Mei Lan tenía una vida moderna y prometedora, hasta que la traición de su propia familia la arrastró a la muerte. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de Jiu Mei, una joven despreciada en el Imperio Celestial de Jade, un mundo antiguo donde el cultivo marcial y la energía espiritual determinan el poder de cada persona.
Rodeada de hermanos que la protegen, una madre que lucha por sobrevivir y enemigos que la subestiman, Mei descubre que su alma moderna esconde un secreto que podría cambiar el equilibrio del imperio. Con ingenio del siglo XXI y una determinación inquebrantable, comienza a ascender por los rangos del cultivo, desafiando a clanes corruptos, concubinas despiadadas y dioses ocultos que conspiran desde las sombras.
Pero nada la preparó para Chen: un joven de apariencia inocente que habla de sí mismo en tercera persona, que se aferra a ella como un niño perdido y que esconde bajo su sonrisa tonta un poder capaz de destruir el cielo y la tierra. Mientras Mei lo protege creyéndolo débil, él mueve los hilos del destino para mantenerla a salvo.
Entre batallas épicas, venganzas satisfactorias, amistades forjadas entre mundos y un romance de combustión lenta que arde con cada capítulo, Mei deberá enfrentar la verdad sobre su renacimiento, el origen de su poder y el precio que el universo exige por desafiar sus leyes.
¿Puede una mujer moderna reescribir las reglas de un imperio celestial?
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La compensación
De pronto el cielo retumbó, como si el universo mismo se hubiera convertido en testigo. Varios sirvientes retrocedieron asustados, mientras los guardias contemplaban a Mei con respeto.
Rong miraba a su hija con los ojos anegados en lágrimas. —¡Mei'er! —susurró con la voz ronca.
Wei y Dao se mantuvieron a cada lado de su hermana, las cabezas inclinadas pero con una sonrisa orgullosa.
El Anciano Qing se sobresaltó, el rostro rojo de furia. —¡Tú! ¡Mocosa insolente! ¡Cómo te atreves a...!
Pero antes de que pudiera dar un paso, el General Ying alzó la mano y lo detuvo.
—¡Basta, Anciano Qing! La señorita Mei ha utilizado la placa imperial para declarar su juramento. Eso significa que esta decisión está respaldada por el palacio y no puede ser impugnada.
El Eunuco Han añadió con tono gélido: —A partir de este momento, el nombre de la señorita Mei quedará registrado de forma independiente bajo la protección del Imperio Celestial de Jade.
Aquellas palabras cayeron como latigazos sobre la familia Qing. Qing Shan y Qing Long solo pudieron apretar los dientes conteniendo la rabia. Lo mismo el resto de la familia.
Mei se inclinó con respeto ante el General Ying y el Eunuco Han. —Gracias, General. Gracias, Eunuco Han. Mi madre, mis hermanos y yo recordaremos su bondad.
El General Ying esbozó una leve sonrisa. —Eres una joven valiente y de corazón puro, señorita Mei. Estoy seguro de que tu camino será luminoso.
El hombre ya no la llamaba por el apellido Qing. Mei sonrió; al parecer, tanto el General Ying como el Eunuco Han eran personas rectas.
Los demás seguían petrificados, sin terminar de creer lo que acababa de ocurrir.
El General Ying exhaló un suspiro grave y dijo con frialdad: —Ahora, entreguen a la señorita Mei la compensación por los regalos que ustedes ocultaron.
Clavó la mirada en el Anciano Qing. —Y recuerden bien: el doble del valor original.
De inmediato el rostro de la Señora Lao, Qing Fu, Qing Rou y sus hijas empalideció. La Señora Lao soltó un alarido: —¡N-no! ¡No pueden! ¡Nos oponemos!
Qing Fu también avanzó, la voz desquiciada por el pánico: —¡General, esto no es justo! ¡Nosotros no los robamos, cómo es posible que...!
Pero el General Ying la cortó con una voz que resonó por todo el patio.
—¡Silencio!
Todos enmudecieron al instante, los cuerpos temblando de rabia contenida.
La mirada afilada del General Ying los traspasó como una espada. —¿Se atreven a cuestionar la decisión de un enviado imperial? Si se niegan a pagar la compensación... —los recorrió uno por uno con frialdad— prepárense para recibir el castigo de Su Majestad el Emperador.
El Eunuco Han remató con tono cortante: —Y ya saben, negarse a acatar una orden imperial equivale a traición. Y la pena por traición es la muerte.
Los ojos de toda la familia Qing se abrieron de par en par, los rostros blancos como sábanas. La Señora Lao estuvo a punto de desmayarse, mientras Qing Rou se mordía el labio con fuerza para contener la rabia.
El Anciano Qing apretó los puños bajo la manga de su túnica, las venas del cuello tensas como cuerdas. Tragó la furia que le ardía en el pecho. Pero al final, solo pudo agachar la cabeza.
—Bien... pagaremos la compensación al doble. —La voz del anciano salió ronca y cargada de rencor.
Con amargura, el Anciano Qing ordenó a los guardias: —Saquen todos los cofres del almacén norte.
No tardaron en llegar varios guardias cargando arcones enormes. Al abrirlos, su contenido dejó boquiabiertos a los presentes: lingotes de oro, jade puro, joyas de diamantes e incluso sedas rarísimas. Cinco cofres repletos de riquezas dispuestos frente a todos.
Sin embargo, el General Ying apenas les echó un vistazo y dijo con indiferencia: —No es suficiente.
El rostro del Anciano Qing enrojeció, las venas de las sienes a punto de estallar. —¿¡No es suficiente!? ¡Pero esto...!
—Falta más —lo cortó el Eunuco Han sin vacilar—. Ustedes mismos provocaron este problema. Añadan más —ordenó.
La Señora Lao miró a su esposo con expresión de horror. —Todo lo nuestro... ¡no podemos!
El Anciano Qing la fulminó con la mirada, conteniendo apenas la furia. —¡Saquen sus propias riquezas! ¡Todos! ¡Rápido!
Qing Fu, Qing Rou, e incluso la Señora Lao y los dos hijos mayores, Qing Shan y Qing Long, se miraron entre sí con rostros de absoluta renuencia.
Pero la mirada gélida del General Ying no les dejó alternativa. Al final, uno por uno entraron a sus aposentos y regresaron cargando joyas, bolsas de monedas y jades raros que habían atesorado durante años.
Todos los rostros destilaban amargura. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Qing Rou cuando tuvo que entregar el collar de jade que era herencia de su familia.
—¡No puedo creer que tengamos que dar todo esto solo por culpa de esa muchacha!
Qing Fu apretó los dientes. —¡Ella es una maldición!
El Anciano Qing desvió la mirada, conteniendo una furia que casi lo hacía explotar. Pero sabía que resistirse ahora solo empeoraría las cosas.
Una vez que todos los cofres se acumularon frente al General Ying, el Eunuco Han asintió satisfecho.
—Ahora, entréguenselo todo a la señorita Mei.
El General Ying se volvió hacia la joven que permanecía erguida junto a su madre. —Señorita Mei, puede tomarlos.
Mei, cuyo nombre ya no llevaba el apellido Qing, contempló todos aquellos cofres sin expresión alguna. Luego levantó la mano despacio y, con un gesto suave, todos los arcones desaparecieron, absorbidos por el anillo de almacenamiento espacial que llevaba en el dedo.
Todos se quedaron boquiabiertos. Recién entonces comprendieron que aquella joven poseía un espacio de almacenamiento de altísimo nivel.
La Señora Lao soltó un grito histérico, los ojos inyectados en sangre clavados en Rong. —¡Rong! ¿¡Cómo pudiste hacernos esto a tu propia familia!? ¡Ni siquiera detuviste a tu hija! ¡Recuerda que somos tus padres! ¡Somos tu familia!
Rong miró a aquella mujer con los ojos húmedos, llenos de decepción. —Disculpe, Señora Lao.
El silencio se apoderó del lugar.
—A partir de hoy, ya no somos familia. Yo, Rong, ya no soy parte de la familia Qing. Ni mis hijos tampoco.
Las lágrimas le resbalaron por las mejillas, pero su voz no tembló ni un instante. —Lo que han hecho durante todos estos años es demasiado. Perdonamos una y otra vez, pero ustedes nunca dejaron de humillarnos.
Mei contempló a su madre con ternura, luego se inclinó ante el General Ying y el Eunuco Han.
—Gracias por la justicia que nos han brindado.
El General Ying asintió con respeto. —El Cielo no permite que la injusticia perdure eternamente. Vaya con bien, señorita Mei.
Con paso sereno, Mei tomó la mano de su madre. Sus dos hermanos, Wei y Dao, caminaron a cada lado. Dejaron atrás la residencia de la familia Qing sin voltear ni una sola vez.
El General Ying, el Eunuco Han y los enviados imperiales también se dieron la vuelta y partieron, dejando a la familia Qing sumida en una furia que les hervía por dentro.
En cuanto todos los visitantes se marcharon, la atmósfera de aquella casa se tornó sombría. El Anciano Qing estrelló un macetero de arcilla contra el suelo, y el estruendo retumbó por toda la estancia.
—¡Maldición! ¡Todas las riquezas que acumulamos durante décadas, desaparecidas así como así!
Con los ojos encendidos de ira, pateó un cofre vacío que tenía enfrente. —¡Guardias inútiles! ¡Dejaron que esto pasara!
En su furia ciega, el Anciano Qing desenvainó su espada espiritual y asestó un tajo a uno de los guardias. La sangre salpicó el piso, y todos los presentes retrocedieron gritando de terror.
La Señora Lao chilló: —¡No! ¡Todas nuestras riquezas! ¡Todo se esfumó! —Su cuerpo tembló violentamente y, en un instante, la anciana se desplomó inconsciente.
Qing Fu y Qing Rou solo pudieron permanecer de pie, lánguidas, los ojos vacíos como si hubieran perdido el alma.