que no tiene intenciones ocultas pero que, gracias a Elena, ahora las tenía puestas como una etiqueta.

Valentina salió del consultorio irritada. No con el doctor — con Elena. Con la insistencia maternal de arreglar su vida romántica mientras su vida se caía a pedazos por todas partes menos por esa.

La discusión explotó el jueves por la noche.

Empezó con algo pequeño — Elena le dijo que Adrián Torres había preguntado por ella y que le había dado su número. Valentina le dijo que dejara de hacer eso. Elena le dijo que solo quería verla feliz. Valentina le dijo que no sabía nada de lo que la haría feliz.

—¿Y qué te haría feliz? —preguntó Elena, con el tono de alguien que genuinamente quiere saber pero que no puede evitar que suene a desafío.

—¡No sé! ¡No sé qué me haría feliz! ¡No puedo dormir! ¡No puedo escribir! ¡No puedo comer sin sentir náuseas! ¡Tengo depresión, mamá! ¡Depresión mayor severa! ¡Me diagnosticaron hace dos semanas y estoy tomando antidepresivos y pastillas para dormir y voy a terapia y lo único que tú quieres es presentarme a un oftalmólogo soltero!

El grito salió sin control — un torrente de palabras que había estado guardando durante semanas y que reventó la presa de golpe. Valentina se quedó de pie en medio de la sala, temblando, con las manos cerradas y los ojos ardiendo.

Elena no habló. Por primera vez en la vida de Valentina, su madre no habló. Se quedó de pie frente a ella con la boca ligeramente abierta y una expresión que Valentina nunca le había visto: no era control, no era cálculo, no era la máscara social que Elena usaba como armadura. Era miedo. Miedo real. El miedo de una madre que acaba de entender que su hija está rota y que ella no lo vio.

—¿Depresión? —susurró Elena.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde Hapir. Desde septiembre. Desde los dulces, mamá. Desde que vi a un hombre matar a treinta y cuatro niños con dulces envueltos en papel de colores.

Elena se sentó. Despacio, como si las piernas le hubieran dejado de funcionar. Napoleón le puso la cabeza en la rodilla y ella no lo apartó. Valentina se quedó de pie, esperando la reacción — esperando el reproche, la minimización, el "no exageres", el "todos pasamos por cosas difíciles."

Elena levantó la vista. Tenía los ojos húmedos.

—¿Qué necesitas?

Tres palabras. Las tres palabras correctas. Valentina sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho — no una curación, no una solución, sino un primer milímetro de alivio, como cuando se afloja un tornillo que llevaba meses oxidado.

—Necesito que no intentes arreglarme. Necesito que sepas que estoy rota y que me dejes reconstruirme a mi ritmo.

Elena asintió. Se levantó. Abrazó a su hija. No dijo nada más. Y Valentina, por primera vez en meses, se dejó abrazar sin resistirse.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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