Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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Confusiones
Las luces parpadeantes y el olor a antiséptico de la sala de urgencias del hospital público eran la antítesis del lujo clandestino al que estábamos acostumbrados. Aquí no había sábanas de seda, ni penumbra íntima, ni el aislamiento perfecto de su auto. Había realidad. Una realidad fría y desgarradora.
Me pasé las manos por el rostro, limpiando las lágrimas secas mientras mantenía la mirada fija en las puertas batientes de la zona de pediatría, donde se habían llevado a Sofía hacía una hora. Llevaba el mismo vestido corto de punto con el que, poco antes, me había entregado a él en el mirador, pero ahora la tela me parecía una armadura ridícula y rota. Me sentía desnuda, expuesta en mi peor faceta: la de una madre aterrorizada que sentía que el mundo se le venía encima.
A unos metros de mí, apoyado contra una de las columnas de concreto de la sala de espera, estaba Julián.
Aún llevaba la camisa blanca ligeramente arrugada y el saco de diseñador en la mano. Verlo allí, un hombre que manejaba millones y controlaba terminales aduaneras internacionales, metido en una sala de hospital público a las dos de la mañana, era una imagen irreal. Su presencia física seguía siendo imponente, un faro de magnetismo oscuro que atraía las miradas discretas de las enfermeras, pero sus ojos grises no reflejaban la frialdad corporativa de siempre. Me observaba con una fijeza que me erizaba la piel, una mezcla de tensión y algo mucho más peligroso que la simple lujuria.
Julián dio unos pasos firmes y se sentó en la silla de plástico junto a la mía. El calor que desprendía su cuerpo me envolvió de inmediato, un contraste violento con el frío del hospital. Extendió su mano grande y, rompiendo la distancia, la colocó sobre mi muslo desprovisto de abrigo. El contacto de su palma contra mi piel desató una descarga eléctrica instantánea que me hizo contener el aliento. Incluso en medio de la tragedia, la atracción química entre los dos seguía latente, quemando bajo la superficie.
—Va a estar bien, Esther —su voz bajó a ese registro ronco, bajo y jodidamente protector que me vibró directo en el pecho. Sus dedos se apretaron ligeramente en mi pierna, dándome un soporte que no sabía cuánto necesitaba.
Miré su mano en mi muslo y luego lo miré a él. Sus facciones perfectas estaban tensas. En la forma en que me miraba, en la manera en que su mandíbula se apretaba al verme sufrir, descubrí una verdad aterradora: Julián se estaba importando más de la cuenta. El rostro detrás del deseo ya no era el de un extraño que buscaba un desfogue; era el de un hombre al que le dolía mi dolor.
El pánico a que nuestro pacto se destruyera y me dejara aún más vulnerable me dio las fuerzas para apartar su mano, aunque el frío regresara de golpe.
—Tienes que irte, Julián —le dije en un susurro apresurado, mirando de reojo a las pocas personas de la sala—. Alguien de tu entorno o de la empresa podría verte aquí conmigo. No puedes estar aquí.
—No me voy a ir hasta que el médico salga a hablar contigo —dictaminó con esa arrogancia autoritaria que normalmente me encendía las venas, pero que ahora me asustaba.
—¡Tienes que hacerlo! —siseé, acercándome más a él, permitiendo que mi aliento rozara su mejilla para mantener la voz baja. La cercanía me mareaba; aún podía oler mi propio rastro mezclado con su loción en su piel—. Recuerda el trato. Dijimos que esto era solo sexo. Sin nombres fuera de la cama, sin pasados, sin involucrar nuestras vidas ni a nuestras hijas. Acabas de ver a mi hija, Julián. Estás pisando un terreno que prohibiste. Si te quedas, si permites que la ternura entre en esto, lo vas a arruinar. Lo vamos a arruinar.
Julián se tensó. Sus ojos grises se oscurecieron por completo, fijos en mis labios que temblaban por la angustia. Pude ver el conflicto interno en sus ojos: el león corporativo que quería marcar su territorio y protegerme contra el hombre frío que temía volver a sentir el dolor de una pérdida. Su respiración se volvió errática, aturdido por la proximidad de mi cuerpo que, incluso en el peor momento, seguía clamando por el suyo.
—¿Crees que es tan fácil? —me susurró al oído, inclinándose tanto que sus labios rozaron mi lóbulo, haciéndome jadear por puro instinto—. Te vi romperte, Esther. Y lo último que quiero ahora es dejarte sola.
—Vete —rogué, cerrando los ojos para no ceder al magnetismo de sus brazos—. Hazlo por el pacto.
Julián contuvo el aliento. Se enderezó lentamente, la máscara de hielo regresando a sus facciones palmo a palmo. Se puso de pie, colocándose el saco con un movimiento impecable que devolvió al director ejecutivo al lugar del hombre que me había sostenido en el auto. Me miró una última vez, una mirada cargada de una promesa silenciosa y un deseo insatisfecho que me dejó ardiendo el vientre.
—Mañana en la oficina —dijo secamente, antes de dar la vuelta y perderse tras las puertas corredizas de la salida.
Cuando el médico salió minutos después a decirme que la fiebre de Sofía ya estaba bajando gracias a los medicamentos, respiré aliviada. Pero al mirar la silla vacía a mi lado, una nueva certeza me apretó el corazón: las reglas se habían roto y el pecado clandestino ya no era solo una cuestión de piel.