**Él le arrebató su lugar.**
La vida le enseñó que en el mundo de los hombres, una mujer nunca hereda el poder… solo las heridas.
Manuela Hernández huyó de su hogar con el corazón roto y una promesa ardiendo en el pecho: jamás volvería a ser débil.
Cinco años después, convertida en una mujer poderosa y temida, regresa al rancho que una vez fue suyo tras la misteriosa muerte de su padre.
Pero volver significa enfrentarse a traiciones enterradas, secretos familiares y fantasmas que nunca dejaron de perseguirla.
Y también a él.
Damián Cortés.
El hombre peligroso que puede destruir todo lo que ella ama… o convertirse en su peor adicción.
Entre deudas, mentiras y una atracción imposible de ignorar, Manuela descubrirá que algunas guerras no se pelean solo por dinero o poder… sino por el corazón.
Porque en Hacienda San Rafael nadie es inocente.
Y alguien está dispuesto a matar para quedarse con el legado.
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Capítulo 18: El rastro del veneno
El informe llegó en físico, cosa que Manuela no había pedido pero que el investigador había decidido por cuenta propia, probablemente porque llevaba suficientes años en esto como para saber que hay cosas que no deben existir en ningún servidor ni en ninguna nube ni en ningún lugar al que alguien con los recursos de Valentina pudiera acceder con el abogado correcto.
Un sobre manila. Sin remitente. Treinta y dos páginas.
Manuela lo abrió en el estudio con la puerta cerrada con llave y leyó de corrido sin levantarse, sin café, sin parar.
El arsénico había llegado a la farmacia del pueblo en forma de raticida industrial, que era la presentación más fácil de conseguir sin receta y la más difícil de rastrear porque medio rancho de la región lo compraba en algún momento del año para los graneros. Lo inteligente del método era precisamente eso: que si alguien miraba el registro de ventas de la farmacia, el raticida aparecía entre docenas de compras similares de docenas de clientes diferentes y no había ninguna razón obvia para que un nombre en particular llamara la atención.
Excepto que ese nombre había comprado en dosis pequeñas y constantes durante seis meses seguidos, que era más de lo que cualquier granero normal necesitaba y menos de lo que parecía sospechoso en una sola compra.
Nombre falso en el registro. Juan Pérez, que era el equivalente en creatividad a no poner nombre.
La descripción física que el farmacéutico le había dado al investigador era más útil: hombre de entre cuarenta y cincuenta años, complexión robusta, sombrero de trabajo, una cicatriz pequeña en el mentón izquierdo.
Manuela conocía esa cicatriz.
Ernesto se la había hecho a los doce años cayéndose de un caballo en el rancho. Héctor le había contado la historia con la mezcla de orgullo y exasperación con que contaba todas las historias de Ernesto, el hijo que no era suyo pero actuaba como si lo fuera, el niño que se había levantado del suelo sin llorar y había vuelto a subirse al caballo con el mentón sangrando.
Manuela había escuchado esa historia al menos cuatro veces en su infancia y cada vez había pensado que su padre contaba las hazañas de Ernesto con más entusiasmo que cualquier cosa que ella hubiera hecho jamás.
Ahora pensaba que la cicatriz iba a meterlo en la cárcel.
Había una cierta poesía en eso. Pequeña. Oscura. Pero existía.
Siguió leyendo.
El investigador había cruzado las fechas de compra con el historial médico de Héctor que había conseguido por medios que Manuela prefería no conocer en detalle. El deterioro de salud de Héctor había empezado aproximadamente tres semanas después de la primera compra de raticida. Náuseas, pérdida de peso, cansancio progresivo que el doctor Fuentes había documentado en cada visita como cuadro de fatiga senil con la consistencia de alguien que sabe exactamente lo que está mirando y ha decidido llamarlo otra cosa.
Treinta y dos páginas de evidencia circunstancial.
Sólida. Coherente. Y completamente insuficiente para un juicio porque no había una sola prueba directa que pusiera el veneno en las manos de Ernesto. La descripción física del farmacéutico no era una identificación formal. El historial médico había sido obtenido ilegalmente. Y el doctor Fuentes, la única persona que podía confirmar que sabía que no era fatiga senil, estaba coordinando con Ernesto según el último reporte y probablemente buscando la salida más conveniente para él mismo.
Manuela cerró el informe.
Se quedó mirando la cubierta del sobre con las manos quietas sobre la mesa, pensando que tenía suficiente para saber con certeza lo que había pasado y no suficiente para hacer nada con eso todavía, que era la posición más frustrante en la que podía estar una persona que llevaba semanas construyendo el caso con la paciencia de alguien que sabe que la prisa arruina este tipo de trabajo.
Abrió el teléfono y llamó al investigador.
—Lo leí.
—¿Y? —dijo él.
—Es bueno. No es suficiente.
—Lo sé. Por eso hay una página treinta y tres que no imprimí.
Manuela frunció el ceño.
—¿Qué hay en la página treinta y tres?
—El farmacéutico está dispuesto a hacer una identificación formal si hay un procedimiento legal que lo proteja. Tiene miedo, pero tiene más miedo de ser cómplice si esto llega a un juicio sin que él haya cooperado. —Pausa—. Necesitas un fiscal que abra una investigación oficial para que esa identificación valga algo.
—¿Y para abrir una investigación oficial necesito evidencia suficiente para justificarla?
—Así es.
—Que es exactamente lo que no tenemos todavía.
—Todavía —repitió él, con el énfasis de alguien que está diciendo que está trabajando en eso.
—¿El doctor Fuentes?
—Eso es más complicado. Habló tres veces con Ernesto esta semana. Ayer salió del pueblo con una maleta pequeña y volvió cuatro horas después sin ella. No sé qué llevaba pero sé que fue en dirección al norte.
Manuela procesó eso. Un doctor que sale con una maleta y vuelve sin ella podía significar muchas cosas, la mayoría de ellas malas para una investigación que dependía de que ese hombre siguiera disponible y con algo que perder.
—Necesito que lo vigile de cerca. Si hace otro viaje, quiero saber a dónde va.
—Eso tiene un costo adicional.
—Lo sé. Hágalo.
Colgó.
Ernesto estaba en la oficina de administración cuando Manuela cruzó el patio hacia la casa, y la miró desde la ventana con esa expresión que llevaba días usando, la del hombre que está esperando algo y no tiene apuro porque sabe que va a llegar.
Manuela no frenó el paso ni lo miró de vuelta.
Adentro, Doña Carmen estaba en la cocina y levantó la vista cuando entró.
—Vino Diego —dijo, con el tono cuidadoso de quien sabe que la noticia no va a recibirse bien.
—¿Qué quería?
—No dijo. Esperó cuarenta minutos en la entrada y se fue. Dejó esto.
Le extendió un papel doblado. Manuela lo abrió.
Sé que estás en problemas. Déjame ayudarte. No te pido nada a cambio. D.
Lo dobló de nuevo. Lo dejó sobre la mesa de la cocina.
—Si vuelve —dijo— dígale que no estoy.
Doña Carmen asintió sin preguntar nada más, que era exactamente lo que Manuela necesitaba.
Subió al estudio, cerró la puerta y sacó el informe del sobre otra vez, no para leerlo sino para pensar con algo concreto enfrente porque pensar con las manos vacías le resultaba más difícil que pensar con papel.
Seis meses de compras sistemáticas. Una cicatriz en el mentón. Un doctor que salía con maletas. Un farmacéutico con miedo dispuesto a hablar si alguien lo protegía. Y Valentina contratando investigadores para buscar en los cinco años que Manuela había pasado fuera, lo que significaba que mientras Manuela construía el caso contra ellos, ellos estaban construyendo algo contra ella.
Carrera paralela. Dos equipos excavando en direcciones opuestas y el primero que encontrara algo sólido ganaba una ventaja que el otro iba a tardar en recuperar.
El teléfono vibró.
El investigador. Mensaje de texto: El doctor Fuentes acaba de llamar a una agencia de mudanzas. Pidió cotización para traslado urgente. Destino: fuera del estado.
Manuela leyó el mensaje una vez y sintió el estómago contraerse.
Si el doctor se iba, la identificación del farmacéutico quedaba huérfana, el caso circunstancial se debilitaba y Ernesto se quedaba sin el eslabón más peligroso de la cadena que lo conectaba con el veneno, todo en el mismo movimiento.
Escribió de vuelta: ¿Cuándo sale?
La respuesta tardó dos minutos: No lo sé todavía. Pero cotizó para esta semana.
Esta semana. Tenía días, no semanas, para hacer algo con el doctor Fuentes antes de que Ernesto lo sacara del tablero de la manera más limpia posible: no matándolo sino moviéndolo, que era más elegante y más difícil de perseguir legalmente.
Manuela dobló el informe y lo guardó en el fondo de su bolso.
No se trataba ya de justicia para su padre. Se trataba de sobrevivir ella misma.
Abrió el teléfono y buscó el número que no había querido usar todavía porque usarlo significaba mostrar más cartas de las que le gustaba mostrar. El abogado penalista que Damián había mencionado en el juzgado, el que había resuelto la demanda de Valentina en veinte minutos.
Marcó.
Ernesto colgó el teléfono en la oficina de administración y se quedó mirando el patio vacío.
El doctor Fuentes había confirmado que salía el jueves. Cuatro días. Para entonces estaría fuera del estado y la única persona que podía hacer una identificación formal del comprador de raticida estaría en otro lugar con otro nombre y sin ninguna razón legal para volver.
Perfecto.
O casi perfecto, porque quedaba el farmacéutico, al que Ernesto no había considerado un problema hasta que el doctor mencionó esta mañana que alguien había estado preguntando en la farmacia. Alguien con preguntas muy específicas sobre compras de raticida de los últimos años.
Ernesto encendió un cigarro y pensó.
El farmacéutico era un problema manejable si se manejaba antes de que se convirtiera en uno grande. La pregunta era cómo, y la respuesta dependía de cuánto tiempo tenía, y el tiempo dependía de qué tan rápido estaba moviéndose Manuela.
Por la ventana vio la luz encendida en el estudio del segundo piso.
Demasiado rápido, concluyó. Se estaba moviendo demasiado rápido.
Apagó el cigarro y marcó el número de Valentina.
—Tenemos un problema con el farmacéutico —dijo cuando ella contestó.
Silencio breve.
—¿Qué tipo de problema?
—El tipo de problema que se resuelve antes de que se haga más grande.
Otro silencio. Más largo.
—Resuélvelo —dijo Valentina, y colgó.