La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que realmente extraño
William
Han pasado tres días. Tres malditos días. Y no entiendo qué está ocurriendo. O quizá sí lo entiendo y simplemente no quiero admitirlo.
—Buenas noches, Eleanor.
—Buenas noches, lord Ashford.
Otra vez. Ese maldito lord Ashford.
Antes era William. Siempre William.
Pero ahora no.
Ahora habla conmigo como si fuera un extraño. Como si apenas me conociera. Como si nunca hubiera pasado horas riéndose conmigo en esta misma cama.
Me siento junto a ella. Está leyendo. Siempre está leyendo. Antes me habría contado lo que estaba leyendo, pero ahora ni siquiera se molesta en dirigirme la palabra.
—¿Es interesante?
—Sí.
Silencio.
Eso es todo. Solo un escueto sí.
Miro el libro.
—¿De qué trata? —intento otra vez.
—Botánica.
Asiento y vuelve el silencio.
Dios. Odio el silencio.
Nunca lo había odiado. No cuando estaba con Sarah. Con Sarah el silencio era cómodo. Natural. Entonces... ¿Por qué este me está volviendo loco?
—Vi unas rosas nuevas en el jardín.
Levanta la vista, interesada. Por un segundo creo que volverá a ser esa mujer vibrante, feliz, y arrebatadora, pero no.
—Qué bien —dice y vuelve a bajar la mirada.
Siento una punzada absurda. Como si me hubiera rechazado. Como si acabara de perder algo importante.
—Eleanor.
—¿Sí?
—Eleanor —la llamo de nuevo, necesitando tener sus ojos en mí.
—¿Qué?
Cojo su barbilla y la obligo a mirarme, pero sus ojos se niegan a hacer contacto. Me está quitando el placer que me da perderme en esos enormes ojos verdes.
—¿Estás enfadada conmigo?
—No.
La respuesta llega demasiado rápido. Demasiado perfecta. Demasiado falsa. Porque si estuviera enfadada sería más fácil. Podría disculparme. Podría arreglarlo. Pero esto... Esto es otra cosa.
—Antes sonreías más —susurro cuando saca su rostro de mi mano y vuelve sus ojos a ese estúpido libro—. Antes me sonreías a mí.
La frase escapa antes de que pueda detenerla.
Por fin vuelve a mirarme, realmente mirarme, y Dios, ojalá no lo hubiera hecho, porque esos ojos verdes siguen siendo hermosos. Pero ya no brillan para mí.
—Buenas noches, lord Ashford.
Extingue la llama de la lámpara de aceite y se voltea, dejándome solo con la oscuridad.
*****
Al día siguiente la encuentro en el jardín. Está sentada entre sus flores. Con tierra en las manos. Hablándoles, porque aparentemente eso es algo que hace.
Me siento a su lado. No se mueve. No sonríe. No se acerca. Simplemente continúa trabajando. Como si yo no estuviera allí.
Como si no importara.
Y es cuando descubro algo horrible. Importa. Quiero que le importe.
Quiero volver a tener su atención y afecto.
—Encontré un libro sobre orquídeas.
—Qué bien.
—Pensé que te gustaría.
—Gracias.
Nada más que un pequeño gracias. Como si no fuera más importante que cualquier criado.
Aprieto la mandíbula.
Ella lo nota. Siempre lo nota.
Antes se habría reído. Me habría llamado mentiroso. Habría dicho que estaba pensando demasiado.
Ahora no. Ahora solo guarda silencio.
—¿He hecho algo?
Sus manos se detienen y por primera vez en días parece que me está escuchando.
Mi corazón da un salto ridículo.
—No.
—Eleanor.
—No pasa nada.
—Mírame.
Levanta la vista y por un instante me cuesta respirar, porque sigue siendo ella. La misma mujer. La misma sonrisa. Los mismos ojos.
Solo que ahora esa sonrisa ya no me pertenece.
—Lord Ashford...
Dios. Otra vez.
—Deja de llamarme así —le pido con fervor.
—¿Por qué?
—Porque soy William.
—Como usted diga, lord Ashford —dice y se marcha.
Dejándome allí.
Solo.
Mirando cómo se aleja.
Es la primera vez desde que la conocí que siento algo parecido al pánico. Porque ya no sé cómo llegar hasta ella.
*****
No voy con Sarah. Esperando tener un poco de interacción con mi esposa, pero es en vano.
Al otro día tampoco voy. Ni al otro.
Entro a la habitación, después de un día repleto de reuniones de negocios y maldigo cuando veo a mi esposa durmiendo.
Otro día sin escuchar su voz, sin disfrutar de su halo.
Me acuesto a su lado y simplemente me quedo observándola dormir. Como un imbécil, porque incluso dormida mantiene distancia.
Ya no se acerca a mi lado de la cama.
Antes, en las noches, buscaba mi cercanía incluso en sueños y podía disfrutar de su calor y de su cálido aliento. Pero ahora pareciera querer saltar de la cama.
Está en la orilla, prácticamente no ocupando espacio… Y eso me duele. Antes ocupaba más de la mitad de la cama buscando cercanía, buscándome a mí. Y yo atesoraba esos momentos, porque su inocencia no le podía permitir ver el deseo en mis ojos.
Mi esposa no es tímida con su cuerpo. No se cubre como otras mujeres lo hacen… Como ese día que me pidió ayuda con el corsé… Se lo quitó delante de mí y pude ver esos tentadores pechos con esos perfectos pezones color frambuesa… el mismo color de sus labios.
En la noche giraba por la cama y su camisa de dormir se levantaba, dejándome ver y apreciar sus muslos y parte de su trasero.
Fue una tortura… pero una tortura que no me importaba recibir cada noche.
Pero ahora no tengo nada de ella.
Ya ni siquiera busca conversar conmigo.
Antes interrumpía mis reuniones para contarme algo que hizo un caballo o para decirme que había encontrado la flor más bonita del jardín.
Todos los días encontraba la flor más bonita.
Y sé que probablemente debería haberme molestado que me interrumpiera cuando estaba hablando de negocios o redactando una carta, pero esperaba ansioso verla aparecer con esa preciosa sonrisa e iluminar mi día.
Ahora ni siquiera se queda despierta esperando escuchar mi voz… Y extraño todo.
Extraño sus preguntas absurdas. Extraño cuando me corregía. Extraño cuando me golpeaba el brazo porque decía algo tonto.
Extraño cuando pronunciaba mi nombre.
William.
William.
William.
Nunca pensé que alguien pudiera decirlo de una forma tan bonita, tan dulce.
Cierro los ojos y entonces llega la verdad.
Brutal.
Implacable.
Innegable.
Nunca he extrañado a Sarah así. Nunca. Ni una sola vez. Ni cuando se iba ni cuando discutíamos. Ni siquiera cuando pasábamos días separados.
Jamás sentí este vacío. Jamás sentí esta desesperación.
Jamás sentí esta necesidad absurda de ver sonreír a alguien.
Es cuando la verdad me golpea en la cara.
Mierda.
No extraño la atención de Eleanor. No extraño sus historias. No extraño sus sonrisas.
La extraño a ella.
Y eso... Eso es muchísimo peor.