Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
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CAPITULO 2 SOLICITUDES, Y DECISIONES
Me encontraba recostada sobre mi cama, inmóvil y con la mirada fija en el techo blanco de mi habitación, apenas unos minutos después de haber dado clic en enviar las dos solicitudes de empleo que había preparado con sumo cuidado. Las empresas elegidas no eran cualquiera: la primera se llamaba IA Producciones y la segunda, Super Estar Entretenimiento. Ambas eran gigantes en el mundo del espectáculo, reconocidas en todo el país y en el extranjero, y contaban en su lista de artistas a las estrellas más famosas y solicitadas del momento. Eran lugares donde se movía mucho dinero, mucha fama y mucha gente importante, pero para mí todo eso no significaba absolutamente nada.
No era de esas personas que se pasaban las horas mirando revistas, siguiendo redes sociales o memorizando nombres y apellidos de los famosos. Sabía quiénes eran por verlos en la televisión o escuchar sus canciones en la radio, pero si me ponían una melodía sonando, podía identificar el ritmo, pero nunca sabría decirme quién la cantaba ni de qué trataba realmente la letra. Para mí eran solo sonidos, igual que cualquier otro ruido de la calle: no me generaban emoción, ni admiración, ni ganas de saber más. Solo me interesaba que esas empresas fueran serias y estables, nada más.
Mientras permanecía ahí, mis pensamientos iban y venían por otro tema: mi situación económica. Tenía una estabilidad que pocas personas de mi edad podían imaginar. Decían que tenía “ganancias en la bolsa”, y era verdad: desde muy joven, cuando mis padres comprendieron que mi forma de pensar era analítica y fría, me enseñaron a manejar el dinero, y yo había aprendido a hacerlo mejor que nadie. Compraba acciones de empresas sólidas, estudiaba los mercados, analizaba cada movimiento con la misma precisión que usaba para delinear un ojo o equilibrar tonos de piel. No era cuestión de codicia ni de querer ser rica, sino de lógica: el dinero daba seguridad, y la seguridad era algo que mi mente siempre buscaba.
Mi mirada recorrió entonces cada rincón de mi habitación, un espacio amplio, elegante y totalmente dominado por el color blanco, mi favorito porque transmitía orden y limpieza. Las paredes estaban pintadas de un tono blanco inmaculado, sin ningún cuadro o adorno innecesario que pudiera romper la armonía. El suelo era de madera clara, brillante y pulida, y en el centro había una alfombra gruesa y suave, también blanca, que acunaba cada paso. La cama era de tamaño extragrande, con sábanas de satén que se deslizaban al tacto y almohadas perfectamente acomodadas, sin una sola arruga fuera de lugar.
A un lado, ocupando toda una pared, estaba mi vestidor, con puertas de cristal esmerilado. Al abrirlo, se podía ver filas y filas de ropa de las mejores marcas del mundo: prendas de diseñadores reconocidos, telas finas, cortes impecables, vestidos, pantalones, blusas, abrigos y conjuntos que costaban lo que muchas familias ganaban en meses enteros. También tenía cajones llenos de accesorios: relojes de acero fino, bolsos de cuero genuino, zapatos de todo tipo y joyas discretas pero valiosas.
Para cualquiera que me mirara desde afuera, parecía que vivía rodeada de lujos por vanidad, pero la realidad era muy distinta. Había aprendido desde niña que en el mundo en el que nos movíamos, la apariencia importaba, no por gusto, sino por norma. Sabía que si salía a hacer una compra, a una cita o a cualquier lugar público, debía vestirme de forma adecuada, y eso significaba usar prendas de firmas como Chanel, Celine o cualquier marca de prestigio. No era que me encantaran sus diseños ni que me hicieran sentir especial; simplemente eran prendas bien hechas, que duraban y que cumplían con lo que se esperaba de una persona en mi posición. Incluso tenía un coche deportivo, un Lamborghini negro que estaba en la cochera, pero solo lo usaba cuando realmente lo necesitaba, nunca para lucirlo ni llamar la atención. Todo lo que tenía eran solo herramientas para moverme por el mundo, nada más.
En medio de ese silencio, escuché unos golpes suaves pero firmes en la puerta de madera. No me alteré, no me puse nerviosa, solo giré un poco la cabeza hacia donde provenía el sonido y respondí con mi voz habitual: neutra, clara y sin ninguna emoción:
—Adelante, puedes entrar.
La puerta se abrió lentamente y apareció mi padre en el marco. Cerró tras de sí con cuidado, como si temiera romper la calma que reinaba en la habitación, y caminó despacio hasta quedarse a unos metros de la cama. Sus manos estaban entrelazadas frente a su pecho, y en su rostro se dibujaba una mezcla de resignación, miedo y ese amor profundo que solo un padre puede sentir, aunque yo no fuera capaz de corresponderlo de la forma habitual. Sus ojos me observaban con detenimiento, como si quisiera grabar cada detalle de mi rostro antes de hablar.
—Hija —comenzó a decir con una voz más tranquila que la de hacía un rato, pero con un peso en las palabras que se podía sentir en el aire—, he estado sentado en la sala, pensando y dándole vueltas a todo lo que me dijiste. He hablado también con tu madre, y aunque a mí me cuesta muchísimo aceptarlo, hemos llegado a una conclusión. Ya no podemos seguir tratándote como a una niña pequeña ni encerrándote en casa como si fueras un peligro o una persona frágil. Eres mayor de edad, tienes tu mente muy clara y sabes lo que quieres. Así que… he decidido darte mi permiso.
Se acercó un poco más y se sentó con suavidad en el borde de la cama, sin invadir mi espacio personal. Me miró fijamente a los ojos, buscando una reacción que sabía que no iba a encontrar, y continuó:
—Está bien, puedes irte. Puedes buscar ese departamento en el centro de la ciudad que deseas, organizarte como mejor te parezca y llevar tu propia vida. Pero quiero dejarte muy claras las condiciones, porque esto no es un permiso sin reglas. La primera y más importante: tienes que llamarme todos los días, sin falta. No importa si es por la mañana, por la tarde o por la noche, no importa si hablamos dos minutos o media hora, pero necesito saber que estás bien, que nada te pasa y que todo va en orden. Esa es la única forma en que yo podré dormir tranquilo, Melissa.
Hizo una pequeña pausa, tragó saliva y agregó con más firmeza, marcando cada palabra para que no quedara duda:
—Y quiero que entiendas esto muy bien, escúchame con atención: no porque tengas dinero, no porque tengas acciones en la bolsa, no porque tengas ropa de diseñador ni ese coche deportivo, significa que puedes vivir sin hacer nada. Todo eso te da comodidad, sí, pero no te da el derecho de quedarte encerrada sin propósito. Ya lo sabes bien: para ti, trabajar es una forma de seguir aprendiendo, de relacionarte, de entender cómo funcionan las emociones y las conductas humanas, cosas que tu mente tiene que aprender aunque tu corazón no las sienta. Así que la segunda condición es que consigas ese trabajo. Si no te aceptan en estas dos empresas, buscarás en otras hasta encontrar algo. ¿Entiendes? No es negociable.
Lo escuché con total atención, procesando cada información como si fuera un nuevo dato que agregaba a mi sistema. Analicé sus palabras, sopesé las reglas y llegué a la conclusión de que eran lógicas, justas y no ponían en riesgo mi libertad. Cuando hablé, mi voz seguía siendo la misma: serena, directa y sin ninguna señal de enojo o alegría.
—Entiendo perfectamente, papá. No tienes de qué preocuparte. Te llamaré todos los días sin falta, y si no me aceptan aquí, buscaré en otros lugares hasta tener un empleo. Sé que el dinero no me hace mejor persona ni me da libertad para hacer lo que quiera sin consecuencias. Sé que todo lo que tengo es solo comodidad, nada más. La ropa, el coche, las inversiones… son cosas que facilitan moverse por el mundo, pero no me definen. Haré lo que me pides, porque tiene sentido.
Mi padre asintió despacio, aunque en su rostro seguía reflejándose la angustia de saber que me dejaba salir a un mundo que yo entendía solo con la razón, sin el filtro de los sentimientos que protege a los demás.
—Está bien entonces —dijo finalmente con un suspiro profundo que le salió desde el pecho—. Espero que todo te salga bien, hija. Recuerda todo lo que te hemos enseñado a lo largo de estos años: cómo identificar cuándo alguien te miente, cómo distinguir una buena intención de una mala, cómo actuar en situaciones difíciles, cómo no reaccionar por impulso y respetar a los demás aunque tú no sientas lo mismo que ellos. Todo eso vale más que cualquier fortuna.
Sin esperar más, se levantó con cuidado, me miró una última vez con ternura y dolor mezclados, y caminó hacia la puerta. La abrió, salió y la cerró con suavidad detrás de sí, dejándome nuevamente en la inmensa calma de mi habitación.
En cuanto escuché que sus pasos se alejaban por el pasillo, tomé mi computadora portátil que estaba sobre la mesa de noche, la abrí y la encendí. La luz de la pantalla iluminó mi rostro y mis ojos verdes, que ahora se enfocaban con total concentración en la tarea que venía a continuación: buscar el lugar donde viviría desde ese momento.
Me senté más cómoda, apoyando la espalda en los almohadones, y empecé a navegar por páginas de bienes raíces, portales inmobiliarios y anuncios de propiedades en alquiler o venta en la zona céntrica de la ciudad. Quería algo muy concreto: un departamento amplio, con buena iluminación, preferiblemente con ventanas grandes, en una zona segura, tranquila pero bien comunicada, cerca de centros comerciales, hospitales, tiendas y lugares de trabajo. También buscaba que el edificio contara con seguridad privada las veinticuatro horas, porque aunque yo no sintiera miedo, sabía que era una medida necesaria de protección.
Leía cada descripción con detenimiento, analizaba cada fotografía, calculaba distancias, revisaba precios, observaba la distribución de los ambientes y anotaba mentalmente los que cumplían con todos mis requisitos. Para mí, elegir un lugar para vivir no era cuestión de “gusto”, sino de funcionalidad y orden. Quería espacios amplios, con colores claros, que se sintieran limpios y organizados, igual que mi forma de ser. No quería ruidos excesivos ni vecinos demasiado ruidosos, ya que cualquier desorden en el entorno me resultaba molesto, aunque esa molestia no fuera un sentimiento, sino solo una sensación de desajuste en mi rutina.
Mientras revisaba las opciones, mi mente también viajó nuevamente a las solicitudes que acababa de enviar. Sabía que tenía un currículum impecable, mucho mejor de lo que la mayoría podía presentar. Aprendí a maquillarme desde muy joven: mi madre me había pagado varios cursos, no por capricho, sino porque entendió que era una forma excelente para que yo estudiara los rostros, las expresiones, las formas y los rasgos humanos. Aprendí a reconocer cada gesto, cada cambio en la piel, cada línea que delataba una emoción, y con el tiempo me volví experta. Lo que para otros era arte o pasión, para mí fue una disciplina que dominé a la perfección.
Empecé a trabajar maquillando novias para bodas, mujeres para eventos sociales, fiestas y reuniones importantes, y poco a poco fui ganando muy bien dinero. Pero lo mejor ocurrió por pura casualidad: en una ocasión fui a ver una transmisión en vivo de un programa de televisión, y justo antes de salir al aire, se enfermó la maquillista del estudio. Al ver que yo estaba en primera fila y tenía buenas referencias por recomendaciones de conocidos, me pidieron ayuda de urgencia. Así fue como terminé maquillando a Karol G primero, y tiempo después, en otro evento similar, a Lupita Villalobos, dos mujeres muy reconocidas en el medio. Ambas quedaron encantadas con mi trabajo, y así puse sus nombres como referencias en mi solicitud, sabiendo que eso abriría muchas puertas.
Era curioso darse cuenta de que lo que para mí era una simple ejecución de técnicas, sin ningún sentimiento de por medio, resultaba ser una ventaja enorme en mi trabajo. Al no distraerme con emociones, al no dejarme llevar por nervios o admiración, podía concentrarme al cien por ciento en lo que hacía, logrando resultados que pocos podían igualar. Esa era la única parte positiva que encontraba en mi condición: mi capacidad para ser perfecta en todo lo que requería precisión y orden.
Seguí buscando departamentos durante horas, marcando opciones que me parecían adecuadas, descartando otras que no cumplían con algún detalle y organizando toda la información para tenerla lista en cuanto recibiera respuesta de las empresas. No sentía ansiedad por saber si me llamarían, ni emoción por imaginarme en mi nuevo hogar, ni duda por lo que vendría después. Simplemente estaba cumpliendo una lista de pasos, tal como hacía siempre.
La noche avanzaba, y en mi habitación blanca, silenciosa y ordenada, se empezaba a dibujar el inicio de una nueva etapa. Yo creía que todo seguiría igual: mi vida organizada, mis reglas claras, mis acciones calculadas, sin cambios en mi interior. Pero lo que no sabía era que aceptar ese trabajo, mudarme y cruzarme con el mundo que venía de la mano de esas empresas, estaba a punto de romper todo lo que yo creía saber sobre mí misma. Y aunque no podía sentirlo todavía, mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.