Enzo era un libertino; Camila, tranquila y reservada. Eran completamente opuestos, como el fuego y el agua.
Después de casarse, cuando le preguntaban por qué se había casado con Camila, Enzo encendía un cigarrillo y respondía con un tono burlón y serio a la vez:
—Fue mi familia quien lo decidió. ¿Qué podía hacer yo?
Cinco años de matrimonio fueron cinco años de guerra fría. Al final, fue ella quien tomó la iniciativa de pedir el divorcio.
Pero justo cuando Camila estaba a punto de irse, fue Enzo quien no pudo dejarla marchar.
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Capítulo 18
La noche caía pesada sobre el apartamento de Camila.
Ella acababa de acostar a Lina y Luca.
El silencio del cuarto solo era interrumpido por el tic-tac del reloj y por el sonido distante del tráfico de Copacabana.
Camila respiró hondo, pensando en el caos que aquella noche le reservaba.
El celular vibró sobre la mesa de centro.
Un número desconocido apareció en la pantalla.
Ella frunció el ceño, dudando antes de contestar.
—¿Aló? — dijo, la voz aún cargada de cansancio.
Del otro lado, una voz masculina, firme y cautelosa:
—¿Camila? Aquí es Pedro Costa, amigo de Enzo.
El corazón de ella se aceleró, pero la voz permaneció neutra.
—¿Amigo de Enzo? ¿Qué sucedió? — preguntó, manteniendo el tono calmado.
—Él… está muy borracho. — Pedro respiró hondo, casi con pesar. — Dice cosas extrañas, Camila. Habla que no tiene dónde quedarse, que quiere volver a casa… y… bien, hasta dijo que haría cualquier cosa para que vuelvas. Hasta disculparse de rodillas.
La sangre de Camila se heló.
Ella cerró los ojos por un instante, intentando contener la rabia y la incredulidad.
—Escucha, Pedro… — dijo lentamente — Enzo es como un diente de león. Va donde el viento lo lleva. Yo no soy coleccionista de basura. No tengo interés en recoger lo que él desperdicia por ahí.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
Pedro, paciente, sabía que ella estaba dolida.
—Entiendo… pero Camila… él está en un estado vulnerable. ¿Puedes al menos escuchar lo que tiene que decir? — la voz de él mezclaba cautela y sinceridad.
Camila respiró hondo.
Ella se sentó en el sillón de la sala, mirando hacia el techo, intentando organizar los pensamientos.
—Escuché — dijo, con la voz baja. — Pero no. No voy a ir. No esta vez.
Pedro suspiró.
—Entonces… quizás quieras escuchar de mí, al menos. — Él comenzó, con cuidado. — Sé que ustedes dos tienen una historia complicada, pero… ¿será que aún existe algún camino para arreglarlo?
Camila cerró los ojos nuevamente.
Por un momento, el silencio parecía aplastante.
Ella sentía cada palabra de Pedro como un recordatorio doloroso de lo que su vida se había convertido en los últimos años.
—Pedro… — comenzó ella, la voz entrecortada. — Yo… ya no aguanto más.
—¿Qué? — la voz del otro lado se mantuvo calmada, pero preocupada.
—Estoy exhausta. Por dentro, por fuera, por todos los rincones que puedan existir. — Ella respiró hondo, y el llanto casi escapó. — Este matrimonio… nunca fue amor. Fue cálculo, obligación, presión. Desde el inicio, todo era medido, forzado, manipulado.
Ella hizo una pausa, y su mano temblorosa reposó sobre la mesa.
—Y ahora… no sobró nada. Solo desgaste. Solo cansancio. — Cada palabra pesaba como un ladrillo en su garganta. — Yo quiero… libertad. Quiero que él sea libre. Y yo… yo también quiero ser libre.
Pedro quedó en silencio. Él sabía que cada sílaba estaba cargada de verdad.
—Entonces… ¿tú quieres separarte? — preguntó, suavemente.
Camila miró hacia el teléfono, como si buscase coraje para continuar.
—Sí. Quiero que él me deje ir. Quiero que ambos podamos respirar sin sentir culpa, sin sentir presión. Quiero que la vida continúe, pero lejos de esa… — hizo una pausa — de esa prisión de obligaciones y falsas expectativas.
Ella sintió lágrimas calientes descender por el rostro.
Pedro, del otro lado, sabía que no había ironía o exageración. Ella hablaba de su vida, de sus límites, de aquello que no podía más soportar.
—Entiendo, Camila… — dijo él, pausadamente. — Yo solo… espero que ustedes dos consigan encontrar un camino seguro. Para ambos.
Ella suspiró, el pecho pesado.
—Yo también espero. Pero… no hay más vuelta para mí. Para nosotros.
Mientras hablaba, su mente se volcó hacia los días en que Enzo parecía otro hombre.
El joven marido caluroso, que aún demostraba un brillo de ternura, que sonreía por pequeñas conquistas, que se importaba, que tenía ojos solo para ella.
Todo eso parecía tan distante ahora.
—¿Él me ama de algún modo? — murmuró para sí misma, casi sin percibir. — ¿O él ama apenas la idea de lo que fuimos?
Pedro percibió el tono de cuestionamiento, pero no interfirió. Él apenas esperó.
Del otro lado, en un sofá oscuro y desordenado, Enzo dormía en medio de vasos vacíos y botellas esparcidas por el suelo.
Aparentemente inconsciente, pero cada palabra que Camila profería atravesaba el alcohol, penetraba la consciencia de él.
Su cuerpo estaba exhausto, pero su mente escuchaba, grababa, cada detalle, cada desahogo.
Él no podía reaccionar, no en aquel estado. Pero algo dentro de él se partió.
Las palabras de Camila eran como láminas afiladas que cortaban el orgullo, la arrogancia y la certeza de que él tenía control sobre todo.
Él estaba impotente. Y, por primera vez en mucho tiempo, la idea de perderla realmente lo golpeó.