Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Quédate
Mattheo
Mierda. Tiene razón.
Fue demasiado bueno.
—Cloe...
—No quiero despertarme mañana preguntándome qué significa esto.
—Entonces no lo hagas.
—Qué fácil.
—Podemos...
Me detengo.
Podemos ¿qué?
¿Volver atrás?
Hace diez minutos habría jurado que sí. Ahora sé que estaba mintiendo.
No puedo olvidar su boca.
No puedo volver a tocarla sin besarla.
No puedo fingir que lo que acabamos de hacer fue exactamente igual a todas las otras veces.
Ella espera.
—¿Podemos qué? —pregunta.
No tengo respuesta.
Cloe asiente lentamente.
—Eso pensé.
Se pone el segundo zapato. Y de pronto siento algo cercano al pánico.
Se va.
Es ridículo.
Se ha ido cientos de veces.
Siempre se va.
Esa es otra de nuestras reglas.
Nada de quedarse.
Nada de despertar juntos.
Nada de desayunos.
Nada que pueda parecerse demasiado a una relación.
Pero esta noche no quiero verla cruzar esa puerta.
—Podrías...
La palabra sale antes de que consiga detenerla.
Cloe voltea.
—¿Podría qué?
Quédate.
Solo tengo que decirlo.
Una palabra.
Quédate.
Puedo imaginarla quitándose nuevamente los zapatos.
Puedo imaginarla acostándose a mi lado.
Puedo imaginar despertarme mañana con su cabello sobre mi almohada… Y eso me asusta mucho más que verla marcharse.
Porque quiero todo eso.
Quiero saber cómo se siente despertar con ella.
Quiero verla robarme las mantas.
Quiero escucharla quejarse porque no tengo nada decente para desayunar.
Quiero cosas que nunca debería haber querido.
—Nada —digo.
Su expresión cambia, apenas, pero cambia.
—Ah.
Odio ese sonido.
—¿Qué?
—Nada.
—Cloe.
Toma su bolso.
—Buenas noches, Farina.
Camina hacia la puerta.
Cada paso que da aumenta la presión en mi pecho.
Di algo.
Vamos.
Dile que se quede.
Mis labios se separan.
—Princesa.
Se detiene con la mano sobre la manilla.
No se gira inmediatamente.
Cuando finalmente lo hace, hay algo diferente en sus ojos.
Vulnerabilidad.
Cloe casi nunca me mira así.
—¿Sí?
Quédate.
Joder.
Quédate conmigo.
No solo esta noche.
Quédate hasta que entendamos qué mierda estamos haciendo.
Quédate y mañana podemos asustarnos juntos.
Pero no consigo pronunciarlo.
—¿Vas a desaparecer otros dos meses?
Una pequeña sonrisa curva sus labios.
—Pensé que podías sobrevivir perfectamente sin mí.
—Puedo.
Otra mentira.
—Bien.
—Bien.
Ninguno se mueve.
Cloe baja la mirada hacia su mano todavía apoyada en la manilla.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
Levanta los ojos.
—Que si me hubieras pedido que me quedara, probablemente habría dicho que sí.
Mi corazón da un golpe brutal.
Ella sonríe. Pero no es su sonrisa habitual.
No hay provocación.
No hay desafío.
Solo miedo.
El mismo que siento yo.
—Todavía puedes —digo.
Cloe niega suavemente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ahora sabría que me lo estás pidiendo porque yo te lo dije.
—¿Qué diferencia hace?
—Toda.
Se queda observándome unos segundos.
Esperando.
Todavía puedo hacerlo.
Puedo cruzar la habitación, puedo tomar su mano y puedo decirle que tiene razón. Que llevo dos meses sin tocar a otra mujer.
Que no quiero tocar a otra mujer.
Que esta noche me di cuenta de que llevo tres años escondiéndome detrás de reglas estúpidas, porque la idea de querer a la hermana gemela de mi mejor amigo me aterra.
Puedo decirle que no sé qué mierda es esto. Pero quiero averiguarlo.
Con ella.
Abro la boca.
—Cloe... —Sus ojos se llenan de algo parecido a la esperanza y me acobardo—. Nos vemos pronto, princesa.
Algo desaparece de su mirada.
—Sí —susurra—. Nos vemos pronto.
Abre la puerta.
—Cloe. —Vuelve a mirarme por última vez. Sonrío—. No tardes otros dos meses.
Esta vez su sonrisa es real.
Pequeña… Hermosa.
—Entonces procura extrañarme, Farina.
—Siempre lo hago.
Se queda inmóvil.
Mierda.
No tenía intención de decir eso. Pero Cloe sonríe todavía más.
—Buenas noches, Mattheo.
—Buenas noches, princesa.
La puerta se cierra.
Me quedo mirándola durante unos segundos.
Tengo el impulso de salir detrás de ella.
De detenerla.
De decirle que estaba mintiendo.
Que no hubo nadie durante estos dos meses.
Que no sé cuándo dejó de ser solo sexo.
Que no tengo idea de qué mierda estamos haciendo, pero quizá podríamos averiguarlo.
Juntos.
Me levanto.
Doy dos pasos hacia la puerta y me detengo.
Mierda. ¿Qué estoy haciendo?
Es Cloe.
Volverá.
Siempre vuelve.
En unas semanas habrá otra fiesta, otra cena, cualquier excusa estúpida que termine conmigo enviándole un mensaje que ambos fingiremos no haber estado esperando.
Entonces hablaremos.
O quizá no.
Quizá simplemente la besaré otra vez y veremos qué ocurre.
Sonrío ante la idea.
Regreso a la cama y dejo caer la cabeza sobre la almohada.
Todavía puedo sentir su perfume.
Su calor.
Su boca.
Sobre todo, su boca.
Cierro los ojos.
—Hasta la próxima, princesa —murmuro.
Porque, después de tres años, hay una cosa de la que estoy completamente seguro.
Cloe siempre vuelve.
la muerte de Lucio 🤔aunque aún debemos esperar el nacimiento de una niña muy bella 🎉🎉🎉