Entre secretos prohibidos y un vínculo imposible, ¿será el amor su única salida… o la razón de su caída eterna?
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El Archivo Prohibido
La tarjeta permanecía entre los dedos de Caleb.
El papel era de un negro impecable, tan liso que parecía absorber la luz del despacho. No reflejaba nada, como si rechazara cualquier intento del mundo por interpretarlo. Las únicas palabras impresas eran “Fundación Helix”, escritas con una tipografía elegante, fría, casi institucional, que no transmitía información… sino advertencia.
Caleb levantó lentamente la mirada hacia el hombre del traje gris, sin apresurarse, como si estuviera midiendo cada segundo de aquella conversación.
—¿Qué clase de institución es Helix?
El desconocido sonrió con una tranquilidad ensayada, de esas que no llegan a los ojos.
—Una que busca personas excepcionales.
Caleb no apartó la mirada.
—Eso no responde mi pregunta.
El hombre soltó una breve risa, suave, controlada, como si estuviera acostumbrado a no dar respuestas completas.
—Tal vez aún no sea el momento.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso. El despacho del decano parecía más pequeño de lo habitual, con estanterías llenas de archivos antiguos y una luz cálida que no lograba suavizar del todo la tensión en el ambiente. Caleb giró ligeramente la tarjeta entre sus dedos, observándola como si intentara encontrar algo oculto en su superficie.
Antes de que alguien pudiera añadir algo más, tres golpes firmes resonaron en la puerta del despacho.
No fueron golpes nerviosos.
Fueron precisos. Autoritarios.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Ian Vance entró con el uniforme ligeramente mojado por la lluvia. Algunas gotas todavía caían desde su cabello oscuro, y su expresión mostraba la mezcla habitual de cansancio y concentración que lo acompañaba desde que el caso del campus había comenzado. Había pasado la noche revisando informes, cámaras de seguridad y declaraciones contradictorias.
Su intención inicial era hablar con el decano sobre los fallos en el sistema de vigilancia.
Pero al cruzar el umbral, sus ojos se encontraron directamente con los de Caleb.
Y por un instante, todo lo demás perdió importancia.
No supo por qué.
Pero sintió una extraña sensación de alivio al comprobar que Caleb estaba allí, frente a él, intacto. Como si una parte de su mente hubiera estado esperando confirmarlo sin admitirlo.
Caleb también lo observó.
La seriedad habitual del detective contrastaba con un cansancio evidente, casi acumulado en los hombros. Había algo en su postura que delataba largas horas sin descanso, decisiones difíciles y una investigación que no terminaba de encajar con la lógica habitual.
—Detective Vance —saludó Caleb con una leve inclinación de cabeza.
—Caleb.
El hombre de la Fundación Helix los observó a ambos con interés creciente, como si acabara de ver cómo dos piezas separadas encajaban en un mismo patrón que aún no terminaba de comprender.
—Veo que ya se conocen.
Ian respondió con calma, manteniendo su postura profesional.
—Solo por una investigación.
Caleb sonrió con suavidad, casi imperceptible, como si la respuesta fuera parcialmente correcta pero incompleta.
—Espero haber colaborado lo suficiente.
Ian sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario.
—Todavía tengo muchas preguntas.
Caleb inclinó ligeramente la cabeza.
—Y yo sospecho que aún no ha encontrado las respuestas correctas.
El decano carraspeó con discreción, rompiendo la tensión que comenzaba a acumularse en el despacho.
—Señores, creo que esta conversación puede continuar en otro momento.
Ian asintió lentamente.
—Tiene razón.
Antes de salir, sin embargo, volvió la vista hacia Caleb.
No fue un gesto pensado.
Fue instintivo.
—Procura no meterte en problemas.
Las palabras salieron más suaves de lo que había planeado, casi como una advertencia personal disfrazada de formalidad.
Caleb respondió con una sonrisa serena.
—Haré lo posible, detective.
Ian sostuvo su mirada un último segundo antes de girarse y abandonar el despacho.
Mientras caminaba por el pasillo, no pudo evitar sentir que aquella sonrisa no era algo pasajero. Se le había quedado grabada de una forma incómodamente persistente, como si su mente insistiera en volver a ella sin razón aparente.
Dentro de la oficina, el silencio volvió a instalarse.
Caleb guardó la tarjeta de la Fundación Helix en el bolsillo de su suéter con calma absoluta, como si aquel objeto no pesara más que cualquier otro documento común.
Luego observó la puerta por la que Ian acababa de salir.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo diferente.
No era miedo.
No era sospecha.
Era curiosidad.
No por la Fundación Helix.
Sino por el detective.
Porque, a diferencia de casi todos los demás, Ian no parecía mirar lo evidente.
Parecía mirar más allá.
Y eso era… peligroso.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Caleb, esta vez más consciente.
—Pregunta número siete…
Su voz fue apenas un susurro, casi perdido en el aire del despacho.
—¿Qué es más difícil… descubrir un secreto… o impedir que alguien se acerque demasiado a tu corazón?
Caleb bajó la mirada un instante, como si esperara una respuesta que no iba a llegar.
Continuará…
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