Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Día 3
El jueves amaneció gris y nublado, como si el propio clima estuviera anunciando el caos que se avecinaba. Era el último día del reto. Mi permanencia en la mansión y el pago por mi trabajo dependían exclusivamente de lo que sucediera en las próximas doce horas.
Desde las seis de la mañana, la tensión en la casa se podía cortar con un cuchillo. Carlos no salió hacia su corporativo; se quedó en la mansión porque a las diez de la mañana tenía una videoconferencia de vital importancia. Iba a presentar un proyecto de tecnología multimillonario ante los inversionistas internacionales más importantes de su carrera. Si la junta salía bien, la empresa aseguraba su futuro por años; si salía mal o si había alguna interrupción, las pérdidas serían catastróficas.
Carlos caminaba de un lado a otro por la planta baja luciendo un traje azul marino impecable. La estática en su cabeza era una bomba a punto de estallar.
—Montiel —me abordó en el pasillo en cuanto me vio bajar con Jonathan en brazos—. Hoy es un día crítico. Me voy a encerrar en el estudio desde las nueve de la mañana. No quiero escuchar un solo ruido en toda la casa. Si mi hijo empieza a llorar durante la llamada, la reunión se puede arruinar en un segundo. Necesito silencio absoluto. ¿Entendido?
—Entendido, señor Monterrey —respondí con calma, ajustando a Jonathan en mis caderas—. Todo estará bien. Me encargaré de que Jonathan esté tranquilo.
—Más te vale —sentenció él, mirándome con una mezcla de ansiedad y severidad antes de encerrarse en su despacho de madera pesada.
Todo parecía estar bajo control. El bebé había desayunado bien y estaba de buen humor. Sin embargo, a las nueve y media de la mañana, la suerte decidió darnos la espalda.
Un estruendo metálico y ensordecedor retumbó desde el exterior de la mansión.
Apreté los dientes y corrí hacia la ventana de la sala. Justo en la propiedad vecina, un camión de volteo gigante acababa de estacionarse para tirar toneladas de grava sobre el piso, acompañado por el martilleo constante de un grupo de albañiles que comenzaban a remodelar una fachada. Para colmo de males, el camión de la basura de la ciudad dobló la esquina con sus motores rugiendo y sus frenos chillando a todo volumen.
El ruido era atroz. La casa entera parecía temblar.
En mis brazos, el pequeño Jonathan dio un salto de terror. Su rostro se puso pálido, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante y sus puñitos comenzaron a temblar descontroladamente.
Me quité los auriculares a toda prisa y me conecté a su mente. El canal del bebé se convirtió en una pesadilla llena de rayos y monstruos gigantescos.
*«¡El monstruo del cielo está rugiendo!»*, proyectaba la mente de Jonathan con pánico puro. La imagen en su cabeza era la de una bestia de hierro gigante rompiendo el techo de la casa para comérselo. *«¡Va a romper la ventana! ¡El piso tiembla! ¡Tengo miedo! ¡Ayuda, ayuda!»*.
El niño abrió la boca para soltar un alarido de llanto desgarrador.
—¡No, Jonathan, no! —susurré en pánico.
Si Jonathan comenzaba a gritar ahora, su llanto atravesaría las paredes y llegaría directo al micrófono de Carlos, quien ya debía estar conectado en su videollamada decisiva. Si arruinaba esa reunión, el trato de los tres días se iría a la basura y Carlos me echaría a la calle en ese mismo instante.
Tenía que actuar de inmediato. Usar la lógica no serviría de nada contra el pánico de un bebé de seis meses. Necesitaba bloquear la señal de miedo en su mente usando mi propia energía.
Cargué a Jonathan contra mi pecho, apretándolo fuertemente en un abrazo protector para que sintiera los latidos de mi corazón. Me alejé a toda prisa de los ventanales y me refugié en el rincón más alejado del pasillo central, donde el ruido se escuchaba un poco más tenue.
—Escúchame a mí, chiquitín —le dije al oído con voz muy firme y dulce—. El monstruo no existe. Aquí estás a salvo.
Cerré los ojos, me concentré al máximo y envié una ráfaga de pensamientos llenos de luz dorada, flores y calma hacia la mente de Jonathan. Al mismo tiempo, pegué mis labios a su pequeña oreja y comencé a cantarle una canción de cuna muy suave, manteniendo un ritmo constante para tapar el estruendo de los camiones de afuera.
Al principio, el bebé intentó patalear, pero la calidez de mi cuerpo y la fuerza de mi voz comenzaron a hacer un escudo protector alrededor de su mente.
En la cabecita de Jonathan, la imagen del monstruo de hierro empezó a desteñirse. En su lugar, el sonido de mi canto apareció como una barrera de luz que alejaba las sombras y el ruido feo del exterior.
*«La humana canta...»*, pensó Jonathan poco a poco, mientras sus temblores disminuían y sus lágrimas se detenían en seco. El niño escondió su carita en el hueco de mi cuello, inhalando mi aroma. *«La luz de la humana es más fuerte que el rugido de afuera. El monstruo ya no da miedo. Estoy a salvo»*.
El bebé soltó un largo suspiro de alivio. Sus pequeños brazos se envolvieron alrededor de mi cuello y se pegó a mí como un pequeño koala, escuchando el murmullo de mi voz en completo silencio.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. Luego media hora.
Durante todo ese tiempo, no dejé de mecerlo ni de cantarle bajito en la penumbra del pasillo, sosteniendo la calma en su mente con todas mis fuerzas. El camión de la basura finalmente se fue y los golpes de los albañiles se volvieron un ruido de fondo distante. Jonathan no soltó un solo sollozo. Se mantuvo completamente callado, acurrucado en mis brazos, sintiéndose invencible bajo mi protección.
A las once y media de la mañana, la puerta del estudio se abrió de golpe.
Carlos salió al pasillo. Traía el saco del traje desabotonado y la camisa ligeramente abierta en el cuello. Su rostro reflejaba una mezcla de agotamiento extremo y un alivio monumental. La videollamada había terminado.
Al caminar por el pasillo, se sorprendió al no ver a nadie en la sala. Siguió avanzando hasta que nos encontró en la esquina del pasillo central.
Yo estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared, exhausta por el esfuerzo mental pero con Jonathan dormido plácidamente en mi regazo, respirando con una tranquilidad absoluta.
Carlos se detuvo a un par de pasos de nosotros. Miró hacia las ventanas donde todavía se escuchaba a lo lejos el trabajo de los vecinos, y luego nos miró a nosotros. En su mente, que me llegó de forma sutil sin necesidad de esforzarme, no había ni un solo gramo de duda.
*«Escuché los camiones desde mi escritorio... Pensé que la junta se iría al demonio»*, pensó Carlos, observándome con los ojos abiertos de par en par. *«Pero ella logró mantenerlo en silencio todo este tiempo. Ni un solo grito. Es una locura. De verdad es increíble»*.
—La reunión... fue un éxito —dijo Carlos en voz alta, rompiendo el silencio con un tono sorprendentemente suave—. Firmamos el acuerdo.
Me limpié una gota de sudor de la frente y le dediqué una sonrisa cansada pero victoriosa.
—Se lo dije, señor Monterrey. Tenía todo bajo control. Los monstruos de afuera no pudieron con nosotros.
Carlos se quedó mirándome en silencio durante varios segundos. La rigidez de sus hombros se desvaneció por completo. Ya no había forma de que negara la realidad. El plazo de los tres días de prueba había llegado a su fin, y yo no solo había cumplido con la tarea, sino que había salvado el día más importante de su carrera profesional.
—Sube a descansar con el niño, Montiel —dijo Carlos, dando un paso hacia mí y extendiéndome una mano para ayudarme a levantar del piso—. Cuando despierte, quiero que bajes a mi oficina. Tenemos un contrato que discutir.